lunes, 12 de julio de 2010

H.A.Murena o la versión contemporánea del eterno retorno


Entre las lecturas –o libros- inexplicablemente dejados “en suspenso” durante tantos años (aunque se intenta un conato de explicación en El tiempo de los libros) están los de H.A. Murena, escritor y pensador notable además de poeta igualmente notable. Pero aquí, quiero decir en su caso, no soy por cierto el único que ha incurrido en pecado de lesa dilación; no sé por qué, si no es ya por esas arbitrarias modas de la literatura, este autor ha sido no diría olvidado pero sí en términos generales postergado y relegado. Cuando estaba en su mejor momento, cuando El pecado original de América era un texto difundido, debatido y lo que hoy se llamaría un best seller (entonces también, sólo que ése no era todavía el principal parámetro de valoración) me resistí a leerlo justamente por eso: por estar de moda y por estar yo en contra, por principio, de todo diktat cultural (por lo cual siempre he ignorado sistemáticamente los best-sellers, por supuesto sin perjuicio de leerlos mucho después habiendo dado lugar a la prueba del tiempo –así se trate de un periodo relativamente modesto- para apreciar entonces cómo una vez extraídos del ruido y del furor ganan o pierden sustancialmente). Hecha esta salvedad liminar procuraré comunicar simplemente mis impresiones sobre la obra de Murena y las primeras se refieren a esa novela excepcional en más de un concepto titulada La fatalidad de los cuerpos.


“También allí, en ese último refugio que era su carne, se había infiltrado la irrealidad". (1)



Y que es nada más ni nada menos que el intento de una formulación de la ausencia de la vida, es decir, de esa vida que se cree vivir mientras se está esperando siempre otra cosa (y esa otra cosa es siempre y obviamente la no-vida o la muerte pero no es la que creemos así como nuestra vida no es tampoco la que creemos vivir). Desde este ángulo no es posible sustraerse a la evocación del Thomas Mann de La montaña mágica; en efecto, hay una similitud notoria de “climas” y en ambas obras los personajes son secundarios, casi podría decirse que meros soportes o pretextos para una elaboración muy personal y agónica de una intelección (el término es, desde luego, excesivo: más bien un enfoque aproximativo) del devenir existencial, que al cabo lo es todo menos devenir y existencial porque la única certidumbre a la que se llega en ambas obras (acaso la única a la que puede llegarse, comprendida la historia íntegra de la elucubración metafísica y de sus variantes o, lo que es lo mismo, de sus fracasos) es que, justamente, no existe la menor certeza sobre nada que no sea en definitiva la disolución y la trampa; la trampa en que se cae una y otra vez al pretender o suponer que se entiende lo que nos va sucediendo: es decir ese supuesto “devenir” según una concepción prefabricada que se revela a la postre, como era dable esperar, totalmente falsa y, peor aún, totalmente inútil. Pero el talento de Murena para ir creando ese clima, clima banal e insignificante en que está inmersa toda vida pero que perversa e irónicamente para esa vida lo es todo, es en verdad innegable.



“Así era: no por vejez, no por enfermedad, no por mera deducción lógica del curso mortal de la naturaleza, sino por una inexplicable irrupción, indicando al fin que la salud no había querido decir vida ni la enfermedad muerte, que el supuesto pecado no había sido agravante ni la supuesta virtud atenuante.” (2).



Esta novela notable abunda en aciertos y reflexiones profundas. En particular: cómo la vida y la muerte parecen ponerse de acuerdo en el cerco que se va estrechando en torno a Alejandro, cómo éste intenta huir, cómo finalmente muere pero de la forma más inesperada (por un tonto traspié al bajar del subte) cuando ya se aprontaba a inaugurar otra etapa en su existencia. Como si todo el juego previo sólo hubiera sido concebido y elaborado para desorientarlo (o el sinsentido fundamental de todo). Y en ese escenario del absurdo sobresale la escena más lograda y que acaba de conferir su “sentido” esencial a la obra, aquélla en que Max, el perrito abandonado, va corriendo detrás del tranvía, ladrando hasta el agotamiento. O la representación patética de la vida fiel que uno mismo aparta de sí en un acto tan egoísta como inconsciente y sobre todo irreparable. Y del que, huelga decirlo, muy pronto se paga con usura el precio.

Siendo ésta la novela de un poeta y ensayista no podía estar ausente una meditación detenida sobre el destino (ya se dijo que la obra entera es un interrogante a ese respecto) pero también de índole sociológica, histórica y política, vgr.: “Se reían. Porque la astucia abre un abismo de falsedad en el mundo, y ese abismo, al cabo de días o de años, lejos o cerca de quienes lo han abierto, tiene que ser llenado con sangre humana” (3) y todavía de manera más enfática en el siguiente periodo que contiene una muy ajustada y ya distanciada visión de las estructuras de poder que el hombre, desde siempre, no ha cesado de crear para su propia pérdida y condena, visión muy propia del autor de El pecado original de América pero más aún del que hacia el final de su vida escribe ese irreverente y subversivo testamento: Folisofía: “Pero uno sigue estando protegido, por supuesto, las leyes siguen siendo escritas en los papeles. Y de un día para otro las monedas bajan, suben, los productos escasean, abundan. Todo para proteger el juego de la sistematización destinado a proteger a todos. Claro que primero está el juego para proteger y sólo después los protegidos. En realidad ¿qué importan los protegidos? Lo interesante es que marche bien el sistema que los protege” (4). En cuanto al ensayo –ya se volverá luego a la narrativa con el último título mencionado- es una indagación tan original como el pecado al que se alude; acaso el reparo mayor que se le pueda hacer se relacione con esa suerte de resolución desde una perspectiva más que religiosa ya casi mística, una teología personal basada en el eje Cristo-Dios (y curiosamente mecanicista y para nada teleológica) y que hace muy difícil seguir (seguir por adherir) a Murena por tal camino; de todos modos es incuestionable que sus referencias y meditaciones son más que valiosas ya insoslayables para una mejor comprensión del ser y la trayectoria comunes americanos, aun cuando prácticamente se centran –y ésta es una de las objeciones que se le hicieron- en el caso argentino. A partir de Poe como figura arquetípica de lo no europeo, del descastado por excelencia se va construyendo una interpretación de la creación literaria y cultural y luego histórica en tanto que empresa acometida desde el exilio, esto es, desde la colonización cultural europea pero sin el reconocimiento de ese origen, vale decir europeos trasplantados que ya no son europeos pero tampoco son naturales de sus nuevos territorios y en resumidas cuentas su desarraigo es total; Poe sería entonces el primero que percibe y expresa abiertamente esa orfandad y que escribe su obra a partir de esa constatación (5). Así el pecado original de América sería como una segunda versión del pecado original bíblico, duplicado en América por la inexistencia de una tradición civilizadora, más aún, cultural y equivalente en la ocurrencia y como ya se dijo a la tradición religiosa.


