miércoles, 14 de septiembre de 2011

De la energía nuclear

Si bien éste no es desde luego un asunto estrictamente literario sí nos concierne en cambio directa y gravemente a todos. Y como ahora también en el sur de Francia -el país europeo más "nuclearizado"- acaba de producirse otro "problema" que se procura, como de costumbre, minimizar a como dé lugar, transcribo a continuación una suerte de intercambio (antes se hubiera llamado epistolar) que data del periodo inmediatamente posterior a los sucesos en Japón, cuya memoria está más que fresca como para entrar en mayores detalles. Ni qué decir tiene que nunca hubo respuesta de este sueco tan entusiasta partidario de esa fuente de energía. Hay que hacer constar que, mientras tanto, Alemania ha reducido de manera significativa su dependencia a este respecto.




-Aquí va otro sobre el mismo tema y aunque no tengo título alguno en este ámbito sí tengo en cambio el derecho absoluto de hacer mío el principio de que "la política es algo demasiado serio para dejárselo a los políticos" y en la ocurrencia este problema también es demasiado serio para dejárselo a los políticos y a los especialistas, máxime cuando estos últimos ya no tienen a todas luces mucho más que decir al respecto. Así, es evidente que el autor tiene intereses específicos; seguramente algún ingeniero trabajando en una central atómica o algo igualmente parcial. También es evidente que representa a una gran parte de la opinión reiterando argumentos o seudo argumentos que estamos hartos de oir y que se originan en el lobby nuclear (en claro, las empresas y gobiernos que tienen mucho que perder si se llegara a abolir esta energía). Porque en efecto nada dice de los innumerables accidentes e incidentes mayores y menores que no han alcanzado la triste "mediatización" de Chernobil o del actual (por Japón). Nada dice tampoco de la guerra implacable, sórdida y mercenaria por los recursos en vías de extinción del uranio. Nada dice sobre la legítima duda que una y otra vez corresponde plantear: cada accidente ocurre obviamente porque algo no se previó: no se previó la intensidad del sismo, no se previó el tsunami -¿cuántos factores más que hoy no se prevén se verán mañana cuando nuevamente sea tarde? No hay duda de que la humanidad adolece de un eminente impulso suicida -por ello las guerras y demás atrocidades imputables a su sola historia; por ello que cabe esperar, como siempre, que los intereses de un sector prevalecerán una vez más sobre los del conjunto. (Tampoco, aunque sí se ocupa de denostar a los "ambientalistas" dice nada este señor sobre las energías alternativas que se pretenden de alto costo: ¿más alto que el de las actuales centrales nucleares? Esta otra falacia se enarbola para encubrir la política deliberada de destinar recursos cada vez más irrisorios a la investigación y fomento de esa otra generación de energía) Y con el mismo criterio (si cabe semejante término) comparativo también se puede extremar diciendo que el primero que descubrió por azar el fuego se quemó las manos. Es realmente increíble que se sigan empleando estos pobres subterfugios y se niegue redonda, lisa y llanamente la mera realidad que se está viendo, viviendo y padeciendo. Y en conclusión y hablando de padecer sería interesante que este Sr. Andler, sueco, se fuera a vivir unos meses a Japón...dudo que al volver a su país por ahora a salvo siguiera opinando igual.

A continuación el e-mail de referencia:

Para empezar tengo entendido que estos reactores pertenecian a una generacion tecnica algo antigua y en la cual hubieron muchos problemas para permanente perfeccionamiento debido a la presion periodistica y de coyuntura politica, especialmente los del medio ambiente. Ademas estaban diseñados para soportar terremotos de hasta 8.2 en la escala de Richter. El terremoto fue de 9.0, lo que en terminos energeticos significa cerca de mas de 7 veces el poder de las ondas teluricas. La proteccion contra Tsunamis era contra olas de hasta 5 metros de altura. Las olas del tsunami fueron de casi 10 metros de altura, lo que llevo inmediatamente a cortos de circuito en la estructura electrica y para rematarla, los motores de reserva electricos que deberian haber hechado a andar las bombas de agua para refrijeracion estaban tambien ubicadas a 5 metros de altura, es decir fueron totalmente anegadas por las olas, lo que por supuesto llevo a la falta de refrigeracion en el reactor con las consecuencias correspondientes. Nunca han tirado a la piscina un televisor encendido?


Conclusion: Se aprende a patadas! Los proximos reactores tienen que construirse en zonas algo mas altas, en zonas sismicas con peligros de tsunamis, aun cuando sea algo mas caro el bombeo del agua de refrigeracion. Ahora se sabe que en zonas sismicas hay que contruir estas plantas preparadas para sismos de mas de grado 9 en escala de Richter, para lo cual hay que utilizar en la construcion mejores materiales, aceros de mejor calidad que permitan atenuacion y contraposicion a ondas teluricas de tales magnitudes. No hay que pensar solo en las ganancias, sino que hay que hacer mayor esfuerzo en la seguridad.

No me cabe la menor duda que los tecnicos y cientificos nucleares japoneses van a salir adelante poniendo bajo control el estado de los reactores, como tambien que lo sucedido se utilizara en la experiencia mundial para construccion de nuevas plantas.

Alrededor del Mundo hay mas de 400 reactores funcionando y por todos lados hay proyectos: China planea construir alrededor de 20 reactores ademas de los que tienen en funcion, India creo planea o ya estan construyendo 17 reactores. Rusia tiene un amplio plan de desarrollo de la energia nuclear con la construccion de unas 15 a 20 plantas en los proximos años. Solo America Latina con cerca de 500 millones de habitantes cree que la energia electrica se la traera el viejito pascuero, aunque Brasil y Argentina cuentan con algunos reactores. En Peru se discutia la posibilidad de construir uno con ayuda de los argentinos. Chile, se conversa, se discute, y bueno que?

Ahora seguramente se va a aprovechar ampliamente el argumento de estas plantas destruidas para detener el desarrollo de la energia nuclear, especialmente en America Latina, donde se gusta hablar mucho y no es mucho lo que se hace. Lo de otras fuentes de energias renovables, pues si, pero en casos limitados. El futuro de la humanidad esta en la energia nuclear y posteriormente en la energia termonuclear. Aquellos paises que no desarrollen energia nuclear, pues van a tener que comprar electricidad o producirla con plantas que funcionan a carbon, gas, etc con la correspondiente polution del medio ambiente. Desde el punto de vista del medio ambiente son precisamente las plantas nucleares las mas limpias, aun cundo la prensa y la politiqueria internacional lo pinte de otro modo.

Respecto a la radiation, pues considerando las dimensiones de la catastrofe, el daño es minimo. Claro esta que hay que evacuar a los habitantes en un radio de seguridad de unos cuantos quilometros, seguramente 10 km o mas.

