miércoles, 4 de mayo de 2011

La pasión según San Anónimo















En los últimos tiempos se había llevado varias sorpresas y ninguna agradable. La vida se le había dado vuelta y conoció el mal, que siempre le había parecido una fábula: el mal auténtico, el motor del mundo, no el mal ingenuo y también real de las pequeñas gentes. Y ese conocimiento le había causado un daño incalculable; nadie se asoma a ese abismo y sale indemne. Tenía entonces casi sesenta años y había llevado - hasta ahí- una vida que podía calificarse de satisfactoria, ni tan mediocre ni tan brillante. Y un buen día todo comenzó a derrumbarse en torno suyo y para colmo, siendo un introspectivo, tendía a acusarse de lo que le estaba pasando. Primero perdió a su mejor amigo, una relación de cuarenta años y al decir perdió pluguiera al cielo que hubiera sido porque había muerto, no, hubo una simple discusión, una pelea de las que había habido tantas y por las mismas tonterías. Pero esta vez el mal estaba al acecho. Después supo (y el mismo hecho de saberlo fue otro padecimiento en sí) que su amigo había provocado el inicio del derrumbe, su amigo como instrumento del mal y ello pudo ser porque era una puerta de entrada ideal: egoísta, oportunista y mezquino; después de cuarenta años recién supo quién y qué era su amigo y se maravilló de su propia estupidez, de su ceguera (lo que elegimos no ver se nos cobra a la larga y con creces). Luego su esposa enfermó repentinamente y en un par de meses había muerto. A pesar de la devastación se irguió, se sobrepuso. Apenas unas semanas después uno de sus hermanos enloquecía y sin causa ni razón aparente (aparte del invocado Alzheimer) lo culpaba de innumerables faltas y torpezas que él sabía perfectamente jamás había cometido pero que le era imposible desmentir o refutar por la forma en que el otro las urdía y porque jamás consentiría, así le fuera la vida, en rebajarse a semejante nivel rastrero. Así le fuera la vida en ello. Tampoco había comprendido que el mundo está hecho precisamente de dosis y escalas variables e infinitas del mal y la estupidez (por lo común asociados) y que su anterior concepción era de una ingenuidad, por no decir lisa y llanamente simpleza, patética. Su hermano, a quien había querido entrañablemente y con el que se llevaba con toda cordialidad hasta que enfermó, murió también poco después. Fue el segundo instrumento, otra puerta de entrada. Cuando apenas se reponía un hermano de su esposa, con quien también hasta entonces mantenía una excelente relación, tomó a su turno el relevo. De la noche a la mañana y sin mediar motivo se declaró su enemigo más encarnizado, lo difamó en todos los tonos y registros posibles y en todas partes, lo amenazó de muerte a voz en cuello al encontrarlo casualmente en plena calle una tarde tras insultarlo soezmente y además le inició poco después un juicio sin la menor base legal (o sea uno de ésos que son una bendición para los abogados) por una propiedad que era suya y de su esposa –adquirida por ambos- y de la que su cuñado pretendía ser propietario parcial: el tercer instrumento, por orden de aparición en escena. A todo esto hay que precisar que desde siempre había sido el soporte de estas personas, de esta trinidad (inicial) del mal; había ayudado hasta casi más allá de sus fuerzas y posibilidades al amigo en apuros, había cedido de la herencia paterna lo mejor a su hermano y había pagado la casa en la que vivía desde hacía treinta años y completamente gratis su cuñado. Y éstas eran sólo algunas de las bondades o beneficios que había tenido para con ellos. Tampoco había entendido en su ceguera que cada favor, cada servicio que se hace al prójimo será contabilizado minuciosamente en el debe y el haber del rencor y la ingratitud; que se le pedirán cuentas, antes o después, según convenga, de su insultante generosidad y no se le perdonará jamás esa deuda. Y así se fueron sucediendo otros y otros episodios, algunos tan penosos y malignos como éstos y otros simplemente fastidiosos o sórdidos hasta que una mañana dejó su casa para ir caminando a su trabajo, como siempre, y se desplomó en plena calle.





