lunes, 25 de julio de 2011

El universo desplegado de la crítica (*)



En otra parte de este mismo espacio (Plúmbea mediocritas) me referí a la condición de la crítica literaria en un medio tan poco idóneo si no ya francamente inepto por sus características de inmadurez, desconocimiento o ignorancia, improvisación y banderías tan primarias como burdas. Aquí, como una derivación natural, siguen estas reflexiones sobre esa cuestión pero en un marco que, desde luego, trasciende esos límites meramente cantonales.



“La crítica se quedará al margen de la verdadera creación estética si no toma en cuenta este sentido de la literatura moderna. No se trata ya de hacer una crítica sobre autores sino sobre obras y textos. Detrás de cada autor lo que hay es un lenguaje, no un yo”. Guillermo Sucre.



Trasquilar al crítico



Comienzo por esta parodia de T.S. Eliot en una intención aclaratoria, necesaria por la naturaleza del objeto mismo que se ha de comentar y más necesaria aún por la ya crónica deficiencia de ese oficio desvirtuado entre nosotros que es la crítica. Un pasaje de Michel Foucault constituye una descripción ajustada de la situación por la que esta crítica (o la usurpación de tal función) atraviesa: “Parece ser que algunos afásicos no logran clasificar de manera coherente las madejas de lana multicolores que se les presentan sobre la superficie de una mesa; como si este rectángulo uniforme no pudiera servir de espacio homogéneo y neutro en el cual las cosas manifestarían a la vez el orden continuo de sus identidades o sus diferencias y el campo semántico de su denominación. Forman en este espacio uniforme en el que por lo común las cosas se distribuyen y se nombran una multiplicidad de pequeños dominios grumosos y fragmentarios en la que innumerables semejanzas aglutinan las cosas en islotes discontinuos; en un extremo ponen las madejas más claras, en otro las rojas, por otra parte las que tienen una consistencia más lanosa, en otra las más largas o aquellas que tiran al violeta o las que están en bola. Sin embargo, apenas esbozados, todos estos agrupamientos se deshacen, porque la ribera de identidad que los sostiene, por estrecha que sea, es aún demasiado extensa para no ser inestable: y al infinito el enfermo junta y separa sin cesar, amontona las diversas semejanzas, arruina las más evidentes, dispersa las identidades, superpone criterios diferentes, se agita, empieza de nuevo, se inquieta y llega, por último, al borde de la angustia” (1). No de otro modo opera la crítica convencional: de acuerdo siempre con una idea pre-establecida de la obra (un ángulo de la mesa) agrupa, como el afásico, en base a criterios que van desde lo afectivo y emocional hasta lo ideológico procurando la defensa a ultranza de un código estético cuya nota fundamental, de esta manera, no puede ser sino la arbitrariedad (nucleamientos discontinuos de las diferentes lanas). Como en el caso del afásico llega también a la angustia cuando una obra se presenta irreductible a su sistema y, por ende, lo desmorona. Y su angustia se traduce, fatalmente, en agresión: la desvalorización del texto propuesto o bien un silencio harto elocuente en su impotencia. Esta enfermedad es reconocida; una de sus causas más importantes es la carencia de un “espacio crítico” como lo señalara Octavio paz (2), es decir, la instauración de una atmósfera propicia y sobre todo sostenida y continuada (amén, huelga decirlo, de la indispensable solvencia intelectual) que supusiera la verdadera plataforma de la obra de creación, sola capaz de restituir al creador –y a sus lectores, que son la segunda fase de esa creación- su propia obra. Tras estas consideraciones liminares y a renglón seguido se procede a una revisión –si bien por fuerza somera y parcial- de sus distintos apartados.