“Como esperanza que se ha decidido que sea, América está mantenida en espera al borde de la vida. Lo terrible es que esta espera se realiza, que esta falta de vida vive” (6).


Es evidente que el autor al hacer su diagnóstico –por lo demás acertado y que conforme va pasando el tiempo se puede seguir suscribiendo sin reservas- necesita a toda costa oponer algo al materialismo grosero y excluyente que denuncia y ve la salvación en esos valores religiosos que acabamos de señalar pero si es innegable que estas sociedades (con alguna excepción: Estados Unidos pero llevaría demasiado analizarla en este marco; baste apuntar por ahora la singular condición del puritanismo y la condición todavía más singular de la sociedad anglosajona que hace del comercio y el dinero un auténtico credo en modo alguno paralelo sino inserto en el dogma oficial y como principal artículo de fe: representación gráfica y sin duda parcial pero reveladora el lema en el billete del dólar In God we trust) ya nacieron vaciadas de contenidos axiológicos también es cierto que la salida eventual deberá depender de otras variables, amén de ésta propugnada aquí y tantas otras de breve existencia y resultados aún más magros (ni las europeizantes ni las revolucionarias de diversa ideología y metodología ni mucho menos las que reivindican legados precolombinos sumiéndose en un anacronismo quietista por mencionar sólo algunas) variables que en vida de Murena no se vislumbraban ni tampoco hoy por cierto pero que habrán de depender obvia y necesariamente no sólo de las condiciones y el talento sino de las circunstancias tanto externas como internas y de los avatares y cambios temporales; en una palabra, habiendo fracasado hasta ahora todas las posibilidades y experiencias –incluso la religiosa- la vía de la recuperación sigue todavía tan cerrada como ignota. El periodo que se cita a continuación ilustra lo que se ha venido diciendo y es una exposición meridiana del pensamiento de Murena: “Esta idea es producto directo del cansancio histórico del alma occidental y sus consecuencias están a la vista. América es el campo del mundo en el que se puede vivir sin espíritu, en el que el espíritu es una demencia, en el que se ha convenido que todo el esfuerzo humano debe limitarse a lo económico o sea al mínimo necesario para la subsistencia. De este mínimo –como tenía que ser- se ha hecho el máximo y el cuadro de valores que rige la existencia de las sociedades americanas es en su totalidad, aunque se pretende encubrirlo, de índole económica. América es un mundo en el que se está realizando la infernal experiencia de vivir el desatinado sueño de un continente fatigado, harto de la vida” (7).

Se examinan a continuación las obras de Hawthorne y Melville y después las de Horacio Quiroga, Martínez Estrada, Roberto Arlt, Florencio Sánchez, Borges, Marechal y Mallea, entre otros y desde luego también las de algunos norteamericanos contemporáneos tras pasar revista a los exiliados europeos como Rimbaud. En resumen y como ya se anticipó este ensayo tiene hoy tanta vigencia como en su momento y conviene tenerlo muy en cuenta, sea cual sea la visión de la que se parta, por su aporte considerable en los enfoques, las ideas y la investigación. Resulta curioso cotejar la cita con la que se cierra este apartado con las anteriores porque aquí Murena cede (o tal vez más simplemente permite que se exprese) a una verificación no tanto desesperanzada cuanto realista, realista desde una dimensión histórica y como tal absolutamente incontrastable y que bien mirado y después de todo no está muy lejos de la noción arcaica del mito del eterno retorno (la repetición infinita y la inanidad infinita de los ciclos): “Cada visión del acaecer tiene así su relativa validez, sirve para regir a los hombres durante cierto tiempo, pero al fin se revela como inexacta y debe ser sustituida por otra: por esa ignorancia del sentido último de sus propios actos se ven los hombres condenados a destruir y rehacer constantemente la crónica de la humanidad, condenados a la íntima persuasión de que también la última es errónea y tendrá que ser reemplazada” (8).