Tanto miedo se le tiene a este tipo de tecnologia, cuando mas gente muere en accidentes de trafico, pero no por ello van a prohibir la locomocion automobilista. Cuando recien se empezaron a utilizar las maquinas a vapor murio mucha gente como resultado de las explociones debido a la presion del vapor. Pero eso no detubo el desarrollo de las maquinas a vapor.


Aqui en las fotos que tome en la Central Atomica sueca de Forsmark, hace algun tiempo, estan representados una capsula de Uranio en el centro de la semiesfera, tambien sostenida en la mano de mi hijo, lo que demuestra que es totalmente inofensivo y a la derecha su equivalencia a tres tambores de petroleo y creo cerca de una tonelada de madera a quemar para alcanzar la misma potencia. Entre otras este tipo de Uranium es pobremente enriquecido, alrededor de un 3%, lo que nunca podra llevar a cabo una explocion nuclear, donde se necesita uranium enriquecido hasta mas de un 90%. Lo que se produce es que al faltar la refrigeracion, la reaccion nuclear continua con la correspondiente liberacion de calor, lo que en un momento dado derrite los contenedores y las capsulas. Al aumentar la presion en el reactor en algun momento estallara botando al aire todos los contenidos de la reaccion nuclear, entre ellos el temido Ce.



Guillermo Andler.

e-mail: andler@msi.se



NB: por supuesto he respetado el texto original, con todos sus errores ortográficos y de redacción.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El demonio de la analogía (*)




IGITUR o la locura de Elbehnon




En un breve y fascinante texto: Le Démon de l’analogie (1) que comienza así: “¿Cantaron acaso en vuestros labios desconocidas palabras, jirones perversos de una frase absurda?” Mallarmé va siguiendo la trayectoria (desde el significado y la musicalidad) –aparentemente errática- de una frase oída de manera puramente fortuita: “La Pénultième est morte” (“La Penúltima ha muerto –está muerta”) y gradualmente, a fuerza de interrogaciones y asociaciones (con palmas de flores y alas) encalla en su repetición obsesiva y mecánica con la esperanza de silenciar y abolir así su sonoridad y sentido –o sentidos- (deteniéndose particularmente en su estructura, su cadencia y en el “nervio” central: el núcleo “nul” / “nulo”/ ) hasta que de pronto se sorprende ante la vidriera (reflejado en ella) de la tienda de un violero que vende instrumentos antiguos y donde percibe además palmas amarillas y pájaros polvorientos. La simple repetición de una frase totalmente anodina acaba así por abrir la puerta al umbral de lo sobrenatural: “Pero donde se instala la irrecusable intervención de lo sobrenatural y el comienzo de la angustia en la que agoniza mi espíritu…”.




Esta aproximación del poeta simbolista que tanta predilección sentía por el Vathek de Bedford se desarrollará luego y alcanzará su expresión más plena en una exploración de ambición y sentido muy diferentes: su extenso poema en prosa Igitur o la locura de Elbehnon, pero antes de proseguir es menester tener bien presente que la lectura que aquí se propone es, obviamente y por fuerza más convencional, más “lineal” –por así decir- que la glosa o la exégesis propias a la obra poética; se trata, por consiguiente, de una lectura al margen y aquende de la poética porque su interés enfoca centralmente la inspiración “gótica” de este texto, el evidente propósito de Mallarmé de lograr de algún modo la fusión del cuento con tales características (una narración: es decir, una historia al cabo) con este particular tratamiento poético –su música inconfundible y única y su visión que opera al azar de relámpagos súbitos, fogonazos intermitentes que no anulan por cierto la tiniebla que rasgan sino que la complementan y acaban de conferirle su existencia específica.



En esa visión, justamente, radica la médula del conocimiento poético que, a diferencia de los otros, es un don (para la tradición romántica sobre todo: el inmediato predecesor W. Blake, Goethe, Baudelaire, Nerval, Shelley, Byron, Novalis, Hölderlin, etc.) demoníaco debido a la singular aptitud que exige a sus iniciados y adeptos para una percepción y un conocimiento no convencionales, subversivos incluso y preferentemente. Don que se sirve de un sistema mágico de relaciones descubriendo así puntos de contacto remotos e insospechados, similitudes y afinidades ocultas, subterráneas y escandalosas (en la acepción estricta del término: reveladoras): pensamiento analógico, pues, opuesto por definición al pensamiento analítico y es entonces este “demonio de la analogía” el que mutatis mutandis revela al vástago último de un linaje antiquísimo (cuya esencia parece consistir –como la de la humanidad toda- en la precariedad y la fugacidad transitoria; de ahí sin duda ese nombre: Igitur o “mientras tanto”, “por ahora”) el verdadero mundo de los suyos, más allá de este físico (pero no, por cierto, “metafísico” como categoría filosófica) que no obstante se manifiesta por alteraciones y perturbaciones ya sutiles o atroces de ese mismo orden físico. Por lo tanto cuando ya no queda nada más susceptible de ofrecer una explicación plausible de la descomposición y trastocamiento inadmisibles y aterradores que percibe la mirada desde el fondo del espejo (que es mirada a su vez por otra mirada) entonces sólo cabe aceptar y afrontar la irrupción de lo sobrenatural: “où , lorsqu’expira le heurt, et qu’elles se confondirent, rien en effet ne fut plus ouï: que le battement d’ailes absurdes de quelque hôte effrayé de la nuit heurté dans son lourd somme par la clarté et prolongeant sa fuite indéfinie” (“donde, cuando expiró la conmoción y ellas se confundieron nada en efecto se volvió a escuchar: sino un aleteo absurdo de algún huésped asustado de la noche embestido en su pesado sueño por la claridad y prolongando su huída indefinida” (pág. 48).