Lenguaje y cosmos: la mímesis



De pronto la poesía ha cesado de ser. De las inexactitudes de esta afirmación debe deslindarse: no de pronto sino gradualmente –grados que van (una vez más: arbitrariamente) de Góngora a Baudelaire, de San Juan a Michaux o Auden, de los simbolistas a los concretos. Y el “ha cesado de ser” debe entenderse obviamente como una idea de la poesía ha cesado de ser. En efecto el poema no es más la representación del conflicto entre el creador y el lenguaje. Mallarmé, según es sabido, descubrió –o puso de relieve- el silencio acechante en el lenguaje, un “metasilencio” y pretendió llegar a él. Pero llegar ahí –en poesía- sería equivalente a nombrarlo, ergo, una dialéctica que se agota en sí misma. En consecuencia Mallarmé renunció y su renuncia implicaba el reconocimiento de esa imposibilidad. Pero algún otro postulado bizantino puede argüir que, justamente, la renuncia es el silencio mismo –la renuncia esplende de significación- sin parar mientes en el hecho de que esa renuncia –seudo silencio- no se releva sino porque se habló antes ya que sin un parlamento anterior dicha renuncia sería lo único existente. De nuevo, la renuncia sirve para destacar al silencio pero ni se confunde con él ni lo interpreta: “nos dice nada, que no es lo mismo que nada decir” (3). Pero decir nada, con todo y decirlo, no es lo mismo tampoco que todo decir (la puntualización no es ociosa si se recuerda que Mallarmé, como la reina madrastra de Blancanieves, rompió el espejo poético por no poder todo decir). A esta situación conflictiva de la poesía que se prolonga en una reiteración enervante: “agua que en un viejo estanque se resigna” (4) viene ahora a proponerse una derivación oportuna. Sin encallar en la irreductibilidad del lenguaje –y reconociéndola, desde luego- el postulado propuesto no busca ceñir el silencio ni neutralizarlo, simplemente lo integra y en esa integración logra reflejar una totalidad: de pronto la poesía es todo. De las exactitudes de esta fórmula se desprende: 1) el lenguaje tomado objetivamente es objeto, no reemplazante sucedáneo. ¿Extinción del complejo adánico de nominación? Sí, en poesía, que se vuelve anómica (en sus dos acepciones: falta de ley o de regla, desviación de las leyes naturales. Imposibilidad de dar a los objetos su denominación adecuada: el barroco) y anónima, intercambiable como todo lo anónimo; en consecuencia el objeto y el nombre que lo designa son lo mismo. Las mayúsculas se suprimen festivamente: “El paso ontológico que el verbo SER aseguraba entre el hablar y el pensar se ha roto; de golpe, el lenguaje adquiere un ser propio. Y es este ser el que detenta las leyes que lo rigen” (5) y 2) si todo se confunde con la mediación verbal ésta ya no es más mediación –no es más aislable como tal- un poema, elemento verbal, queda solamente elemento. Desjerarquización y con ella identificación cósmica. (Cosmos: orden). Sirio y Venus: la estrella. El poema que contenga a Sirio y Venus: la estrella. El poema que contenga muchas estrellas: galaxia. Macro y microcosmos: las estrellas serán cualquier nombre, todos los nombres.



La ciencia del cielo puebla el espacio sideral con transformaciones, metamorfosis que la simbología del juego-ludo-rito remite otra vez a la tierra en una relación continua. Escritura, danza, mitología, poesía, interpretación, fonema, todo es intercambiable: el universo, como místicamente intuyera William Blake, vuelve a desplegarse en el hombre.



La mímesis absoluta no es sino el intérprete que se confunde con lo interpretado, el rostro vuelto máscara, la máscara viva que suplanta el rostro: la muerte del intérprete-escriba. (Sí, fue un artículo de fe del movimiento surrealista y en particular de André Breton). Pero también debe señalarse aquí el componente lúdico: mímesis o capacidad de olvido de la propia personalidad, pérdida momentánea o permanente de identidad, abolición del yo cultural: el mimético contempla una hoja que tiembla y un progresivo temblor lo acomete (entre otros ejemplos aproximados el del olonizado (6)). Asimismo la mímesis es la condición del niño, en el sentido de esa capacidad imitativa que luego será mutilada y aniquilada por el proceso ulterior de su devenir: ludo, infans no significan otra cosa que aquello que se llama equívocamente magia. En este itinerario, de modo natural, de estricta lógica el tratamiento desemboca en el mito, receptor y perpetuador por excelencia de la manifestación mágica pero, por sobre todo, indicio irrefutable de la vigencia mimética.



Barroco



“No hay pluralidad de sentir, porque no hay yo: sólo hay pluralidad de estados, variedad en una única sensibilidad” (5bis).



La infinita nominación acaba aboliendo el infinito azar. Trasladada esta idea a otro plano un cuentista imagina el empleo, en un lamasterio, de una serie de computadoras de altísima complejidad con las que los lamas consiguen descifrar, por eliminación progresiva, el verdadero nombre de dios. Cuando ese nombre es identificado por las computadoras todas las estrellas se van apagando una a una. Esto es el barroco que procura el agotamiento del lenguaje para descubrir el lenguaje. Pero esta voluntad de agotamiento lleva (también aquí) a la confrontación de su imposibilidad y la reiteración perpetuada no hace sino poner en evidencia el vacío, aquel último resquicio que no puede ser colmado (recuérdese que el motto que define al barroco es, justamente, el horror vacui). Se trata, por lo tanto, del “objeto parcial” –que se define por ausencia- y que deriva a una interpretación en un contexto de rendimiento que sanciona la “vanidad” de la obra barroca. Y en esta interpretación vuelve a ponerse de relieve el componente lúdico: “La constatación del fracaso no implica la modificación del proyecto sino, al contrario, la repetición del suplemento; esta repetición obsesiva de una cosa inútil (puesto que no tiene acceso a la entidad ideal de la obra) es lo que determina al barroco en tanto que juego en oposición a la determinación de la obra clásica en tanto que trabajo” (7).