. Nadine Gordimer decía que había que escribir como si uno ya hubiera muerto y pocos habrán llevado a la práctica y al pie de la letra semejante fórmula como Murena en Folisofía, título que deriva del francés folie: locura, término que también existe en otras lenguas como el inglés y el italiano y la intención es obvia con el añadido de sofía: sabiduría o sea una perfecta contradicción que remeda desde la irrisión a la filosofía. A partir pues del título mismo se instaura un clima de mofa, más, de escarnio e irreverencia proclamando a voces que la obra es subversiva pero subversiva de una manera demoledora; nada se salva ni se deja en pie empezando por el lenguaje mismo que se descompone y corrompe (en un proceso acelerado e intencional que es réplica del otro decantado por el tiempo social e histórico) hasta las instituciones bases de la sociedad y por supuesto el mismo ser humano despojado de toda complacencia e idealismo y expuesto en toda su grotesca y detestable naturaleza. Sí, es la obra implacable y corrosiva de alguien que está muriendo pero que escribe como si ya hubiera muerto. La impresión dominante es que se ha cumplido un ciclo (para retomar la noción anterior) con todo lo que eso entraña de irrevocable y en consecuencia de aquel Murena otrora razonable e idealista no ha quedado nada; ha sido reemplazado por, justamente, uno de esos exiliados mencionados supra pero en versión extremada: no extrañado de la cultura ni de ninguna otra frontera humana sino de la vida misma. Ciertamente todavía le queda el humor pero este humor no es aquel que rescata sino el que está cargado de vitriolo, es un humor revulsivo cuya sola función consiste en contribuir a la ahora obsesiva empresa iconoclasta. Y se sirve para ello de un recurso eficaz: nada menos que la recuperación de la picaresca española en su vertiente más cruda pero que es la que subyace en y que conforma efectivamente el sustrato del lenguaje. Consciente de ello Murena no sólo la exhuma sino que la reinventa. El resultado, como es fácil prever, primero es desconcertante y después francamente perturbador; a guisa de ejemplo: “Como con ternesa y sonrisilla y carisia y arrullo, mas inesorables, parloteando y tirando y golpeteando y retorsiendo, iban las mojieres dejando a los hommes en el adentro vacíos y luego, igualitos a los que fueran ¡marchaban por el mundo embalasamados y peremidos!” (9). El legado del dialecto de Picardía se explana en algún momento pero esa precisión se escamotea en el juego (mester de joglaría) reiterado y potenciado de la befa y el humor, como otra vuelta de tuerca: “¿Sabéis en cuánto tiempo se emparejó con ese idioma hispánico para ella desconocido? En dos semanas: al mes sonaba como refranero vivo. Al año, disionario de utoridades” (10). En la misma página sigue la desopilante descripción de la madre que recuerda desde luego a la que hace Cervantes de Maritornes, sólo que aquí se cargan mucho más las tintas y donde en Cervantes hay una mirada compasiva y simpática detrás de la risa en Murena la intención es feroz, despiadada y, hay que reconocerlo, no menos efectista. Esa mescolanza idiomática, esa especie de cocoliche que imita el argot (hay también trazos del lunfardo) es sin duda un instrumento idóneo aunque al final concluye por perder de vista su objetivo en la reiteración un tanto abrumadora y por fuerza debilitada en su invención y eficacia. Y en otro orden no puede pasarse por alto el auténtico leit-motiv y como tal recurrente: la obsesión por el otro en uno, es decir, el doble. La proyección no formulada pero que permanece en cada uno desde el principio hasta el fin como compañía no deseada y que como tal alimenta una vida solapada y en sordina cuyo poder y alcances jamás se llegarán a conocer a ciencia cierta; Murena expone esta condición de un modo tan gráfico y eficaz como ejemplar y en este aspecto no hace sino seguir una tradición añeja pero desde un sesgo y con un toque personal y valiéndose de un hallazgo más que feliz, a saber: contar simplemente la intrusión del doble y la urgencia de evadirlo exactamente como un cuento, esto es, narrarlo desde una situación física y palpable: “Estonce, en llegando la jornada que yo me sabiba e él inoraba por compeleto, aspeté a que los síntomas por junto indicásenme que el intruso esestente hallárase destraído e más bien llevado a calquequier otra parte. Y en el menuto esato en que ello acómplese sálgame yo coal rayo partido con ventaja en la toromenta e córrome e córrome a me esconder en un cuartucho escuro donde me encerro” (11). Evidentemente el “cuartucho escuro” representa la sede supuesta de la personalidad o la plataforma desde la que se va erigiendo el que creemos el yo: guarida tan ilusoria como lo que pretende esconder o proteger –el otro siempre termina por hallar a ese yo oculto y el drama repetido una y mil veces consiste en que nunca se sabe ni se puede llegar a saber cuál de ambos es el intruso y cuál el ocupante legítimo. Y para decirlo todo ni siquiera se puede estar seguro de que ambos no sean un fraude tan ilusorio como ficticio. En este dilema, el mayor y más agónico y tanto más para aquel que enfrenta el cierre de paréntesis que es el morir todo recurso vale, es legítimo (ya se sabe, en la guerra como en el amor…y sus reflejos especulares en la vida y la muerte) y se echa mano entonces de lo sicalíptico (la sombra de Sade) y lo escatológico en sus dos acepciones, lo que está más allá de lo humano (el mundo de ultratumba) y lo que está más acá (lo excrementicio o sea lo humano por excelencia): “Clar que érase que bajo la másquera yo disparecía. E disparcido liberábame de la esestensia vile et aleve que tortorábame e con la que recordáis forxado conciliéme. Y en más, oh miráculo soave, líbire que era de la esestensia, contrábame de vuelta con el antigo sere anterior de mí mesmo. Ansí desesestido pero siente, contempelábame en el especo et con vere la mi aria folminante sentíuame inorme, osoluto, un Deus” (12). Sí, despojado del yo y devuelto al yo subyacente y mísero afligido de sí mismo sólo se puede optar por la última pirueta: confundirse (elegir confundirse, como el acróbata elige el salto mortal sin red consciente de la temeridad absurda de su bravata y sin embargo preso de su lógica demente) con dios, un dios risible, patético, que debe asumir ya mismo, apenas enunciado, su disolución. Murena ha hecho su último esfuerzo, lúcido y señero (en sus dos sentidos: solitario y excepcional) y con Folisofía se despide dejándonos un mensaje equívoco (el único posible, por lo demás) que nos dice nada y nos dice todo: la mueca de un payaso conmovedor que se cree dios; la mueca de un dios que desde su imposible trascendencia se ve condenado a fundirse y confundirse con la máscara tragicómica que remeda el rostro humano.