Cuando despertó se dio cuenta inmediatamente que estaba en una habitación de hospital. Luego supo que había sido llevado inconsciente y al parecer con un pico de tensión arterial agudo que había provocado el desmayo. Sólo estuvo unos pocos días internado en esa unidad de terapia intensiva, como le decían. Conoció al personal, médicos y enfermeros de ambos sexos y lo visitaron algunos parientes y amigos. Pero tuvo mucho tiempo para estar a solas consigo, más de lo que había estado hasta entonces. De los exámenes y estudios que le hicieron resultó nada más esa hipertensión y la recomendación de cuidarla con medicación permanente. Había adelgazado mucho, por todas las penas pasadas y tantas otras de ésas que no se pueden ni transmitir ni exteriorizar, secuelas tal vez y que van royendo adentro, de manera lenta, casi imperceptible. Sí advertía claramente que se había vuelto diferente, más amargo sin duda pero algo todavía peor: por primera vez en su vida odiaba. Odiaba a todos los que le habían causado tanto daño, por comisión o por omisión, vivos o muertos y su rencor era tan ácido como constante. Ahora su mirada no tenía esa indulgencia afable de antes, se había velado; algo en él se había apagado para siempre o por decir mejor había sido apagado.





Ese lugar donde yacía con el suero permanentemente conectado a sus venas tenía la forma de una L; él se hallaba en el sector pequeño, como la base de la L y ahí había sólo tres camas. La suya era la del medio y a los costados había otros dos hombres, uno que se quejaba y gemía sin cesar (después supo que había sido operado del estómago) y el otro, un hombre grueso y tosco, que increpaba a las enfermeras y enfermeros exigiendo ser trasladado a otro sitio pues ya se sentía bien. No le llevaban el apunte y eso lo enardecía más. Él notaba que sus cabellos ya ralos habían crecido –en el trajín de los últimos tiempos no pudo llegarse hasta su peluquería- y también la barba, entrecana. Dormía y pensaba y sobre todo recordaba. Los grandes eventos del día eran las comidas, lógicamente frugales y sosas pero que interrumpían la monotonía rutinaria. Aprendió pronto a conocer a médicos y enfermeros, tanto los hombres como las mujeres; los primeros se limitaban a un paseo apresurado por la mañana y otro al caer la tarde; las enfermeras eran amables, con una amabilidad como máscara pero que reconfortaba aunque se la supiera impostura; los enfermeros eran más jóvenes, algunos estudiaban medicina en la facultad. De éstos le atendían en particular dos: Patricio y Claudio. Patricio era estudiante de medicina; podía hablar con él de diversos temas, era educado, leía y le contaba sus proyectos: una vez recibido partiría con su novia hacia el sur del país, que era como otro país. Lo tenían todo resuelto, al menos en sus sueños y él deseaba que pudieran ser felices. Claudio era otra cosa, más exactamente era el reverso de la medalla; un individuo joven todavía, con un fondo de sadismo y crueldad que su cordialidad hipócrita no alcanzaba a disimular. Mediocre y resentido le costaba mantener con él algún diálogo y le resultaba repelente. Y también estaban, por supuesto, sus dos compañeros de sala, a la izquierda y a la derecha de su cama.





Uno ya no se quejaba y de cuando en cuando intercambiaban algún comentario; el bocón en cambio seguía con su reclamo y lo repetía más fuerte todavía cuando recibía la visita de un sacerdote que resultó ser su hijo. Juntos oraban un momento antes de que el joven se despidiese. El papá era policía ya jubilado –algo que se hubiera podido columbrar por su actitud (estos datos que no le interesaban para nada le llegaban por fuerza a través de las conversaciones vecinas). El día previo a ser transferido a una habitación individual estaba muy oscuro –la poca luz que normalmente llegaba a ese sitio desde un ventanal situado muy alto ya era casi inexistente y no se había encendido aún la iluminación eléctrica –preguntó la hora, sólo las seis de la tarde- pero le aclararon que, en efecto, afuera el día estaba nublado, hosco y amenazaba llover. Se adormeció un rato y cuando despertó en esa penumbra se vio a sí mismo pero desde arriba, como si estuviera levitando sobre su lecho y pudiera verse y ver todo lo demás al mismo tiempo. Y vio la silueta delgada que marcaba la sábana de un hombre envejecido prematuramente, los brazos abiertos a los costados de la cama –en uno continuaba goteando el suero- los cabellos escasos desordenados en la almohada, la barba breve. Y vio también a los otros dos a los costados, al que había bautizado sin intención como el “bueno” y al otro, el “malo”, el policía (con su hijo cura: siempre el sable y la cruz) y esa imagen le impactó profundamente. Porque en otro orden, en otra vida ya tan lejana, cuando era muy joven, había querido ingresar a un seminario y ser él también sacerdote pero al poco tiempo había abandonado esa idea que no era más que romanticismo adolescente. Pero sí recordaba que había vislumbrado entonces en la novedad de su ser un misterio profundo, demasiado profundo que luego había ido olvidando o relegando. Ahora se le renovaba en todo su pavoroso esplendor y ansió con toda su alma poder comprenderlo, más, abrazarlo. Un ansia casi dolorosa que seguía en él mientras “bajaba” y se reintegraba nuevamente a su cuerpo terrestre del que en realidad nunca había salido.























