El humor ácido de Cocteau disponía un camaleón sobre una manta de colores y concluía en su muerte por extenuación –en sus extremos ambas proposiciones se concilian: lo mimético acaba aboliendo la manta de colores y la falsa identidad de las lanas teñidas de la crítica.


Por consiguiente la intención estriba en poner de relieve la otra cara: detrás del lenguaje los infinitos lenguajes –las sucesivas capas, la suma o la aproximación a todos los significados. Eliminar –aunque sea de modo transitorio y veleidoso- los compartimientos estancos del lenguaje en los lenguajes; los así denominados filosófico, científico, tecnológico, las terminologías constituidas en provincias: jergas –la economía, la política, la sociología, la publicidad, la prensa, el cine, la informática, etc. Tender entonces a recuperar el patrimonio lingüístico en su integridad, rechazando sólo el “modismo de la moda”: lo más efímero y justamente desechable.


No resultará entonces sorprendente que siguiendo esta trayectoria y para ampliarla a nuestro ámbito –que es desde donde hemos partido- establezcamos términos de comparación y paralelismos con el pensamiento singular de Macedonio Fernández; una atenta relectura de su obra permite identificar puntos de contacto y acaso algunas influencias pero haciendo desde ya la salvedad de que se trata de dos procesos independientes que se caracterizan por la nota común de haber sido cumplidos con un equiparable y “obstinado rigor”.


En efecto para M. Fernández (8) el mundo es un “almismo”, el ser es un almismo ayoico, la negación del yo como categoría metafísica; el ser como sensibilidad ininterrumpida, el ensueño y la vigilia como un único estado (diferente graduación de intensidad). Puntos de contacto con el esoterismo (entendido en su sentido más lato y englobando a la poesía): anulación de la diferencia establecida por la metafísica tradicional de las dos categorías del que conoce-sujeto y lo conocido-objeto para reafirmar, con el esoterismo, la no diferenciación al negar el yo reconociendo sólo la existencia de la sensibilidad que conoce sintiendo (por pasión) o la fórmula ya mencionada: el mundo como un almismo-ayoico. La poesía sigue un itinerario afín en cuyo transcurso recoge este legado pero confiriéndole otras resonancias más acordes con los distintos y progresivos periodos que el autor de El museo de la novela de la eterna hubiera suscrito sin reservas.


Valga lo que precede como una aproximación somera (apenas una indicación y un aporte) a un ámbito que, como ya se dijo, debe explorar las múltiples posibilidades del universo literario pero no quedar confinado al mismo en la estrechez superficial de la convención y el diktat del día sino por el contrario incorporando con audacia innovadora todos aquellos elementos susceptibles de orientar y enriquecer ese ejercicio, desde el término coloquial hasta las grafías más diversas, desde la obra oportunista hasta la iconoclasta y en esa ardua empresa señalar un rumbo tan nítido como inconfundible. En esa estela rectora podrían entonces reconocerse, sin duda y por fin tanto aquellos que comienzan su propia indagación como los que se encuentran desconcertados (su nombre y su número son legión) por la confusión imperante en el laberinto literario y poético y, huelga decirlo (una vez más) en el de la crítica (o su ausencia o la bufonada mimética que la usurpa como tal).





(*)- Este texto, ahora modificado, iba en origen destinado a otro propósito, carente ya de sentido. Por lo tanto esta versión es la sola definitiva y válida.




(1)- Michel Foucault- Las palabras y las cosas- Ed. Siglo XXI, México, 1968.


(2)- Octavio Paz- Corriente alterna- Ed. Siglo XXI, México, 1967.


(3)- Octavio Paz- El arco y la lira- Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1956.


(4)- Stéphane Mallarmé –Hérodias.


(5)- M. Foucault- ob. cit., pág. 289. (corresponde señalar que el traductor incurre aquí en un error porque emplea detentar que significa literalmente retener sin derecho, usurpar como si fuera sinónimo de poseer, ejercer, etc.).


(5bis)- Macedonio Fernández- No toda es vigilia la de los ojos abiertos- Centro editor de América Latina, Buenos Aires, 1967; pág. 120.


(6)- Ernesto de Martino- Le monde magique- Ed. Marabout, Paris, 1971.


(7)- Severo Sarduy- El barroco y el neobarroco en América Latina en su literatura, Siglo XXI y Unesco, 1972.


(8)- M. Fernández- Papeles de Recienvenido –Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1966.