(1)- H.A. Murena- La fatalidad de los cuerpos- Monte Avila Editores, Caracas, 1975. pág. 56.
(2)- H.A. Murena- La fatalidad…pág. 285.
(3)- H.A. Murena- La fatalidad…pág. 144.
(4)- H.A. Murena- La fatalidad…pág. 203.
(5)- “Porque con Poe se anuncia por primera vez en Europa una voluntad real de aniquilamiento en nombre de la salvación del alma”. El pecado original de América, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1965, pág.26.
(6)- H.A. Murena- El pecado…pág.49.
(7)- H.A. Murena- El pecado... pág. 47.
(8)- H.A Murena- El pecado… pág. 162.
(9)- H.A. Murena –Folisofía- Monte Avila Editores, Caracas, 1976 –pág. 18.
(10)- H.A. Murena –Folisofía, pág. 9.
(11)- H.A. Murena –Folisofía, pág. 31.
(12)- H.A. Murena- Folisofía, pág. 85.













domingo, 13 de junio de 2010

De pelotas y naufragios


En la película Náufrago (2.000) el actor Tom Hanks (extraordinario, como casi siempre) queda varado en una isla desierta. Con mucho ingenio y harta penuria logra sobrevivir y entre las cosas que ha podido rescatar del mar se encuentra una pelota, una pelota de fútbol u otro deporte -no lo recuerdo y es irrelevante- pero más o menos de esas dimensiones. En un momento dado pinta o tiñe parte de esa pelota blanca con su propia sangre (no, no es un abstruso rito iniciático sino una simple herida accidental) y dibuja en ella un rostro o apenas el esbozo grosero de un rostro. La (o lo) bautiza Wilson y hace de él su interlocutor: la analogía es evidente, otro Viernes pero no humano, mudo y estático. Pasan cuatro años y durante el transcurso de ese periodo se nos va mostrando por distintos medios la transferencia progresiva: por ejemplo en un acceso de cólera –imaginando un desacuerdo- el náufrago arroja la pelota fuera de la cueva y un momento después sale desesperado a buscarla, en plena noche, gritando “Wilson, Wilson” y pidiéndole perdón. Prosigue la historia con sus distintas peripecias hasta que logra construir una balsa rudimentaria y sortear el escollo de los rompientes en los arrecifes abandonando la isla y quedando a la deriva en alta mar. Y así pasan los días hasta una ocasión en que, exhausto de remar y de semejante travesía, queda profundamente dormido. Y Wilson se desprende del soporte donde estaba precariamente sujeto y se va flotando, llevado por las aguas. Cuando despierta el náufrago nota de inmediato la ausencia y lo descubre, muy lejos, por encima de las olas. Sin dudarlo un instante se lanza al mar, da unas brazadas, recapacita, vuelve a la balsa a buscar una cuerda que le permita seguir unido a ella y nada desesperado tras el inalcanzable Wilson al que no puede recuperar porque la cuerda no es lo bastante larga y sollozando, sumido en la desesperación le grita también ahora que lo perdone, que lo siente, que no puede más. Vuelve a bordo y se tiende sacudido por el llanto y el dolor. Después –no se sabe cuánto después- un buque lo rescatará y la película sigue con otro derrotero que aquí ya no hace al caso porque lo que realmente importaba era volver a subrayar lo que ya está destacado en el filme y que es su verdadero núcleo: la necesidad absoluta de comunicación del ser humano y, por ende, de compañía. Ciertamente se podría plantear el interrogante siguiente a modo de ejercicio especulativo: si no hubiera habido la pelota ¿habría establecido esa relación con una roca o una rama o un cangrejo? Y la respuesta es no y es no por la simple y obvia razón de que la pelota es una creación humana, viene de lo humano y por eso puede (llegar a) ser el soporte del vínculo o elemento mediador del ser a sí mismo, un soliloquio reenviado que se decide interpretar como diálogo (*). Porque lo que aquí subyace, no explícito, es el terror cerval a perder el habla que, con la estación vertical, es lo que diferencia al ser humano y esa pérdida significaría lisa y llanamente la regresión a un estado ya inconcebible para la especie pero sin duda todavía oscuramente vigente en su memoria genética y ancestral. Así pues Wilson se convierte en el pretexto para hablar, para seguir recordando y practicando el lenguaje. Pero también en la ilusión de una compañía merced a la misma mecánica que ha llevado al hombre a crear a los dioses, en su desamparo y solo y desvalido como estaba ante el cosmos, ajeno y hostil. Por lo tanto el náufrago está a un paso, apenas a un paso de un retorno al animismo (la adoración de los elementos naturales entendidos como pares protectores en la travesía común) sólo que no acaba de franquearlo por dos motivos: carece de la inmediatez psíquica y física (espiritual también desde luego) que le permitiría establecer semejante contacto con la naturaleza habituado (programado) como está culturalmente a la idea excluyente de someterla y hacerla servir a sus fines y segundo, el ya apuntado, porque cuenta con un objeto que pertenece a su ámbito cultural, que le es, éste sí, inmediatamente familiar y casi podría decirse consubstancial y por ende tanto más apto para fundar una “comunicación” susceptible de no ser percibida como, justamente, lo que es: un monólogo lindando en el delirio y dictado por la adicción enfermiza al otro y su evidente consecuencia directa: el rechazo absoluto a la soledad. En efecto, nuestra sociedad y particularmente nuestra época nos han enajenado la soledad, nos han hecho dependientes totales del otro o, más bien (y esto es lo verdaderamente perverso) de la ilusión del otro. Por eso Wilson puede asumir un papel para el que a todas luces y huelga decirlo no ha sido concebido. Y esa atribución falaz no es en modo alguno privativa de la tesis de la película, más bien se la podría considerar como una derivación parcial de otra infinitamente más falsa y nefasta: el lugar que la pelota asume como tótem (sí, ya en calidad de agente) en un mundo no sólo desacralizado sino lo que es mucho más siniestro desespiritualizado, vaciado de sus valores esenciales y del único objetivo digno de la especie en su conjunto, a saber la superación paulatina y progresiva de su propia animalidad. No estaba de más enfatizar esa noción, tal vez algo manida pero que adquiere, en un contexto socio-histórico como el presente, una dimensión todavía más acusada: un momento o época en que la verdadera finalidad de Wilson se ha desvirtuado y convertido en otra enfermedad tan ubicua como patética; la dependencia de otra ilusión, llamada fútbol (habiendo fracasado el malhadado intento hispanizante del balompié), en algún lejano y nebuloso periodo deporte y hoy práctica sórdida y puramente comercial que apela, sobre todo en ocasiones magnas (como la actual Sudáfrica) a la más nauseabunda y mefítica demagogia asistida invariablemente con los golpes más bajos de la más zafia patriotería y un remedo grotesco de la antigua lealtad al clan (otra vez lo tribal). Y sirva como colofón la exposición nada novedosa tampoco de esta otra realidad frente a aquélla: en un país como éste que se auto-designa católico (y acaso sí lo haya sido, a su modo y en algunas épocas) e impone ese credo como el oficial son muchos los ateos, agnósticos o cristianos de otras iglesias o los que profesan otra religiones: ¿por qué deben costear con sus impuestos a la Iglesia católica, pagar sueldos a sus curas y monjas y hasta desvaríos tales como el que se paga (en grado de general o generala) a la Virgen de la Merced en su advocación eminentemente guerrera de patrona del Ejército argentino? Y esto no es más que la punta del iceberg. Pues con el deporte mencionado sucede lo mismo; desde una concepción absolutamente fascista y autoritaria se decide que todo el mundo participa y debe participar (y por ello se entiende obviamente sufragar) de este naufragio no ya de la razón sino del más elemental sentido común y por ende se le destinan de modo discrecional recursos sustanciales (aparte de los propios, propios de toda mafia exitosa) que mejor servirían para tantos otros fines urgentes y esenciales y –lógicamente- siempre dilatados y postergados.