lunes, 2 de mayo de 2011

El auge de la casa de Carlos Gris







“el mal puede existir en aquello que uno va siendo”. (*)








Érase una vez un individuo cualquiera, tan simple e insignificante como el que pueda estar ahora mismo leyendo esta página. Nada lo distinguía del resto salvo, justamente, que se trataba de un resto. O desecho. O la reliquia que los años en vez de respetar se han complacido en colmar de absurdo. Porque este personaje era absurdo; podría también aplicársele a voluntad una variedad de epítetos: grotesco, ridículo, patético, lamentable pero todos vendrían a encallar en éste de absurdo que es el que mejor lo define. ¿Y por qué absurdo? Es decir, ¿por qué más absurdo que cualquier otro? (Porque sólo Dios sabe que hay que merecer tal calificativo en semejante mundo). Y es que en realidad pertenecía a otra especie y ya se sabe que no hay nada más absurdo que lo distinto o diferente. Pero definir esa especie ya es harina de otro costal. No obstante hay que intentarlo y nada mejor para aprender a nadar que zambullirse de golpe y comprobar si uno se ahoga o sale a flote (total lo único que puede perder es la vida) así que para soltarlo de una vez: era un hombre que era una mujer que a su vez quería ser hombre que anhelaba ser mujer y…así sucesivamente. No es tan complicado como parece; lo complicado en verdad es llegar a ser algo así y digo algo sin mala intención ni ánimo de ofender. Hay que pasar toda una vida en esa lucha encarnizada de un adentro que es campo de batalla de tantos contendientes: fisiológicamente hombre, registrado como sexo masculino a los fines civiles y no tan civiles, hasta había cumplido su servicio militar (este solo dato atestigua su provecta edad) y se había casado como Dios manda (aunque Dios nunca se haya casado, que uno sepa) y habían tenido una hija que falleció a corta edad. También sus empleos fueron viriles: administrador de un molino, vendedor de autos y por último jefe de sección en un ministerio: con ese último cargo se jubiló. Su mujer había muerto hacía unos años y Carlos Gris (así se llamaba el protagonista) se encontró solo, requetesolo (si el diccionario admite requetebién no veo razón alguna de privarme de tantos requetes como me vengan en gana) sin nada que hacer y con su casa a cuestas. No tenía amigos y ningún pariente. Al principio pasaba las mañanas en un bar del centro sorbiendo un café tras otro y viendo pasar la fauna pero eso lo aburrió pronto y además tanto café le daba acidez. Comenzó a quedarse en casa pero aunque se aplicaba le era imposible permanecer en cama (como hace tanta gente) más allá de sus rigurosas seis horas de sueño. Es que años y años de rutina habían fijado para siempre su reloj biológico. Así, se levantaba, deambulaba por la casa que no era por cierto ni un palacio ni una mansión: un sencillo departamento en un primer piso con dos dormitorios, baño, cocina y sala. El tedio lo devoraba lentamente. Un buen día entre bostezo y bostezo advirtió (hasta entonces ni siquiera se fijaba en lo que lo rodeaba; comía lo que le enviaban de una fonda cercana y la limpieza la hacía una vez por semana la portera, es decir, la esposa del portero del edificio) una mancha en la pared de la sala. Podía ser cualquier cosa: grasa, pintura, una raspadura, el caso es que algo en él se rebeló violentamente y fue presuroso a la cocina a buscar un trapo para quitarla. Y aunque fracasó en su intento se puede decir que en ese preciso y trascendental momento Carlos se desvaneció y fue reemplazado por Carlota, un ama de casa implacable, incansable e intachable. Y así dio comienzo el largo proceso conocido (sólo por estas dos entidades) como la “guerra carlista”, claro está que doméstica y puertas adentro.