M. Fernández- Selección de escritos- Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968.


M. Fernández- Adriana de Buenos Aires- Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1974.






sábado, 16 de julio de 2011

Cayetana

Entre programas (zapping) veo en la TV española un comentario sobre el 85º cumpleaños de la duquesa de Alba. Se muestra a Cayetana Fitz-James Stuart con su acompañante y prometido, 25 años menor que ella. Ambos parecen salidos directamente de Los caprichos de Goya. Pero ella, en particular, es una máscara atroz que balbucea y farfulla, con cachetes inflados artificialmente y una mirada desvaída y apagada, de ultratumba. Porque Cayetana, como la llama familiarmente el pueblo español, es en realidad un cadáver insepulto. Que se niega a ser enterrado de una buena vez. Sí, es la imagen más acabada y vívida (aunque este ultimo calificativo parezca aquí fuera de lugar) de la aristocracia española. Y de la aristocracia en general, de cualquier país y de la actualidad. Sus rasgos totalmente degenerados, no sólo por la edad sino por un deterioro más enigmático, acaso genético, revelan, más, ponen de relieve y con efecto especular una degeneración social igual y paralela que sola puede explicar –de algún modo remoto, cavernario y laberíntico- la posibilidad de que sigan existiendo en estos días aberraciones tales como Cayetana y sus pares.

viernes, 15 de julio de 2011

Las manos de Cicerón o cómo se llega a ser Augusto (*)

Octavio u Octaviano (después César, después Augusto) debió su oportunidad en la hora más crítica al favor de Cicerón y no sólo entonces sino en otras varias y señaladas ocasiones lo había apoyado el prócer hasta que el virtuoso joven pudo volar por sí mismo y, como es sabido, lo primero que hizo fue aliarse con Lépido y Marco Antonio.


Convinieron de inmediato entre los tres quiénes debían ser eliminados para allanar el camino; así lo cuenta Plutarco: "La composición y compensación fue de esta manera: César hizo el sacrificio de Cicerón, Lépido el de su hermano Paulo y Antonio el de Lucio César, que era tío suyo de parte de madre" (éstos fueron sólo algunos de una larga lista) y no puede abstenerse de añadir: "Hasta este punto la ira y el furor les hizo perder la razón, no dejando duda de que el hombre es la más cruel de todas las fieras cuando a las pasiones se une el poder".


Describe más adelante el execrable ensañamiento; (el esbirro): "Cortóle por orden de Antonio la cabeza y las manos con que había escrito las Filípicas, porque Cicerón intituló Filípicas las oraciones que escribió contra Antonio".


Así se repite una y otra vez la misma lección: un gran hombre que muere de manera indigna a manos (por orden) de un despreciable aventurero. Pero detrás del ejecutor visible suele ocultarse otro todavía más abyecto porque, como en este caso, desconoce incluso hasta un mínimo sentido de reconocimiento a su benefactor y sobre ese cadáver asciende en su ambición.


Sin embargo ésta es una tan sólo de las infamias y torpezas que distinguieron a Octavio, el mismo que nos propone la historia como ejemplo insigne, al que los romanos divinizaron y cuyo nombre ha quedado, además de en la memoria colectiva y cotidiana (nuestro mes de agosto) como sinónimo de elevación, majestad y grandeza.


Ninguna fecha conmemora a Marco Tulio Cicerón.





(*) de mi libro Faustos fastos -Ed. Amarna, Córdoba, Argentina, 2009 -pág. 17.

miércoles, 13 de julio de 2011

De la progenie (*)

"Al no encontrar en la política el freno de otra voz, como en el amor encontraba el freno de otro cuerpo, se abalanzó sobre los ideales con más ingenuidad que planes. Marchó preso y le pegaron (**). Conoció el odio: le gustó más que los ideales y ya no se separó de él" (1). Así condensa Jorge Barón Biza el retrato de su padre: Arón en la novela, un hombre cuya primera esposa -aviadora- se mata en un accidente aéreo y a la que dedica un horrendo monumento conmemorativo que evoca el ala de un avión. Conoce luego a su segunda esposa, de sólo 16 años y que será la madre del narrador. Su vida conyugal es tempestuosa, jalonada de múltiples separaciones. En la última entrevista para concluir el divorcio -esta vez definitivo- Arón lanza vitriolo a su esposa destruyéndole el rostro y parte del cuerpo. Poco después se suicida.


La novela (que no es tal sino una autobiografía apenas velada) describe el derrotero atroz, en lo físico y lo moral: la recomposición lenta y laboriosa de ese rostro y la constante incertidumbre en cuanto a los resultados finales de las diversas operaciones de cirugía en Italia.


Pero esa tragedia sólo comienza. Recuperada hasta cierto punto y tras llevar una vida aparentemente normal durante varios años la madre termina arrojándose al vacío desde un balcón. Y ese doble legado -ese cúmulo de padecimientos y soluciones definitivas acabará por encarnar en el propio narrador- ahora el ser humano real, viviente y sufriente, que al cabo se lanzará también él al vacío desde un elevado piso cerrando así el círculo.