Así pues estamos ante dos (de las múltiples) funciones de la pelota; en ambas se trata de un vehículo de transferencia pero con significado muy diferente. No deja de ser revelador, ya para concluir, el dictamen popular, como una especie de recóndita conciencia de su propia representación –para nada lucida- en el asunto y que ha inventado y sancionado por el uso un derivado de ese sustantivo cuya trayectoria y fortuna nos exime de mayores comentarios: "Pelotudo,a: adj. y n. Argent., Par. y Urug., Vulg.: estúpido, imbécil." (Pequeño Larousse).


(*)-Ahora bien Michel Tournier, el notable novelista francés, al abordar el mismo tema (en Vendredi ou les limbes du Pacifique - Viernes o los limbos del Pacífico) plantea la teoría opuesta: Robinson está o queda finalmente enamorado de la isla, de la isla misma e incluso en un sentido físico; la siente como una inmensa hembra que lo ha acogido en su seno. Y desde luego la isla no es producto del ingenio humano pero tampoco puede pasarse por alto el hecho fundamental de que la obra de Tournier contiene un marcado sesgo metafísico y por lo tanto su protagonista participa de una mística que no es ni puede ser ajena al erotismo en su más estricto sentido. Estamos, por consiguiente, ante un gráfico de dos visiones diversas de concebir el mundo: una que incide en el afán de trascendencia y la otra, más terre-à-terre que se centra en determinadas necesidades inmediatas y, como en este caso, más que primitivas netamente animales









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lunes, 7 de junio de 2010

El patito feo





Érase una vez un patito, negro y distinto a los demás. Por querer a toda costa parecerse a ellos no llegó nunca a ser cisne. Peor aún, no llegó nunca a darse cuenta de que ya era un cisne: más bello, talentoso y magnífico que sus supuestos hermanos. Cuando murió algún inspirado bardo popular inventó por él la después proverbial expresión “el canto del cisne”, es decir la más conmovedora y espléndida despedida.





Su generación lo conoció como Michael Jackson.