Ese reducido y acotado espacio físico que es una habitación se convierte pues en otro mundo -¿el otro mundo?- al ser investida por la extrañeza y el desconocimiento. No se puede expresar más cabalmente la entidad que ha adquirido (hablar de personalidad, como en otros casos, no sería excesivo) que con la sola palabra que emplea Mallarmé para indicar que cede y sucumbe bajo una opresión intolerable (como cualquier organismo vivo): “dans une épouvantable sensation d’éternité, en laquelle semblait expirer la chambre” (“en una espantosa sensación de eternidad, en la cual parecía expirar la habitación”- pág. 53. el subrayado es nuestro). Una habitación que expira. Aquí está condensada, de manera magistral, la relación fundamental y característica del género gótico con la morada humana, que es mucho, mucho más que simbiótica: es una identificación absoluta. De ahí el efecto tan logrado y que tiene su asiento en esa necesidad atávica y primaria: el abrigo, el techo, el espacio físico que resguarde y ponga a cubierto de la hostilidad acechante y asechante del mundo exterior y la naturaleza (no la que los cultores del género romántico exaltaban: ésa sublime, grandiosa, imponente o amable en contraposición con la negación y exclusión del clasicismo sino la otra, ingobernable, imprevisible y ciegamente destructora: pánica) y a este respecto traemos ahora a colación un pasaje que puede parecer a primera vista extemporáneo; sin embargo contiene la verdadera esencia (ese recóndito engranaje psicológico) de esta noción que acabamos de exponer: “Tratamos de encontrar una explicación a este hecho curioso y llegamos a la siguiente conclusión: nuestra conciencia no tenía en absoluto el hábito de asociar una guarida de bambú cubierta de hojas de palma y plátano con un viaje en el mar. No había una armonía natural entre el rodar imponente del océano y la cabañita tejida de palma que danzaba sobre el mar; por consiguiente o bien la cabañita parecía enteramente fuera de lugar entre las olas, o éstas estaban más que fuera de lugar alrededor de la cabañita” (2). (el subrayado es nuestro). Esto en cuanto al aspecto psicológico del hábitat: la casa, la morada –cómo es independiente de la estructura física misma y depende en cambio casi enteramente de la re-creación que se hace en la mente; la reflexión de Heyerdahl resulta ejemplar al describir cómo percibían ellos la balsa con su cabina de mimbre desde el bote de goma y cómo cuando se hallaban a bordo. Aquí queda pues en evidencia ese puro efecto psicológico porque se lo ha reducido a su mínima expresión. Y junto a ese aspecto reconfortante y de refugio o abrigo que brinda esa minúscula choza, a pesar de todo (pues difícilmente haya nada más precario que una estructura de hojas entretejidas y además en medio del océano) está esa doble mirada tan acertadamanete expuesta –la de la exigua superficie (la balsa) que la percibe como la casa aunque en situación tan anómala, dislocada (rodeada de agua) y la que la ve desde el agua, más incongruente y extraña todavía. El secreto de la fórmula gótica en relación con la morada y su largo y sostenido éxito tienen ahí su explicación: la mirada que de pronto desconoce su lugar (refugio) natural y habitual, ése mismo que comienza a mutar y por su sola mutación se vuelve hostil, extraño. La choza en medio de las aguas es la única protección de los nautas, empero, en cualquier instante puede derivar a otra cosa: irse a pique, ser barrida por las olas, volverse una trampa espantosa y mortal, volverse el horror mismo, en una palabra convertirse en la habitación que expira.



“-para que la sombra última se complaciera mirándose en su propia mismidad y se reconociera en la multitud de sus apariciones comprendidas en la estrella nacarada de su nebulosa ciencia sostenida en una mano, y en la chispa de oro del cierre heráldico de su volumen, en la otra; del volumen de sus noches; tales, ahora, viéndose para que ella se vea, ella, pura, la Sombra, vistiendo su última forma a sus pies hollada, tras ella acostada y extendida, y luego, delante suyo, en un pozo, la extensión (copia) de capas de sombra, devuelta a la noche pura, de todas sus noches parecidas aparecidas, capas para siempre separadas de ellas y que sin duda ellas no conocieron –que no es, lo sé, sino la prolongación absurda del ruido del cerrojo de la puerta sepulcral de la que la entrada de este pozo recuerda la puerta.”-



-sombra última: el doble definitivamente constituído.


-multitud (foule) – hollada (qu’elle foule).


-volumen (volume) : cuerpo material de un libro –volumen : 2) corpulencia, bulto de una cosa.


-acostada (couchée) – capas (couches /d’ombre/).


-extendida (étendue) – extensión (l’étendue).


-la copia (cantidad- multitud) de capas de sombra; las sucesivas sombras que al ir viviendo va siendo y dejando de ser el ser.




Ahora se modifica bruscamente el clima –se intensifica todavía más- al pasar de la 3ª. a la 1ª. persona (je): “dans une épouvantable sensation d’éternité, en laquelle semblait expirer la chambre, elle m’apparût comme l’horreur de cette éternité. Et quand je rouvrais les yeux au fond du miroir, je voyais le personnage d’horreur, le fantôme de l’horreur absorber peu à peu ce qui restait de sentiment et de douleur dans la glace, nourrir son horreur des suprêmes frissons des chimères et de l’instabilité des tentures, et se former en raréfiant la glace jusqu’à une pureté inoüie,- jusqu’à ce qu’il se détachât, permanent, de la glace absolument pure, comme pris dans son froid”; (“en una espantosa sensación de eternidad, en la cual parecía expirar la habitación, ella se me apareció como el horror de esa eternidad. Y cuando volvía a abrir los ojos en el fondo del espejo, veía el personaje de horror, el fantasma del horror absorber poco a poco lo que quedaba de sentimiento y dolor en el espejo, alimentar su horror de los supremos estremecimientos de las quimeras y de la inestabilidad de las tapicerías, y formarse rarefaciendo el espejo hasta una pureza inaudita –hasta que se desprendía, permanente, del espejo (hielo) absolutamente puro, como apresado en su frío”-pág. 53.- Se ha procurado restituir –siquiera de manera aproximada- el juego de palabras: espejo-hielo ya que en francés “glace” designa tanto uno como otro y, más aún, para mayor confusión y resonancia poética, también “cristal” o “vidrio”, amén de otras acepciones). Las quimeras aludidas –y esto dicho con toda la debida precaución pero es evidente que Mallarmé de cuando en cuando echa un ancla o un cable a tierra- son las talladas en los muebles (¿qué otra cosa se puede esperar en un mobiliario gótico?) pero se está ya lejos, en realidad, de tales detalles meramente circunstanciales. Conviene más advertir el nuevo personaje que está haciendo su aparición; en efecto, el narrador ha pasado al “otro lado del espejo” y desde su fondo mira –mira la habitación que se transforma pero es a su vez mirado por su doble que acecha desde el mismo fondo del espejo: doble formado por el puro horror (ya que ha suprimido absorbiéndolos el sentimiento y el dolor, es decir los vestigios –la esencia- de la presencia humana captados por la superficie reflejante a lo largo de su permanencia en el cuarto y se nutre de la temblorosa y frágil vida de los objetos –es decir de lo que queda todavía reflejándose) el horror transparente y helado de todo lo exterior (lo extraño) a Igitur.



Nuevamente, tras haber instalado el horror, Mallarmé marca una detención, simula volver a la realidad primera y primaria mediante frases tranquilizadoras como ésta: “rendu instable par la maladie de l’idéalité” (“vuelto inestable por la enfermedad de la idealidad”) o un periodo que también parece restituirlo todo a un comienzo (cualquiera haya sido ese comienzo. Pero en realidad lo importante es fijar la idea de cesura con el proceso desencadenado, no descontrolado –justamente instaurar la noción de que quien narra tiene el poder de controlarlo): “Y cuando cree haber vuelto a ser él, mira fijamente desde su alma el reloj; cuya hora desaparece por el espejo, o va a ocultarse en las cortinas, rebasando en exceso, no dejándolo ni siquiera al tedio que implora y sueña. Impotente del tedio”; como se ve otra vez la diferenciación –la mirada parece haberse recuperado y regresado a su normalidad, lo que desde luego no es más que una tregua engañosa pero necesaria para que al regresar el horror su irrupción sea todavía más desconcertante y aterradora.