Texto tanto más sobrecogedor por cuanto meramente descriptivo, sin exposición de sentimientos o apenas ni emociones ni mucho menos el menor atisbo de autocompasión. Impresiones y la sensación opresiva de que se narra desde un mundo ya paralelo, estanco, con muy poca o ninguna conexión con el paralelo de "los demás". El narrador se confiesa alcohólico ¿es ésa su muleta para poder continuar hasta el salto definitivo? Pero la respuesta -la única válida- la conoce y la expone él mismo: "Tarde o temprano yo también seré sólo un texto; no me queda mucho más por hacer. Escribo estas líneas y ese frágil impulso de hacerlo es todo lo que todavía puede llamarse, para mí, "vida" o "acción" o "posibilidades". (2)


(*) de mi libro Faustos fastos, Ediciones Amarna, Córdoba, Argentina. pág. 163.
(**). En la alusión a la tortura padecida por Arón también aquí se cita como responsable al siniestro engendro del siniestro (en lo político) vate nacional: el comisario Lugones (3).
(1)- Jorge Barón Biza- El desierto y su semilla- Ed. Simurg, Buenos Aires, 1999. pág. 241.
(2)- J. Barón Biza- op.cit. pág. 245.
(3)- J. Barón Biza- op.cit. pág. 235.

miércoles, 22 de junio de 2011

Plúmbea mediocritas

En esta ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme impera la mediocridad. Más aún, se la podría tomar como emblema de la más mezquina medianía: en efecto, todo aquí es mediocre, en todo está grabado a fuego ese sello.



Es un hoyo (conviene también depresión: geográfica y moral) entre montes que no llegan a montañas; su río no llega a ese nombre sino en los brevísimos periodos de crecida, cada vez más raros; normalmente es un escuálido y leproso curso de agua turbia; sus perspectivas no son para nada imponentes, apenas panorámicas y eso sólo unas cuantas, su arquitectura es vulgar, plagiada, obtusa y repetitiva hasta la exasperante monotonía y la poca con algún valor histórico que existía fue arrasada o ha quedado confinada a un perímetro también mediocre. Nada se destaca, nada es demasiado singular o excesivo, sólo la uniforme mediocridad. Sus gentes son, en consecuencia, fiel reflejo de semejante entorno, su historia también. Sí, viene de una pobre codicia, de una pobre sedición (y aún este término resulta grandilocuente para describir un vulgar y anodino gesto de desobediencia) , de un pobre ánimo (nunca se elevó a espíritu) extremeño de provecho y rapiña groseramente material y hambreado. Su núcleo –no hace falta ni decirlo- fueron el catolicismo y la universidad (el claustro universitario). Imbuida desde su modesto, oscuro origen de una presuntuosa ignorancia -su característica más constante- se creyó siempre tanto más de lo que era; sigue creyéndose tanto más de lo que es. (Acaso mecanismos compensatorios elementales que en realidad no compensan nada). Tarde, muy tarde (cuando otras ciudades comparables en tiempo y trayectoria hacía largo tiempo que lo habían consolidado como su punto de madurez intelectual) llegó al espacio novelístico y aquí también fue mediocre, como antes había sido pródiga en poetas y literatos mediocres (las excepciones lo fueron, justamente, porque se marcharon huyendo despavoridas de su ámbito asfixiante y rastrero). Sí dio muchos profesionales y sobre todo, cómo no, jurisconsultos: en esto sí se distinguió, en esta ramplona y burda producción de lo más inmediatamente utilitario y sórdido: abogados y más abogados. Y sus intelectuales –algún nombre hay que darles- sólo emergieron de la miseria circundante gracias a las así denominadas hoy redes sociales en el ámbito informático, que por primera vez los confrontaron con el mundo o los mundos de la verdadera creación. Claro está que con el sólito reverso de la medalla: se creyeron iguales al amparo ficticio de ese nivel rasante. Sin salir de casa, de esta vulgar, inhóspita y mezquina casa –o acaso habiendo viajado en tours pedestres, tan pedestres como ellos- cayeron en esa otra forma de la soberbia caricatural: se consideraron ciudadanos del mundo, los pares de los que sí crecían y llegaban a plenitud en los grandes y auténticos centros cuando no eran sino en conjunto un conjunto de pálidos remedos. Y entre todos, descollantes, las intelectualas, más arrogantes e ignorantes todavía y, por descontado, más pretenciosas. Medias azules y estúpidas vacas (una bas bleu o una stupid cow: consultar) y las menos estólidas llegando al rango de las preciosas ridículas tan justamente vapuleadas por Molière pero con la siguiente salvedad: de preciosas nada, de ridículas todo. Salvo excepciones -otra vez- totalmente excepcionales esta volatería variopinta atronó y sigue atronando con sus cacareos destemplados. Y el resto del ámbito cultural no es menos deplorable: de tanto en tanto se destaca del confuso montón un músico, un artista plástico. Para rematar: alguna o alguno sí ha escrito una novela buena, un cuento aceptable, un poema memorable pero han quedado confinados salvo en contadísimos casos al ámbito local: allí han sido pasto de una seudo crítica (porque el espacio crítico se construye, como el novelístico, cuando hay verdadera madurez cívica y cultural) que funciona al compás de la batuta maniquea del sistema; sus representantes, ergo, o son turiferarios (ver este término en el diccionario) o son verdugos de feria que ni siquiera dominan su oficio: las cabezas que cortan siguen hablando.