martes, 11 de mayo de 2010

De la mística: Tertuliano


Entre tantas lecturas postergadas a las que hago alusión en El tiempo de los libros estaba la de Tertuliano, de quien había leído allá lejos y hace tiempo un par de obras menores (y recuerdo que entonces las había pareado con la de Anselmo (1)). No se trata de que sienta ninguna predilección particular por los tratados de teología, más bien lo contrario, me parecen soporíferos y ello quizá debido a mi desmesurada afición por la poesía mística (San Juan de la Cruz en primerísimo término, Fray Luis de León y Teresa de Avila y Catalina de Siena en esa órbita) que es también un tratado de teología pero en un orden inconmensurablemente más elevado y espiritual. Tertuliano es un caso aparte, tal vez por esa pasión que en ocasiones lo pone más cerca de los poetas que de los teólogos. Y ya es mucho decir si se tiene en cuenta que fue abogado (en efecto, la abogacía, junto con todo el cuerpo del derecho, es una de las peores lacras que nos ha legado el Imperio romano) y que, como tal, aboga sin desmayo y a punto tal que exaspera reiterando argumentos y seudo-argumentos. Pero cuando olvida por un momento su deformación profesional este cartaginés convertido (siglos II-III d.C.) se vuelve interesante y en más de un aspecto: el histórico, desde luego, por la serie de datos que transmite sobre su sociedad y su época (*) pero también el filosófico y desde luego el literario. Y asimismo el poético, aunque semejante atributivo pueda parecer a primera vista fuera de lugar pero es que esa pasión a la que se aludía lo eleva a veces más allá del ámbito en el que él cree moverse siempre: el de la razón discursiva. Prueba concluyente -entre otros ejemplos- es su conocida expresión (cito el párrafo para no desvincularlo del contexto): “Y el hijo de Dios murió, lo cual es inmediatamente creíble porque es absurdo. Y después de enterrado se levantó de nuevo, lo cual es seguro porque es imposible”. (De carne Christi). Otras versiones sustituyen imposible por ridículo pero sin duda es más pertinente la primera. Este solo periodo es ya un poema místico –contiene la impronta de esa enajenación tan sui generis- pero desde luego sólo se lo puede comentar en el mismo plano en que se expresa, esto es, como una suerte de silogismo por el absurdo. También es atípico Tertuliano por otras características; no perteneció nunca a la iglesia propiamente dicha sino que fue montanista, es decir miembro de la secta de Montán (2) y después fundó su propia corriente: los tertulianistas. Cuando murió seguía apartado de la iglesia “ortodoxa” que sin embargo y por supuesto lo “recuperó” después haciendo de él uno de los padres apologistas. Y asimismo hay que señalar que aunque era sacerdote estaba casado, de lo que existen pruebas irrefutables -San Jerónimo-y sobre todo su propio tratado A su esposa en el que se declara partidario de la monogamia y la castidad y prohíbe a su mujer que vuelva a casarse si quedara viuda pero aquí corresponde precisar que el celibato eclesiástico se instituyó mucho después de la época de Tertuliano. Ahora, tras haber delineado someramente el personaje, volvamos a lo anterior, a la frase citada: se trata en verdad de un curioso juego de malabares mental en el que se está escamoteando no sólo el tan cacareado raciocinio sino el más elemental sentido común y se opta, con una total y desenvuelta prescindencia de toda otra consideración por el más puro y simple voluntarismo (no como doctrina psicológica, desde luego, sino como voluntarismo voluntarioso): será así porque así yo lo creo y lo quiero. Porque ¿en virtud de qué si el hijo de Dios murió y se sabe que es absurdo eso lo hace inmediatamente creíble? ¿Por qué no creer entonces y con la misma soberbia prescindente en todo lo que él refuta: en los rayos de Júpiter o en el cisne fecundando a Leda o en la lluvia de oro que cae sobre Dánae o, para el caso, en la existencia de todo el panteón romano y antes, de su modelo griego? ¿Puedo pensar que es perfectamente absurdo que Afrodita naciera del semen de Urano y en una concha marina pero lo creo porque justamente es absurdo? No parece muy probable que Tertuliano hubiera admitido este argumento aunque para él (y ulteriormente para la iglesia) sí era válido pero en tanto y en cuanto abonara su propia postura (o falta de sustentación de la misma). Otro tanto cabe para el resto: “y después de enterrado se levantó de nuevo, lo cual es seguro porque es imposible”. O sea: se trata de esto, que no puede ser pero es porque a mí se me antoja y punto. O el fundamento final de la fe que se define, justamente, por la sinrazón y más aún, de ella proclama su legitimidad. Pero hay igualmente otros aspectos que merecen ser tenidos en cuenta; se nos hace más próximo Tertuliano cuando enuncia intuiciones (que sí pueden enunciarse) deslumbrantes: “Si no siendo, fuiste, aunque no seas, serás” (3). Y si parece –y lo es- contradictorio no es menos una síntesis fulgurante del misterio mismo de la existencia en la que ya no importa si se basa o no en la religión; cuando se lo medita un instante se percibe su alcance y sus ecos llegan hasta San Juan de la Cruz. O bien cuando formula (pero de manera menos perentoria) algo muy similar al periodo anteriormente citado: “…pero el que tiene infinita inmensidad que no se alcanza este es Dios, que solamente lo comprende su noticia. La falta de nuestra capacidad para definirle, explica la infinita naturaleza de su ser” (4) y que constituye evidentemente esa piedra angular del edificio teológico que por su propia índole no ha podido ir más lejos ni afirmarse más que en sentido negativo, nuevamente: es así porque no se sabe qué es y por lo tanto es eso y la misma insuficiencia del conocimiento es prueba de ello. Este padre (tardío) de la Iglesia (como doctor tardío fue Juan de Yepes) se ocupó igualmente de los más variados asuntos sin desdeñar ninguno por fútil que fuera anticipándose de este modo a las órdenes, en especial a los jesuitas; así por ejemplo Del atavío de las mujeres, donde fustiga las modas, vestidos, adornos y costumbres femeninas resaltando una vez más que deben ser recatadas y modestas. O los opúsculos Del alma, A los pueblos, A Escapula escrito contra el procónsul de Africa y su persecución a los cristianos lo que es en él un tema recurrente y obsesivo ya que, como es bien sabido, es el de su obra principal y más conspicua Apología del cristianismo que lleva el subtítulo: Apología contra los gentiles en defensa de los cristianos (la edición que tenemos data de 1943 todavía con la debida censura). Y ya como conclusión de esta breve semblanza de Tertuliano sirva esta última cita tan sucinta como esclarecedora que no sólo restituye un atisbo de lo que fue la iglesia primitiva sino que condensa –como un motto- la mística (o comunicación directa del hombre con Dios) de su credo y su pasión: “nuestra cena con su nombre se acredita. Llámase en griego ágape, que significa caridad”. (5).