Todo este itinerario que va del ser a sí mismo en el marco de una simple y banal, común y corriente habitación, y es ésta su notable originalidad –prescindir del castillo o la morada señorial o la abadía, el cementerio, las ruinas incluso, etc., como los solos lugares donde se pueda manifestar y asentar el horror- llevarlo así desde su apoyatura física a un fenómeno puramente psicológico sin, empero, ceder a la explicación racional (como lo hace, por ejemplo, W. Collins en su cuento Una cama terriblemente extraña que transcurre igualmente en un cuarto pero que acaba resolviéndose por medio de un narcótico y un mecanismo asesino. Por lo tanto, la analogía que queda más inmediata, cercana y obvia es desde luego El Horla de Maupassant). La mirada que se desdobla (“y desdoblada por el equívoco explorado”) él y su Sombra (o el doble) ve entonces la habitación convertirse en un universo distinto que abre a otra(s) realidad(es) y que le revela asimismo sus múltiples y desconocidas personalidades (fases del ser, sombras de la sombra) ya inquietantes, extrañas o francamente aterradoras. Antes y gracias a la duda, al rechazo de la seguridad y la certidumbre (“la abertura de duda nula”) se fue instalando, como se ha visto, el clima propicio: “No me gusta este ruido (¿las pulsaciones de su propio corazón?): esta perfección de mi certeza me incomoda; todo es demasiado claro, la claridad muestra el deseo de una evasión; todo es demasiado luciente, quisiera volver a entrar en mi Sombra increada y anterior y despojar por el pensamiento el disfraz que me ha impuesto la necesidad, de habitar el corazón de esta raza (que escucho latir aquí) solo resto de ambigüedad”.



Las diferentes fases –metamorfosis, revelaciones- del ser representan así el laberinto de la interioridad, los múltiples recodos y revueltas que no conducen a ninguna salida sino hasta que haya sido posible (si llega alguna vez a serlo) identificar e inmovilizar al doble real, es decir, al último (o última sombra), por otro nombre, la muerte: “d’un personnage dont la pensée n’a pas conscience de lui-même, de ma dernière figure, séparée de son personnage par une fraise arachnéenne et qui ne se connaît pas: aussi, maintenant que sa dualité est à jamais séparée, et que je n’ouïs même plus à travers lui le bruit de son progrès, je vais m’oublier à travers lui, et me dissoudre en moi” (“de un personaje cuyo pensamiento no tiene conciencia de sí mismo, de mi último rostro, separado de su personaje por una membrana aracnoide y que no se conoce: entonces ahora que su dualidad está separada para siempre y que ni siquiera escucho ya a través suyo el ruido de su progreso, me voy a olvidar a través suyo y disolverme en mí”).


El poema llega a su término ahora que el último vástago de su raza inmemorial (cada hombre, en sí mismo, a la hora de su muerte) se ha re-conocido definitivamente y está pronto a confundirse con su linaje que lo aguarda; cesa el equívoco y cesa la gratuidad (IV. Le coup de dés: o un présago ensayo exploratorio del experimento mayor que será con idéntico título): “Il ferme le livre –souffle la bougie,- de son souffle qui contenait le hasard: et, croissant les bras, se couche sur les cendres de ses ancêtres” (“Cierra el libro –sopla la vela- de su aliento que contenía el azar: y cruzando los brazos, se acuesta sobre las cenizas de sus ancestros”) y “(V)- Se acuesta en la tumba /…/ Sobre las cenizas de los astros, aquellas indivisas de la familia, estaba el pobre personaje, acostado, después de haber bebido la gota de nada que le falta al mar. (La redoma vacía, locura /”fiole vide, folie”./ ¿todo lo que queda del castillo?). La Nada ausente, queda el castillo de la pureza”.




Igitur ha llegado al término de la locura, la locura de querer descifrar el mundo y a sí mismo, la del alquimista y el mago o la del propio poeta. Queda pues consignada esta señera trayectoria resuelta al cabo en la disolución y la reintegración (“el castillo de la pureza”) y al mismo tiempo, por un sesgo acaso tangencial o paralelo pero no menos significativo el intento conexo valioso y aleccionador que revela y releva de manera deslumbrante el extraordinario potencial de este credo estético gótico susceptible de ser plasmado en tan otras y varias vertientes y formas de expresión.






(*)- de mi libro: Un oscuro esplendor - El doble y el laberinto en la novela gótica- Ed. Babel, Córdoba, Argentina, 2009, págs. 131-136.


(1)-Stéphane Mallarmé –Igitur- Divagations- Un coup de dés- Ed. Gallimard, France, 1976


(2)- Thor Heyerdahl- Kontiki- Ed. Jackson, Buenos Aires, 1952- pág. 169 (el subrayado es nuestro). .


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lunes, 5 de septiembre de 2011

Fiat lux (*)






Y estaba ahí y los ojos maravillados


y los ojos embelesados


medían cada milímetro suyo


y todo era perfección.


Y a cada perfección que los ojos


arrobados, extasiados veían


se sumaba la idea confusa


y más y más nítida y lancinante


de ser indignos de ver tanta belleza.


Y no era sólo la belleza absoluta


única, perfecta, perfecta, ya ideal:


era también –y tanto- la luz, la luz


que irradiaba de su adentro


de esos sus ojos gris-celeste


hasta de esos sus mismos labios


y también en torno, en su redor


y que me tocaba, esa luz, esa luz


que tenía dedos de amor palpándome


y esa caricia era como no haber salido


nunca del útero, como el regalo


inapreciable de no haber nacido.




Pero no era sólo para mí, esa luz


era para todos y para todo.


Y para ninguno y ese ninguno


era yo, sí, era yo agonizando


de amor a sus pies, pies perfectos


en su luminosidad perfecta.





(*)- de mi libro en elaboración Poemas exactos, físicos y naturales







jueves, 25 de agosto de 2011

De la historia y las historias (*)



De todas las historias, de la historia toda


escribiré la mía y será un espejo


que pondré delante de aquellos


de aquellos dolientes infinitos


que nunca tuvieron rostro.


Y les diré uno a uno: éste es tu nombre


te llamas hombre, te llamas hombre


y los hombres te han quitado


desde siempre el nombre.