Y entre los demás atractivos aledaños cabe mencionar también la omnipresente suciedad, ahora física: calles sucias, gentes con hábitos cavernícolas, la cultura de la desidia y del abandono del espacio común; ése justamente que definía y define a la polis y a la urbe: y sin urbanidad no hay ni puede haber costumbres urbanas.




Se comprende así la anécdota de uno de sus naturales que decía ya en el siglo XIX (a un extranjero y cuando él era ministro del interior ) que había que venir a esta ciudad para poder tener la satisfacción inmensa de saber al marcharse que jamás se regresaría. La mediocridad, por descontado, no se lo perdonó: a pesar de su prohibición expresa se trajeron sus restos a este suelo que detestaba. Y se lo erigió prócer local. Así de pobre es la mentalidad que así procede; así de pobre en su necesidad de estatuas y en su indigencia apropiándose –como carroñera menesterosa- de cualquier osamenta por cuestionable que sea y cuestionables también los métodos a los que se eche mano para ello.



Por supuesto esta ciudad no existe y la descripción que antecede no es sino el mero reflejo de una atroz pesadilla.





























































































sábado, 11 de junio de 2011

En el consultorio dental


“Dios no podía estar en todas partes y por eso hizo a las madres” (*)




Sentado en el sillón escuchaba con la boca abierta su incesante parloteo. La razón no podía ser más simple: era su sillón, su consultorio y ella, la dentista (ahora odontóloga) trabajaba en uno de mis dientes. Y su charla, amena, era motivada, por supuesto, por la delicada tensión de esa desigual relación de fuerzas y el obligado silencio al que yo estaba reducido. De tema en tema su monólogo fue derivando hacia las personas que no pueden dominar su temor ante la perspectiva inmediata de un tratamiento o, peor aún, de una extracción y sobre ello a una experiencia reciente que calificó de curiosa. Yo parpadeaba para expresar mi interés. El caso en cuestión comenzaba con un individuo que llamó a su puerta un sábado por la noche. Como no era obviamente ni día ni hora de consulta ella lo atendió desde el balcón; el hombre explicó que era amigo de fulano, quien lo recomendaba y que se disculpaba pero estaba muy dolorido y necesitaba un medicamento que lo aliviara. En resumidas cuentas una emergencia y dado que las explicaciones y la mención del amigo común la convencieron le franqueó su puerta y después de un rápido examen le extendió una receta para la farmacia. El hombre agradeció y se marchó. En adelante y para nuestros fines lo llamaremos sencillamente Adalberto. Pasaron unos cuantos días y la anécdota había ya quedado totalmente olvidada cuando llamó por teléfono al consultorio una señora que solicitaba un turno para un paciente. Al mencionar su apellido la dentista un tanto sorprendida le preguntó si tenía algún parentesco con el tal Adalberto y la señora respondió que sí, que era su madre. La dentista (ya es hora de que le pongamos por nombre Mercedes) colgó bastante extrañada. Y no era para menos puesto que el individuo de la urgencia sabatina tenía entre sesenta y setenta años y por lógica su madre debía ya ser muy mayor.


Pero lo insólito no hacía más que empezar. A la hora señalada se presentaron ambos y, en efecto, la mamá era una anciana pero dotada de grandes reservas de energía lo que se advertía ya desde el tono de su voz y Adalberto parecía un poco más viejo y desgastado que la vez anterior. Mercedes quedó atónita cuando, tras haber hecho pasar y sentar al paciente la mamá se instaló a su vez en el consultorio cuando se daba por sentado que aguardaría en la recepción. Ante la mirada y la expresión de la dentista Adalberto con una sonrisa afable y tímida explicó que si no era molestia prefería que su madre estuviera allí, a su lado, puesto que le daba miedo –más aún, pánico- la mera idea de encontrarse solo frente al peligro. Mercedes tartajeó a regañadientes su conformidad y comenzó la delicada operación. Pero para su mayor asombro e incluso ya franca irritación la madre, en el momento en que se disponía a efectuar la extracción, se levantó rauda y fue a tomar la mano de su hijo, así, de pie ante el sillón. Mercedes le pidió entonces que se retirara porque la molestaba pero ella se negó rotundamente y cuando la dentista vio su expresión prefirió ceder y proceder. Terminado el trabajo el paciente se levantó y se arrojó en brazos de su madre, llorando y quejándose como un niño desconsolado. Ella le daba palmadas en la espalda y le susurraba tiernas frases para reconfortarlo. Al cabo ambos se marcharon tomados de la mano.