(1)- San Anselmo – La razón y la fe- Editorial Yerba Buena, La Plata, 1945.
(2)- M. Menéndez y Pelayo se ocupa con su tan erudita parcialidad de esta secta al tratar de los priscilianos en su célebre Historia de los heterodoxos españoles, 10 volúmenes, vol. II, págs. 129-132; Emecé Editores, Buenos Aires, 1945.
(3)- Tertuliano- – Apología del cristianismo- (Apología contra los gentiles en defensa de los cristianos).- Editora Cultural, Buenos Aires, 1943; pág.190.
(4)- Tertuliano –op.cit., pág. 88.
(5)- ibid. pág. 160.
(*)- como ejemplo: “La ley que mandaba despedazar a los deudores duró más de 500 años en Roma, porque el año 630 de su fundación Papirio Mujelano y Gayo Petelio Cónsules conmutaron la pena capital en la cesión vergonzosa.” (cesión vergonzosa era la incautación de los bienes del deudor por la justicia). - nota a pie de pág. pág.41 de Apología….









martes, 4 de mayo de 2010

La Argentina malograda

De este suelo, un día nación, hoy mero territorio. O de las promesas agostadas en agraz. Siempre. Con una muy extraña pero infalible facultad para desaprovechar todas las oportunidades, peor, para ni siquiera percibirlas. De los tres íconos mayores, proyecciones en la memoria universal e indiscutibles (aunque sí discutidos, cada uno a su modo y sabor): Gardel, Eva Perón y el Che Guevara, todos murieron en la flor de la edad, todos cuando aún faltaba lo mejor y lo mayor por hacer y de las más variadas maneras: accidente aéreo, cáncer, asesinato camuflado. Y antes que ellos siempre los mejores segados y obviamente los peores que se enseñorean y rigen y es éste su país; desde Castelli, Moreno o Belgrano hasta los que terminan fuera, excluídos: San Martín, Rosas. Pero de entre los peores surge de pronto el prodigio de Borges, verdadera anomalía por su origen pero que no alcanza para romper ese círculo de hierro: tras el Nobel sin obtenerlo (en realidad un Nobel sin Nobel, un país sin país, una sociedad sin sociedad, un Estado sin Estado, etc., etc.). Todos tan argentinos en su sino malogrado: todos sin ver la realidad o combatiéndola, que es otro modo de no verla y con el único resultado de acabar haciendo al cabo el juego de las tenebrosas, grises mentes que nos han conformado, por fin, a su imagen y semejanza.
PS: y país de suicidas y de extrañados: los dos mayores escritores del siglo XX, Borges y Cortázar. El primero en un gesto harto elocuente decide ser enterrado en Ginebra; no se puede ser más explícito en el rechazo y el segundo vivió y murió en su exilio parisino. Y no hay que olvidar tampoco a Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Alejandra Pizarnick. Y fuera ya de las letras si se lee (o relee, que es muy recomendable) la carta de despedida de René Favaloro sólo se puede sentir una humillada vergüenza compartida por este suelo y estas gentes.

domingo, 25 de abril de 2010

Hombre muerto caminando

Esa frase del título a primera vista absurda y contradictoria es, sin embargo, totalmente cierta, tan cierta en la medida en que semejante aberración puede serlo. En efecto, es la fórmula prescrita para la ceremonia de ejecución de un reo condenado a la pena capital en (algunos de los Estados de) los Estados Unidos; mientras la siniestra procesión avanza por el pasillo hasta la cámara -ya sea la de gas, la silla eléctrica o la "civilizada" inyección letal, un ujier o un sórdido personaje que desempeña esas funciones va proclamando Dead man walking: literalmente hombre muerto caminando. Que el ser humano se haya arrogado y se siga arrogando la calidad de evolucionado y/o civilizado no deja de ser una especie de fraude macabro y farsa de muy mal gusto; que la sociedad, por llamar de algún modo al conjunto de enfermos mentales, sea capaz de concebir y llevar a cabo algo como lo descrito antes excede la imaginación más morbosa y desbordante, ergo, más enferma y social. Y además que se lave luego las manos y se auto exonere pretextando que se ha hecho justicia no es sino añadir un último toque de humanidad (la dentellada de gracia de la bestia) al asesinato anónimo y colectivo. Ciertamente la barbarie no es nueva ni éste es el único ejemplo; con todo es quizás el hallazgo más atroz que se haya dado en cualquier tiempo y lugar: mantener a alguien en prisión año tras año mientras se "diligencia" su causa, hacerle pasar incontables veces por la agonía renovada del que se aferra a un hipotético perdón de último instante para culminar, al cabo, en un crimen (agravado por el suplicio) que en su glacial cinismo no tiene ni siquiera la excusa de la pasión o el rapto frenético reconoce, sin duda, raros antecedentes si es que reconoce alguno. Y se comete, reiteramos, en las (así llamadas) avanzadas sociedades actuales. (El caso emblemático por excelencia: Caryl Chessman). Hubo un momento, allá por los albores de la segunda mitad del siglo pasado, en que se vislumbró una débil llama de esperanza cuando tras tantas e insistentes campañas abolicionistas (también se llamaron así las que combatían la esclavitud y ya vemos de qué manera ha desaparecido en los hechos: tan sólo ha cambiado de ámbitos geográficos y de sistema) muchos países abolieron la pena capital. (Indudablemente también pesó -y no poco- la mala conciencia imperante después de la Segunda Guerra Mundial). Pero ese proceso quedó luego interrumpido, como en compás de espera y en algunas partes incluso se la volvió a instaurar y en otras se está siempre oscilando entre uno u otro extremo y en los mismos Estados Unidos existe diversidad. Desde luego (y albricias por la noticia) no vivimos en una sociedad civilizada, ni por sociedad ni por civilización y me refiero al mundo occidental, que es el que me toca padecer de cerca. Vivimos, sí, debatiéndonos permanentemente en dilemas falaces, en opciones que no son tales, compelidos a elegir siempre entre lo malo y lo peor. Sociedad supone una noción de evolución y progreso, una escala de valores respetada y aplicada, una convivencia hasta donde pueda ser factible armoniosa. Y civilización supone un arduo proceso de desarrollo de las cualidades y la condición menos siniestras del ser humano; civilización supone precisamente una cierta trascendencia de lo humano respecto a su índole más primaria y bestial. Etimológicamente: "sacar del estado salvaje a un individuo, a un pueblo..." y sus derivados: civil, civilidad, etc. Si un conjunto de individuos agrupados -hacinados- en lo que se llama desenfadadamente sociedad y encima civilizada es capaz de consentir y autorizar y más aún apoyar activamente la pena de muerte está claro que dicho conjunto no ha sobrepasado ni de lejos el más primario de los estados. Que se castigue un asesinato es admisible; que las partes afectadas clamen venganza es comprensible aunque lo ideal sería que pidieran reparación; pero el criminal nace y se hace y es producto justamente de esta madrastra -la sociedad- que después lo elimina en su invariable lógica de anular el efecto y no la causa; que los Estados invoquen el derecho a la vida cuando monopolizan a discreción la vida y la muerte no es solamente irónico, es de una perversidad abismal pues ese mismo Estado (sociedad) que envía a la cámara de gas o a la silla eléctrica a un reo por haber matado a un semejante es el mismo que lo obliga (no hay opciones) a ir a guerras que promueve constantemente por causas que no osan decir su nombre (aunque desde luego se enarbolan fines "humanitarios" o de defensa o religiosos o de "asistencia democrática" o lo que venga más a cuento, total, todo vale para el caso: nuestros dilemas falaces) y que lo condecora y rinde honores en proporción directa a cuantos hombres haya matado en el cumplimiento de su elevada "misión". Sí, nosotros los enfermos vivimos en jaulas mentales regidas por esos falsos dilemas y supuestas opciones que emanan de los verdaderos asesinos de la vida y cada vez que adherimos, por comisión u omisión, a estas prácticas aberrantes (y tantas y tantas otras en las que ya ni siquiera reparamos por su reiteración deliberada, obsesiva y sin desmayo) somos, todos y cada uno, hombres y mujeres muertos caminando.