(*) de mi libro en elaboración: Poemas exactos, físicos y naturales.



viernes, 12 de agosto de 2011

Reivindicación del fracaso

Vengo a declarar (no, no es suficiente) a clamar mi condición



Si el sistema social en el que involuciono desde mi primigenio estado larval tuviera una cara (aunque mejor no -no creo ni por un instante que se pudiera sobrevivir a esa visión) se lo gritaría o como rezaba la anticuada y ya poco usitada fórmula: se lo espetaría al rostro. Y es que esa condición antes mencionada es la sola y única de toda unicidad y soledad que cabe reivindicar ante un sistema que exhibe, como una llaga enconada -y es tan sólo uno de los indicios aparentes de su absoluta y mefítica abyección- la capacidad (por decirlo así: hay que ser capaz) de inventar -convendría más fabricar- un término que es peor y mil veces más lapidario que un insulto, un agravio o cualquier mote ridiculizante por ácido y mordaz que sea porque éste es un verdadero estigma. Sí, se trata del ahora ubicuo y ya casi anodino a fuerza de propinarlo loser: perdedor. En verdad estremece considerar sólo un instante la mentalidad (es preciso emplear algún término para designar eso) capaz de abortar semejante concepto; si este sistema (del que, huelga decirlo, nunca he podido salir -ni tampoco los demás, es decir la casi totalidad -con contadísimas excepciones-que son su base y por serlo justamente ni siquiera lo sospechan) contrapone sus así llamados valores (con su cohorte mundana: éxito, suceso, consideración social y todo ello derivado única y exclusivamente del poder y el dinero logrados -como es o debería ser la obviedad misma- a expensas justamente de los innumerables otros seres humanos utilizados y dejados fuera una vez exprimidos y bautizados con el eufemismo marginados) para fundamentar el anterior "concepto" está claro, una vez más, que la sola actitud que pueda tener algún sentido (aunque por supuesto ningún efecto) es la que se adopta ahora aquí, aquí y ahora, a saber: clamar y vociferar desde los mismos techos que yo también soy un perdedor, un fracasado, un malogrado, un vencido. Y que por serlo y a mucha honra soy solidario de todos los parias de este hipócrita y envilecido régimen de castas y me sustenta un último vestigio de sueño libertario, más aún (y menos ambicioso, al cabo) un último vestigio de algo que en otros tiempos no tan lejanos se llamaba lo humano y que la gangrena amnésica segregada sin desmayo por este sistema ha terminado por erradicar del uso (y del sentido) común.










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miércoles, 10 de agosto de 2011

El Club (*)

Hacia fines de la década de 1960 se reunieron en una pequeña y retirada ciudad europea los hombres más poderosos de la tierra. Algunos tenían fortunas colosales, otros poseían la mayor parte o la totalidad de empresas multinacionales con diversificados y múltiples intereses; otros aún poder político o bien un considerable ascendiente espiritual o religioso. Asistieron también sus asesores (podría decirse que su hueste abarcaba todo el saber de la época, como una nueva Enciclopedia; sus competencias iban desde las ciencias y las tecnologías hasta las disciplinas humanísticas, políticas y socioeconómicas) y tras largas y exhaustivas deliberaciones se sentaron ahí las bases de una asociación muy estrecha y -huelga decirlo- exclusiva. Y como se vería andando el tiempo de una eficacia implacable.


Se dieron por nombre Club de la Opera Omnia y acordaron repetir estos encuentros cada año, manteniendo al principio una norma de rigurosa discreción que derivó después a un absoluto secreto -tal vez el más celosamente guardado que nunca haya existido.



La idea original (desde su exposición inicial ya perfectamente concebida en sus aspectos fundamentales) se debía a un oscuro científico alemán refugiado en los Estados Unidos al término de la guerra (en realidad y como tantos otros un ex colaborador nazi) y empleado a la sazón en un importante centro de investigaciones financiado por una compañía petrolera transnacional. Cierto día el susodicho científico (en adelante el Dr. Kaf) solicitó ser recibido por el presidente y virtual propietario de la empresa. Traía una propuesta. A la mañana siguiente fue designado asesor personal de la presidencia, cargo que entre otras cosas le permitía acceso directo y permanente a su titular. En síntesis la propuesta consistía nada más y nada menos que en otro plan de dominio planetario. Pero no uno más, sino éste, con variantes únicas y decisivas. Y es que el Dr. Kaf, desde su modesta oscuridad científica había observado, lo mismo que otros muchos, el hecho sin precedentes y entonces en franco afianzamiento del acelerado e imparable adelanto científico y tecnológico en prácticamente todas las áreas. En efecto la humanidad había liberado la energía nuclear, llegado a la luna, todavía se mantenía la formidable sombra intelectual de Einstein, se realizaban ya trasplantes de corazón, comenzaba de pleno la era de la informática, la computación electrónica, la genética, la comunicación, etc. Kaf vio asimismo (que los demás no) las infinitas posibilidades que se abrían, por primera vez en la historia a una voluntad de dominio coordinada y resuelta. Pero no desde -y al servicio- del mediocre y transitado delirio del poder por el poder mismo o para vanagloria y provecho personales e inmediatos sino con una meta de ambición y envergadura tales que cualquier imperio anterior y el sueño mismo de los alquimistas quedaban en comparación reducidos a inocuos e insípidos juegos de párvulos. No obstante para ello resultaba imprescindible el concurso de determinadas condiciones; en primer término una arrolladora y sostenida tarea preparatoria, sin desmayos ni urgencias, que se debería ir realizando y verificando por décadas. Luego la suma -como ya se apuntó- de todos los poderosos, pero sólo de los realmente poderosos entre los poderosos, aglutinados en pos de este objetivo y sin posibilidad de retroceso o renuncia. De hecho no se produjo ninguna defección porque la recompensa esperada era tal que volvía virtualmente imposible hasta la idea misma de deserción. ¿Qué recompensa? Pues la aludida: la conquista de otros mundos y el logro del más caro anhelo: una existencia individual casi eterna. El Dr. Kaf demostró en aquel momento y los acontecimientos así lo fueron confirmando más tarde que el Proyecto sólo podía ser factible si se respetaban rigurosamente los términos estipulados de tiempo y concentración de recursos; esto es, que su alcance excedería desde luego y con mucho las vidas de todos los que ahora lo iniciaban pero una vez llegado a su plenitud compensaría con creces en los hijos o nietos y en el caso de aquellos que no dejaban descendencia en la legítima y definitiva satisfacción de haberse encontrado entre los clarividentes precursores. Si se ponían pues todos los recursos del planeta (cosa que hasta aquí no había sido posible) en los diversos proyectos que constituían el núcleo mismo del Proyecto, fase tras fase, se conseguiría, en primer lugar, una aceleración notable de los progresos que normalmente hubieran debido insumir si no centurias sí décadas y décadas y, lo que resultaba todavía más importante, esta misma progresión acelerada acabaría redundando a su vez y por fuerza en resultados más y más extraordinarios y fructíferos, tales que apenas si podían llegar a concebirse. En lo tocante a la prolongación casi indefinida de la existencia (en un principio reservada, como era lógico, sólo a los miembros del Club; después, bien, después se vería qué aconsejaban las circunstancias -que, como ya se sabe, en tales casos aconsejan siempre lo mismo) analizó detenidamente los experimentos y logros alcanzados; entre otros se había podido identificar el factor del envejecimiento, los investigadores habían llegado ya a detener ese proceso en ciertos vegetales; las enfermedades hasta entonces mortales cedían terreno a ojos vista; los trasplantes abrían perspectivas tan insospechadas como promisorias al igual que lo que se denominaba la manipulación genética, etc., etc., por lo que en modo alguno era aventurado sostener que en menos de 50 años se alcanzarían resultados concretos. A continuación pasó a reseñar el punto en que se hallaba la exploración espacial y brindó un informe particularmente detallado sobre los satélites y sus diversas aplicaciones futuras, comprendidas todas las formas de espionaje, incluso el doméstico del ciudadano común, demostrando igualmente la bases reales y los progresos que cabía sensatamente esperar. Señaló por último un aspecto no menos capital: la fatiga y deterioro extremos del planeta; la contaminación ya irreversible, el agotamiento de los recursos , la pesadilla demográfica. Resultaba mil veces más económico y rentable encaminar todos los esfuerzos a la búsqueda y obtención de otros asentamientos en el universo dejando de lado resueltamente y abandonando a su suerte un hábitat condenado (no lo podía prever entonces pero la alteración radical que acarrearía la irrupción de otras formas de la economía, impulsadas justamente por Ellos (el Club) en los hábitos y comportamientos (sobre todo del consumo) de las poblaciones supondría un freno brutal al proceso de deterioro. Pero, claro está, incluso así el saneamiento llevaría aún mucho más tiempo y es más que dudoso que este tipo de consideraciones hubiera modificado la trayectoria decidida). Concluyó manifestando que llevar a la práctica esta proposición sería tanto como si se hubieran podido hacer coincidir en una misma época los imperios de Gengis Khan, Alejandro, Julio César, Carlos V, Napoleón, Inglaterra, Hitler y los Estados Unidos pero todos y cada uno actuando (gracias al rápido y prodigioso desarrollo y perfeccionamiento de las comunicaciones) de manera simultánea y coordinada. Asimismo puso como ejemplo de este tipo de estructuras (el Club) al papado cuyo éxito a lo largo de la historia se había debido fundamentalmente a que se basaba en la supremacía absoluta e incuestionable del fin perseguido, a saber, el poder material y espiritual y su conservación y acrecentamiento permanentes y a que se renovaba por medio de individuos aptos y específicamente entrenados elegidos por cooptación (por consiguiente exento de las graves desventajas de las monarquías hereditarias) que al no tener intereses personales más allá de los límites de su propia existencia trabajaban y obraban -como eslabones- de manera real, verdadera y eficaz en pro del mantenimiento y constante incremento de dicho legado.
Así dio comienzo el planificado saqueo y vaciamiento sistemático de los países, con la complicidad