Ahora bien, antes de proseguir con otras consideraciones cabe acotar que Adalberto no era –no es- en modo alguno ni lelo ni retrasado ni padece ninguna otra forma de deficiencia o minusvalía que no sea esta notable dependencia respecto de su madre. Mercedes continuó diciendo que también y según había llegado a sus oídos por conducto de otra paciente que los conocía de larga data (de lo que se infiere fácilmente que un consultorio odontológico es en realidad un mentidero y que la supuesta reserva que se debería observar en relación con las historias particulares y privadas de los pacientes no es más que un mito) el hijo no había trabajado nunca y se había dedicado –eso sí de manera asidua y consecuente- a jugar a los naipes todas las tardes siendo parroquiano de uno de los más antiguos bares del barrio. En vida del padre éste costeaba la vida del hijo; muerto el padre los dos sobrevivientes vivían de la pensión de la mamá. Ciertamente la dependencia filial es tan vieja como la especie misma; el apego, la sumisión o la adicción al vínculo parental tiene mil caras y es asimismo tan ubicuo como la especie pero que en el seno de una sociedad determinada, con determinados patrones de conducta y determinados valores (todo ello muy relativo pero que, se quiera o no y hasta la irrupción de otra forma más idónea o menos negativa, conforma el marco necesario en el que se desarrollan y desenvuelven los individuos) se dé un caso de esta índole, tan extremadamente caricatural y flagrante pasa a ser ya absolutamente único. Ahora, apartándonos por un momento de todos los condicionamientos enumerados o para decirlo lisa y llanamente de la normativa social y descartando otras derivaciones (el manido complejo de Edipo pero ya llevado a un grado tal que autorizaría una interpretación incestuosa: no tanto Yocasta-Edipo sino más bien Nerón-Agripina) ¿no podría cederse a un generoso optimismo y decirse –total para el caso tanto vale una opinión como otra- que estos dos seres encontraron en esa relación tan estrecha y mutuamente dependiente que a nosotros se nos antoja (desde fuera y desde el preconcepto y el prejuicio borreguil) enfermiza una fórmula perfectamente válida para simplemente vivir, seguir viviendo de modo si no pleno y maduro sí satisfactorio? (lo que después de todo y bien mirado no es poca cosa cuando hay que estar en este mundo y se es imbele). En resumidas cuentas consigno pues la historia por su sesgo curioso pero prefiero abstenerme tanto de la condena como de la mofa. Adalberto y su madre siguen y seguirán así tanto como puedan y nada nos permite concluir que ese binomio (mejor: esa simbiosis) no sea tan exitoso al fin y al cabo como cualquier otro que la mirada social –tan adiestrada y condicionada para eso- sí admira o aplaude.




(*)- Lewis Wallace- Ben Hur- Ed. Alfaguara, Buenos Aires, 2006. pág. 241. (Concepto bastante curioso si se tiene en cuenta que proviene nada menos que de un rabino).