martes, 20 de abril de 2010

La enfermedad de la inmortalidad literaria

La famosa anécdota según la cual Paracelso, sabiéndolo muy mal, le escribe a Erasmo de Rotterdam poniéndose a su disposición para intentar curarlo y éste le responde que está tan ocupado con sus escritos y lecturas que no tiene tiempo ni para enfermarse ni para morir. Y lo que desde luego se infiere (tras descartar como altamente improbables la ironía o la humorada) es que si una mente tan privilegiada, aunada a un temperamento también tan singular, se rehúsa a aceptar una realidad tan obvia y se refugia en semejante argumento ¿qué cabe esperar entonces para el individuo del común si no actitudes que recorren todo el inacabable registro de la aberración? Pero ése es apenas un ángulo del asunto y el menos interesante. El otro es que Erasmo enuncia, de algún modo y por increíble que pueda parecer, una verdad. O algo que es tenido por tal, lo que viene a ser lo mismo: lisa y llanamente está diciendo que no se va a morir hasta que termine su trabajo en curso y ese trabajo (aunque eso él no lo diga) no tiene una fecha límite: como todo proceso de creación puede culminar esta misma noche o arrastrarse durante años. En el fondo del pensamiento de Erasmo está, por supuesto, esta última esperanza: que la obra demore años. Pero no es el único ni mucho menos en profesar semejante credo; aunque la inmensa mayoría de sus colegas plumíferos (en sus distintas categorías y anteriores y posteriores) no lo reconozca también participa de esa esperanza. Y ello porque la médula, alma y esencia del trabajo literario radican en la ilusión de no morir -acaso por una suerte de decreto providencial especial- hasta dar término a la creación personal (sea lo que fuere que se entienda como tal). Y con éste e íntimamente ligado está el otro delirio ya más declarado y reconocido: sobrevivirse a lomos de esa creación (con independencia de lo que pueda valer porque después de todo si no se valora hoy seguramente mañana se le hará justicia: como se ve el cuadro no tiene fallas). Se trata en verdad de una curiosa enfermedad a la que no se le ha prestado la debida atención pero que la historia de la literatura (escritores y poetas aunque tampoco son demasiado ajenos los pintores, músicos y demás artistas) revela casi paso a paso y caso por caso, a excepción de muy pocos que tal vez sólo han tenido un talento particular para disimularla mejor. En efecto, cuando se escribe una novela o un poema se ha ingresado en un marco como encantado y suspendido en un tiempo y un espacio únicos que nada tienen que ver con el de la realidad prosaica (en la ocurrencia nada menos que la enfermedad y la muerte). Si el creador padece y sufre en su proceso (éste es el estereotipo) no se trata menos de una pasión aceptada y aún querida porque mientras está enajenado en ella, sustraído, por así decir, a la condición común, sabe y siente que su tiempo es de gracia y que durará tanto como su pasión. Aunque se muera un segundo después, dejando inacabada la obra. (Y aunque entre tanto deba apearse para aterrizar solicitado por los imperativos terrenales que no admiten evasivas ni dilaciones pero eso sólo dura lo que dura e inmediatamente después se regresa al vientre de la creación). Sí, es tristemente cierto: los cementerios están llenos de estos maravillosos y dementes lunáticos y los desvanes y baúles de sus textus interruptus.