de los dirigentes locales que, como de costumbre, ignoraban y continuaron ignorando el auténtico sentido de esta razzia de nueva especie, atribuyéndola (obviamente juzgando como quienes eran y con arreglo a todos los antecedentes conocidos) a las sólitas codicia y rapacidad aunque infinitamente más voraces e insaciables. En rigor y con mayor propiedad correspondería hablar de trasvase, pues todo iba a parar conforme llegaba a los proyectos del Proyecto. Naturalmente se procedió de diverso modo según los países; en aquellas áreas geopolíticas seguras (por larga tradición y práctica en el sometimiento y la indefensión) se hizo "limpieza" en una muy vasta escala persiguiendo, torturando y asesinando todo lo que pensara o pareciera inclinado a ello, instaurando así un propicio clima de terror e inseguridad que volvía más "maleables" y átonas a las poblaciones; en aquellas otras áreas más críticas y que, por ende, requerían el empleo de guantes blancos se fomentaron y plasmaron cambios políticos traumatizantes, llevando al poder, es decir, al ahora aparente poder, aquí, por ejemplo, a la supuesta izquierda, allá y más allá a una inédita laya de personajes que introducían una degradación deliberada y sumamente corrosiva desde los más altos cargos, como el caso de un histrión mediocre, caduco y arterioesclerótico que ocupó la presidencia del país más adelantado o el de una zafia y primitiva marimacho a quien se confió la primera magistratura del país europeo satélite más obsecuente para con el dicho país más adelantado (los demás siguieron en la acostumbrada zaga simiesca) o bien se recurrió donde hizo falta al consabido expediente de atizar guerras localizadas o armar revoluciones nacionalistas, religiosas, etc.


Comenzaron entonces a producirse curiosos sucesos que muy poco tiempo después devinieron fenómenos usuales; empresas, bancos, fábricas que hasta esta mañana eran sólidos y confiables de pronto quebraban y cerraban. Sin importar el lugar, la trayectoria ni el tamaño cesaban en un momento y quedaban en la calle cientos, miles de trabajadores. En todos los países sucedía lo mismo y sus dirigentes y políticos se desgañitaban prometiendo una y otra vez la creación de nuevas fuentes de trabajo, el establecimiento de nuevas fábricas y empresas. De tarde en tarde se anunciaba a bombos y platillos alguna inversión extraordinaria y mirífica que se traducía al cabo en una raquítica planta secundaria para 50 empleados y que era inaugurada en medio de festejos y estruendosa publicidad en la misma ciudad que ayer había presenciado la enésima manifestación por otro abrupto cierre que añadía 700 trabajadores a las filas del desempleo. La causa verdadera -obviamente escamoteada a las víctimas- radicaba en que ya no importaba el trabajo; por primera vez la generación de la riqueza no tenía como eje el trabajo ni como destinatario último al consumidor y en consecuencia ahora sobraban las tres cuartas partes de la humanidad. El increíble y vertiginoso desarrollo de las comunicaciones y tecnologías conexas había hecho posible el intercambio instantáneo a nivel planetario (cabe señalar de paso que ya desde principios del decenio de 1980 lo había vaticinado -una vez más- muy acertadamente el benemérito Dr. Kaf). El mundo se había ido convirtiendo en una gigantesca bolsa de valores, una frenética e incesante timba en la que se hacían y perdían inmensas fortunas en horas; dicho en otros términos la economía se había vuelto especulación pura. Esta novedosa forma de originar y acumular recursos ofrecía además la innegable ventaja de la celeridad y la disponibilidad inmediata. En consecuencia todos los proyectos recibían un flujo constante e ininterrumpido que a su vez y lógicamente redundaba en progresos cada vez más espectaculares que a su vez...y así sucesivamente. En lo que atañe a las poblaciones sacrificadas era éste un efecto ya descontado, como se señaló; pero durante la ejecución del programa habían cambiado sensiblemente la velocidad y el ritmo de la depredación. De todos modos las posibilidades de reacción eran casi inexistentes, desdeñables; aquí y allá alguna esporádica perturbación aislada, sofocada prestamente y es que en realidad había caído sobre ellas como una espesa campana asfixiante hecha de un paralizado estupor. Por ejemplo se había incluso llegado al punto, en un momento dado y por considerarla ya como un estorbo inoperante de dejar desembozadamente de lado la ficticia división política en dos bloques mundiales antagónicos que tan conveniente manipulación de las masas había permitido hasta entonces pero que ahora en el marco del nuevo uniformizado campo global de trabajo resultaba un entorpecimiento. Ellos (el Club) tenían ciertamente otras y muy diferentes cosas en qué pensar. (Quedaban todavía unos pocos de los miembros originales; la estructura se había ido renovando de manera automática sin el menor traspié). El advenimiento del nuevo milenio los encontraba más activos que nunca, más seguros que nunca. Los proyectos iniciales del Proyecto se habían multiplicado en innumerables sub-proyectos; el mundo entero se transformaba en un inmenso laboratorio y campo experimental; los progresos en la medicina, la biología, la investigación farmacológica, la exploración y explotación oceánicas, las industrias químicas; en el ámbito de la física, de las altas matemáticas, la astronomía, la arqueología incluso, etc., etc., parecían no tener límites; las nuevas tecnologías, el láser, las sondas y vehículos espaciales (ya estaba casi concluida la estación espacial internacionasl como plataforma para nuevos y más audaces emprendimientos) sin descuidar por cierto la siempre sumamente rentable industria armamentista presagiaban ya no próximas sino inminentes realidades que ni el mismísimo Dr. Kaf se hubiera permitido soñar en los comienzos.