miércoles, 1 de junio de 2011


Dueño de tu vida





Y mire Vd., tenía yo entonces tan sólo 16 años. Ahora me parece que eso le pasó a otro porque ¿cómo se pueden tener 16 años? Recuerdo aquello pero no recuerdo cómo era ser tan joven. Tal vez porque la tristeza haya acabado ahogando todas las demás sensaciones…sí, seguramente fue un momento muy triste, no sé, más que triste y queda sobre todo esa única impresión. Era como estar preso pero sin cárcel, no tener a quién acudir y a esa edad ¡qué quiere que le diga! ¿Qué se puede saber de nada? Así que me suicidé. Sí, no me mire de ese modo, por supuesto que me salvaron, con lo justo creo yo. De eso me acuerdo bien, del lavaje de estómago, de la clínica. Pero sé que mucho es lo que me contaron y con los años probablemente se ha ido mezclando lo contado con lo sabido por uno mismo. En fin, que me suicidé. ¡Con sólo 16 años! Y todo fue por aquella niña, estaba tan enamorado. Bueno, yo creía que estaba enamorado, tal vez sí…Y ya se sabe, uno recién despierta, como se dice, recién se asoma a las cosas de la vida…eso sí, era muy solitario. Por supuesto tenía amigos, una “barrita” le decíamos, los del barrio, claro y los compañeros de colegio. Sí, tenía amigos pero eran de mi edad ¿qué les iba a contar? ¿Cómo me hubieran podido ayudar? A lo mejor sí, no sé, pero digo que en el fondo, en el fondo verdadero de mí mismo era muy solitario. O estaba muy solo, vaya a saber, seguro que estaba muy solo aunque estaba mi familia, mis padres, mis hermanos y hermanas pero tampoco a ellos les podía contar. Acaso porque creía que se burlarían de mí…qué sé yo, ha pasado tanto tiempo. Mirta se llamaba y vivía cerca de mi casa, a dos cuadras. Era la más linda, la mejor vestida, la más dulce de todas las chicas que conocía. Y nos pusimos de novios, como se hacía, pero ella también tenía 16 años y por supuesto era una pavada pero se ve que yo me la tomé en serio. Bueno, para serle breve, un día me dice que no hay más nada, que lo nuestro se acabó…¡Y hacía dos meses que éramos “novios”! Pero a esa edad dos meses son mucho tiempo, más del que ha pasado para mí desde entonces. Bueno, volví a mi casa destruído y recuerdo que subí al techo a llorar, no quería que me vieran. Y habré estado así, desolado y llorando a escondidas unos cuantos días. Y una mañana, cuando iba a clases, la veo que caminaba delante de mí por la calle y otro muchacho la tomaba de la cintura. Ellos no me vieron, no se volvieron, iban embelesados uno en el otro y ese atrevimiento: ¡tomándola de la cintura en plena calle y en plena mañana! Ahí nomás regresé a mi casa, fui al botiquín del baño y miré en el estante prohibido, ése que mi madre decía que no había que tocar nunca. Y agarré el primer frasco de píldoras, me fui a mi cama, me acosté vestido tal cual y me las zampé todas, así, en seco. De eso me acuerdo perfecto. Y también de que ya no lloraba y creo que he llorado muy poco después a lo largo de mi vida, como si ese recurso se hubiera agotado ahí. Y me habré dormido, nunca supe qué tomé ni más nada hasta que, como le decía, desperté en la clínica y mi madre estaba al lado mío y me dio pena por ella pero más pena me dio darme cuenta de que me habían hecho volver. Sí, muy a menudo he lamentado que me fallara ese suicidio; hoy creo y desde hace mucho o tal vez desde siempre a partir de aquello que fue el acto más inteligente de toda mi vida y eso que me parece que ni siquiera lo pensé un segundo. Acaso si lo hubiera pensado no lo hubiera hecho…vaya a saber. Pero fue lo más inteligente. Y ¿quiere que le diga? Cuando se tienen 16 años me parece que uno no se equivoca como se equivoca después en todo –sabe, sabe muy bien en el fondo por qué hace ciertas cosas tan extraordinarias. Supongo que aquella chica, pobre, fue como el detonante y que yo no podía conmigo mismo, quizás por eso también ella me dejó, se dio cuenta del lastre aunque visto ahora era un juego entre dos chicos pero sí estoy convencido de que yo no podía seguir…Y después todo daba un poco lo mismo, fue yendo a la buena de Dios, un poco mejor y un poco peor pero ya nada fue igual. Pero no era eso lo que quería decirle sino contarle el asunto final y también por qué me encuentra hoy aquí, en esta cama de hospital. Imagínese mi sorpresa cuando, unos días después de haber vuelto de la clínica estaba en mi casa y de pronto llaman a la puerta y voy a abrir y era un policía. Y se toca la gorra con la mano –yo era un pibe pero en esa época la gente era educada- y pregunta por mí, si yo era tal y tal…muy azorado le digo que sí y lo hago pasar para que no estuviera ahí hablando en plena calle. Y muy correcto se sienta y me dice que lo mandaba el comisario de la seccional segunda y yo ni siquiera tenía miedo, el hombre, repito, era muy correcto y amable y lo que sí tenía era mucha intriga. Y sigue diciendo que aunque yo no lo supiera, no lo hubiera sabido, había cometido un delito y ahí lo miré como si acabara de bajar de la luna ¿qué delito? le habré preguntado, no podía creer lo que oía. Y entonces me enteré que “atentar contra la propia vida” –ésas fueron sus palabras- era un delito. Me dijo que qué tenía que decir yo, siempre muy amable, por cierto y yo le respondí que nada, que había sido un accidente, una broma estúpida que quise hacer y salió mal, ya no sé, no recuerdo exactamente. Sí, algo así pensábamos pero por las dudas…terminó el hombre y se puso de pie para irse. Me dio la mano, saludó y se fue. Después supe que mi madre había estado escuchando todo detrás de la puerta, creo que vivían espiándome los pobres, todos ellos, de miedo que tenían a otra intentona. Nunca olvidé tampoco aquello: si Vd. ya tiene bastante con esta vida pues nada, no se puede suicidar ni hacer lo que quiera con su propia vida porque ellos han decretado que es delito. Tanta estupidez en este mundo…y eso son sólo naderías ahora. Naderías pero ¡cuánto hubiera agradecido salirme con la mía entonces! Y qué curioso es todo…a lo largo de tantos años que han pasado he solido repetirme, como una especie de lección, que no iría más allá de cuatro veces esos 16. Vaya Vd. a saber por qué ni de dónde lo saqué pero siempre estuve firmemente convencido de eso. Ahora tengo exactamente 64 años y me viene Vd. a visitar en este sitio y como a despedirse, ambos sabemos que me estoy yendo. Sí, ahí no me equivoqué aunque a veces pienso si no lo habré provocado yo con esta idea fija…Pero ya no importa, no me importa a mí, imagínese si le importará a nadie! Lo único que sé de cierto es que voy volviendo a juntarme con aquel chico de 16 años y es lo único que tiene algún sentido. Y desde luego le agradezco su gentileza y le pido sepa disculpar estas confidencias de un viejo; ya son el único lujo que me queda.