Y con esta nueva personalidad aflorada empezó también la nueva personalidad de la casa, como en una suerte de afinidad. Nueva personalidad que se escindió, fragmentó, multiplicó: en la fregona, la pulidora, la cocinera, la administradora puntillosa, el ama de llaves, la criada, la patrona (personajes todos, huelga decir, que tenían la misma apariencia anterior y anodina de Carlos). Todo fue comprar productos para cada cosa imaginable; ceras y perfumes para el baño, la cocina, los muebles, el parquet, las alfombras. Adquirir compulsivamente bibelots y fruslerías, vajilla fina, cristalería mejor y desinfectar, limpiar una y otra vez y limpiar sobre lo limpio y pulir y abrillantar hasta que vidrios, espejos, muebles cegaban con sus reflejos. Y una tarde, agotada, Carlota se sentó en la sala tras quitar por enésima vez un imaginario polvo al sillón y contempló satisfecha su obra. Ese instante de abandono le fue fatal. El artero Carlos constantemente al acecho lo aprovechó para estrangularla firme y silenciosamente y así quedó él sentado en el sillón, contemplando a su vez la insólita transformación de la casa. De pronto se miró las manos y notó surcos y pronunciadas venas que no estaban ahí hasta hacía poco. Fue al baño y miró atentamente su rostro: no cabía duda, había envejecido pero más que eso había cambiado, algo se había instalado en su cara y en sus ojos y ese algo era decididamente muy feo. Mejor dicho empezaba a ser muy feo. Con un encogimiento de hombros desechó esa inoportuna e incipiente revelación y se paseó por el transformado departamento. Y, asombrado, se le ocurrió de repente que para qué todo eso: no tenía a nadie a quien mostrarle semejante cambio, a nadie ante quien pavonearse con un legítimo orgullo de la elegancia y pulcritud de su morada. Perplejo se preguntó una vez más qué significaba todo eso; entendió, aunque no quiso admitirlo, que era sólo para él, para sí mismo o misma, poco importaba. Y en lugar de aceptar algo tan obvio se dejó vencer por una vanidad hasta entonces desconocida pero ahora imperiosa y dio en la peregrina ocurrencia de ofrecer una cena como marco propicio para ese despliegue. El problema y no menor por cierto era a quién o quiénes invitar; desesperadamente rebuscó en su sesera a los eventuales convidados.