A fines del decenio de 1990, en vísperas del milenio, el Dr. Kaf murió casi centenario. Con la debida antelación se había procedido a las tareas de laboratorio correspondientes y dentro de poco tendrá lugar la primera clonación. Según sus resultados (se descarta que óptimos) se continuará con una segunda y luego una tercera y así hasta llegar al número ideal porque en realidad Ellos querrían contar con tantos Kaf como fueran necesarios para dirigir -a nivel intermedio- esta colosal y magna empresa y seguir aportando a la misma (ahora multiplicados hasta el vértigo) sus fecundas ideas y lúcidos proyectos. Lo que sin duda se obtendrá en un plazo no demasiado extenso. Mientras tanto en la vasta y soberbia sala de reuniones del Club (mármol, caoba y bronce) en el centro mismo del mantel de la imponente chimenea y desde una preciosa ánfora de plata ("serán ceniza, mas tendrán sentido") el Dr. Kaf continúa tutelando las deliberaciones del exitoso organismo nacido de su inspirado ideal.

Los plazos se han ido cumpliendo rigurosamente y hasta aquí van resultando de acuerdo con lo programado, aun teniendo en cuenta las inevitables interrupciones y los raros fracasos aislados (después de todo todavía es obra humana). Según las previsiones se estima que en breve tiempo los primeros miembros del Club se someterán al tratamiento para detener el proceso de envejecimiento. En una etapa inicial -se hallan ahora entre los 40 y 50 años de edad- se mantendrán inalterados durante unos 120 años, al cabo de los cuales podrán aspirar a una duplicación de ese periodo. Paralelamente se habrán alcanzado sobradamente las condiciones para enviar las primeras colonias interplanetarias. Cuando estén instaladas se cumplirá la última fase del Proyecto: el abandono gradual y definitivo de la Tierra, para entonces transformada en una cáscara vaciada (cada vez más anegada por el aumento del nivel de los mares debido, entre otras cosas, al derretimiento de los hielos polares) habitada por masas retrogradadas y al borde de la extinción reducidas a superficies míseras y estériles.


Cuando haya culminado y se haya revertido la etapa de recalentamiento para dar paso a un mundo deshabitado y glacial, sembrado de volcanes fríos y corrientes inmóviles de lava congelada Ellos regresarán y desplegarán entonces sus inconcebibles medios científicos y tecnológicos creando, en distintos sitios estratégicos, microcosmos autónomos como oasis en los que alumbrarán las formas de vida que hayan decidido conservar. Por hipotético que ahora pueda parecer no deja sin embargo de ser comprensible que desde ya se arroguen la autoría de otro Génesis.




(*)- De mi libro El Bello Sino de Oro, Ed. Alción, Córdoba, Argentina, 2002. págs. 206-211










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jueves, 28 de julio de 2011

El escritor fantasma

Así se denomina en inglés, como todos ignoran y sólo saben los que lo saben a aquellos buenos escritores que trabajan en la sombra de un nombre consagrado (ghost writers). Y hablando de sombra resulta más lapidaria y gráfica todavía la denominación francesa de esta clase de galeotes de las letras porque los llaman nègres. Pero la historia que sigue no está directamente relacionada con esta categoría de moderna esclavitud y explotación sino que simplemente toma prestado ese nombre para, a partir de allí, procurar bosquejar el proceso de una locura, sí, una más y que sin la menor duda quedará anegada en el océano de la insania universal en donde creemos vivir pero que de todos modos se consigna aquí por el puro placer de ir contra la corriente (a modo de ejemplo ilustrativo: el clásico cuadro del náufrago en una isla ignota y solitaria que milagrosamente ha encontrado una botella de vidrio y consigue, tras ímprobos esfuerzos, escribir un mensaje solicitando auxilio. Lo introduce en la botella y lleno de júbilo se dirige hasta la única palmera que hay en la isla y con todas sus fuerzas la estrella contra el tronco. Acto seguido baila como un poseso sobre los añicos).



Y érase que se era una vez, en un país que ya no existe y en un mundo también irreal un escritor. Ya desde pequeñajo le gustaban las letras, el habla y leer y sentía gran admiración por los autores famosos y se empeñaba en conocer sus obras y no hay que olvidar que era así de pequeño aún y sin embargo ya leía a los clásicos y en verdad todo lo que caía en sus manos en forma de material impreso. Y este niño creció, que eso es lo que suponemos sucede con los niños (porque crecer es un término muy ambicioso y en su misma ambición muy equívoco) y se transformó en un adolescente que adolecía de todo menos del amor por la literatura. Y siguió así leyendo y leyendo y un buen día –para su sorpresa, deleite y terror- se sorprendió escribiendo un breve relato. ¡Tan luego él! Claro, el infeliz no sabía ni podía haberlo sabido que el leer no sólo seca los sesos sino que induce fatal, insidiosa e ineluctablemente a escribir. No, no se lee con impunidad y este escritor en ciernes lo aprendió a su costa. ¡Y vaya si fue costa de alto costo! y dejó allí su torturada ánima, que no alma y sus tripas mismas. En efecto escribía durante las noches y leía durante el día y por una y otra penuria no vivía ni supo nunca qué cosa fuera vivir (ni tampoco en esto era muy diferente al resto. Sólo que el resto -como ya se insinuó- cree que vive). Ni se le daba un ardite por eso (lo que resulta comprensible si se tiene en cuenta que, como se acaba de decir, no tenía la más remota noción de lo que se trataba). Y escribía y escribía soñando con las merecidas fama y gloria mundanas y la eternidad literaria que suele serles aneja. Pero tampoco había comprendido aquello que sus venerados autores le decían una y otra vez de manera oracular y/o velada en esas historias tan cautivantes y que era a modo de una advertencia implícita sobre ese arriesgado oficio que recompensaba mal o nada y casi siempre tarde, demasiado tarde. Además, en el caso de este plumífero que ya había publicado algunas cosillas sin mayor trascendencia (salvo para él) el asunto se agravaba de manera perversa por una circunstancia que no habían ni afrontado ni padecido los ilustres (o no) predecesores y que consistía nada menos que en una reñida competencia universal desatada a no dudar por demonios de muy reciente data, novísimo cuño e insondable malignidad. Tampoco, como cabe inferir, se percató de ello y siguió con tesón y rigor ejemplares su formación de lecturas y lecturas y algunas escrituras. Así pasaron algunos años, varios años y después, como suele acontecer, bastantes años (antes de llegar a ser muchos) y todo iba tal como era entonces, en el país de nunca jamás y en un mundo hecho de la tramposa materia de los sueños. Y hete aquí que tras tanto esfuerzo Suetonio Escriba (hay nombres predestinados, sin duda) publicó -¡por fin!- su primera novela. Trémulo y palpitante, más, acezante, esperó el momento de su consagración. Sí, vaya que esperó. Y esperó. Y todavía seguiría esperando. En verdad el escupitajo de un grajo (no sé si escupen pero me gustó la rima áspera de ambos nombres) en la mar océana hubiera sido de más momento que la novela de este cuitado héroe titulada: “De cómo Aquiles no murió debido a su talón traspasado sino por haberse atosigado con setas –como Claudio- agravado el cuadro clínico por una oclusión intestinal y cuando ya había cumplido los noventa y ocho años de edad” y ambientada con un esmerado cuidado y una prodigiosa erudición que pasaron tan inadvertidas como todo el resto. Despechado y ya olfateando que algo no estaba bien en su composición de las cosas y su interpretación del mundo Suetonio se dedicó a examinar con mayor atención su propio entorno. Y aquí –poco a poco y paso a paso (era un tanto tardo) llegó a comprender al cabo la perversa jugarreta que le había gastado el destino. Porque, como se dijo antes, había varias circunstancias y una en particular que eran de todo punto inéditas y que ninguno de los grandes (ni de los medianos ni de los menores ni de los más, que ni rastro han dejado) de antaño había tenido que confrontar. Y esta especie de hada Carabosse, de tan siniestra influencia a la hora de inclinarse sobre la cuna de Suetonio, no era sino un artilugio llamado computadora (u ordenador) y gracias al cual en esos días todo el mundo, pero lo que se dice todo el mundo, escribía. Y a tal punto que escribían los ciegos, los paralíticos, los sin manos, los campesinos, los analfabetos, los niños, los decrépitos y hasta los muertos y nonatos! Qué escribieran importaba poco; todos, sin excepción, tenían algo que decir y en general (y en particular) eran sartas y sartas de estupideces y de inepcias pero las publicaban tan orondos en las así llamadas redes (sí, como las de Pedro pero éstas no atrapaban almas sino la pura oquedad mental de la especie humana y por lo tanto siempre subían vacías) y otros –del mismo nivel intelectual y cultural, claro está- las leían (cuando sabían leer, que no era tan frecuente) y a su vez respondían y aún añadían ingenio y arte de estilo de su propia cosecha. Este escenario apocalíptico ya fue demasiado para el desventurado Suetonio. Con honda amargura se determinó, en un gesto de hidalguía y arrojo supremos, a abandonar las letras. Y ello tanto más porque a lo ya dicho se agregaba, como reza la elegante expresión consagrada, la cereza del postre: todo lo que el mistificado Escriba había aprendido dejando cada neurona y los ojos en sus infinitas y voraces lecturas tampoco valía nada porque ahora cualquier tierno infante desde su propia cuna o la centenaria abuela desde su mecedora , ambos con sus laptop, accedían a la misma información y adornaban y sazonaban sus escritos con citas y referencias ya no cultas sino tan crípticas que ni el mismísimo Góngora hubiera osado delirar conocer y mucho menos emplear. Poco importaba (como todo el resto, valga la reiteración) que muchas veces, sí, muchas veces –acaso demasiadas- dichas citas y referencias carecieran de fundamento, no hubieran sido debidamente verificadas o se tratara de auténticos dislates; como prácticamente todo el mundo se hallaba a un nivel de conocimiento y cultura equiparables a nadie se le daban tres higos por ello y allá era todo citar a Platón y Heráclito o a Leibniz o a quien fuera, que para el caso daba igual. Así pues, volviendo: Suetonio renunció a las letras pero por descontado eso tampoco tuvo el efecto previsto: nadie, absolutamente nadie se dio por enterado. Y entonces, habiendo sorbido el cáliz hasta las heces, el desdichado escritor al que nadie había leído (porque es muy de presumir que ni su editor, a quien sólo le interesó cobrar la costosa y abultada edición de la enciclopédica novela histórica se había siquiera notificado ya no del tema sino del título y en lo que atañe a los pocos, muy pocos que antes le habían publicado en revistas y semanarios algunos poemas y textos sin mayor enjundia que tampoco nadie había leído se habían enterado a su vez de la renuncia de Suetonio ni del abortado parto de su novela ni de nada por la sencilla razón de que ya habían desaparecido, largo tiempo hacía, del panorama literario: muertos o acabando sus desastradas vidas en tabernas de mala nota como copias caricaturescas de Poe) y que, en consecuencia, puede con toda propiedad ser tildado de escritor fantasma comenzó en su hórrida buhardilla balzaciana a amontonar sus innumerables libros y libracos, de mayor a menor, como una enorme columna que alcanzó al cabo las vigas del ennegrecido y dickensiano techo; acto seguido y con ayuda de una sólida cuerda izó hasta la cima un pesado y capaz recipiente de querosene y munido de fósforos trepó penosamente hasta el último libro sobre el cual, haciendo equilibrio, se pasó la soga al cuello, encendió un fósforo, pegó candela al conjunto tras haberlo rociado generosamente y de una patada derrumbó el tramo de libros que lo sostenían y quedó colgando así, en un bailoteo grotesco y con la lengua afuera y las llamas consumiéndolo junto con todo lo demás. Pero cabe señalar, por mor (y, ya se dijo, tardío reconocimiento) de su memoria, que la lengua afuera no era en realidad un efecto del cuello descoyuntado: al parecer, el gesto fue intencional y significaba: “Al carajo con la literatura, con el mundo y sobre todo con las computadoras!”. Al menos así lo entendieron sus coetáneos (basándose en el testimonio de algunos vecinos que presenciaron los últimos instantes del drama) y eso es lo que reza la lápida que en el cementerio (en tierra no consagrada, faltaría más) de la ciudad irreal del país de nunca jamás se colocó sobre su tumba. Lo que, bien mirado, no deja de ser paradójico porque ¿para qué una tumba para un escritor fantasma?