Tras arduas deliberaciones, planteos, cabildeos y negociaciones consigo mismo (en el trasfondo siempre la airada y dominante ama de casa) decidió que intentaría con un grupo de escritores/as que hacía muchos años había traído a casa su extinta esposa (la que se creía poetisa, como se decía entonces y que indudablemente en su caso era mucho más acertado y que había publicado –a su costo, claro está, o sea a costa del marido- un libro de poemas que no hubiera podido ingurgitar y mucho menos digerir el mismo Vargas Vila así hubiera revivido sólo para eso); todos habían formado parte de un “taller” –a la sazón muy de moda- literario, dirigido por una marimacho cordobesa que había logrado algún suceso con un par de novelas históricas y de tema folclórico. Así el ansioso Carlos se puso en campaña y logró que aceptaran cinco, dos mujeres y tres hombres (lo que no sabía el inocente es que en este gremio basta decirle a alguno que a tal evento concurrirá tal o cual de sus colegas para que acuda de inmediato, de miedo a perder la oportunidad de opacar al otro –o, mejor todavía, a los otros- y además de saborear semejante triunfo yantar también gratis porque siempre está la sombra de Quevedo y su buscón detrás de estos personajes). Y de las dos mujeres una era profesora universitaria, condición que reivindicaba en todo momento y de los hombres uno era su amante, que no tenía ciertamente nada de profesor ni de universitario y cuyo único título para estar ahí era el ya apuntado. Y aquí sucedió otro curioso fenómeno: las dos partes se pusieron al unísono a la tarea, por primera vez complementarias y aunadas en un objetivo común: tanto Carlos como Carlota querían que la velada y la cena fueran un éxito absoluto. Y es tanto más digno de consignar porque fue la primera y última vez que sucedió y sobre todo porque demuestra que la co-existencia es posible y la convivencia también, siempre y cuando se den las condiciones mínimas. Pero ése es ya otro asunto. Así pues Carlos se encargó de las compras; Carlota de la organización y realización. La noche señalada el departamento esplendía de luces, arreglos florales, destellos de cristales y platería en la mesa suntuosa y regocijaba la vista el conjunto variado y feliz de entremeses y bebidas dispuestos en la sala. Ya se da por descontado que tratándose de este país (como hubiera dicho y muy bien dicho como todo lo que dijo el insigne Mariano José de Larra en alguno de sus no menos insignes Artículos tan injustamente olvidados hoy) nadie llegó a la hora fijada y tanto Carlos como Carlota se paseaban mordiéndose las uñas y arreglando ora una flor en este ramo, ora una vela inclinada en el candelabro o ya llevando y volviendo a traer de la cocina esto o aquello o asegurándose por centésima vez que no faltaban el salero y el pimentero, etc., etc. Una hora después de la convenida se presentó el primero, seguido poco después por otro. Al cabo de dos horas ya estaban todos y se procedió a servir los aperitivos mientras se entonaba un coro de alabanzas y de lugares comunes a las excelencias poéticas y personales de la ex dueña de casa. Carlos asentía a todo, sin tener la menor idea de lo que decían y brindaba de buena fe una y otra vez. Lógicamente se sentía bastante apocado ante semejante asamblea y casi no se atrevía a decir ni sí ni no. Pasaron al cabo al comedor y dio comienzo la cena. Hubo de nuevo elogios entusiastas dirigidos esta vez a la elegancia de los manteles, platería y cristalería y demás detalles y también a los sucesivos servicios de comida lo que hinchió de orgullo y satisfacción tanto a Carlos como a Carlota y otra vez coincidieron tácitamente en que todo el esfuerzo, gasto y nervios habían sido bien empleados. Pero de pronto algo no estuvo bien, la armonía hasta entonces reinante acababa de ser vulnerada por un comentario sarcástico de un convidado dirigido, al parecer, a la obra de otro de los presentes. En un momento y para el indecible horror de los anfitriones (representados por Carlos, huelga decir) la cena degeneró en un campo de batalla donde se cruzaban artillería gruesa con acerados puñales y venenos renacentistas y las pullas y ataques subían de tono y acidez auxiliadas por el consumo desenfrenado de vinos y licores. En particular un venerable anciano de largos cabellos blancos, delgado como un asceta y que sólo había hablado de cosas tales como la superación del yo, de la vanidad estéril y la falta de verdaderos valores trascendentales comenzó ahora a extenderse de forma abrumadoramente prolija sobre su propia producción, que era igualmente abrumadora. En efecto, había publicado más de treinta libros (¿hace falta aclararlo? todas ediciones costeadas por él mismo) en los que trataba de todo y de todos pero en primer lugar de sí mismo auto-adjudicándose títulos como el “escritor más original de la ciudad” y otras modestias por el estilo, muchas bastante más burdas y lastradas por la misma egolatría pestilente. Claro está que fue inmediatamente blanco de los demás y se entabló una gresca digna de cualquier feria o mercado al aire libre entre verduleras y pescaderas. Carlos y Carlota estaban desconcertados y abatidos, no sabiendo que ésa era cosa común en el gremio y se tomaban muy en serio las agresiones y agravios y tanto que llegaron a lamentar su iniciativa. Una nueva e inesperada diversión calmó por un instante las aguas y es que un ruido bastante insólito predominó de pronto sobre los demás: el refinado caballero amante de la profesora había caído en un sueño profundo y con la cabeza echada atrás y la boca abierta roncaba ruidosamente y muy a su placer. Al cabo la asamblea de inmortales se dio por enterada de la avanzada hora de la madrugada y con modales un tanto destemplados se fueron despidiendo del atribulado dueño de casa como si éste hubiera sido el responsable de un desenlace tan lamentable y debido a algún avieso complot de parte suya. Cuando Carlos y Carlota cerraron la puerta tras la última dama literaria sabían sin necesidad de decirlo que ahí acababa de morir para siempre toda veleidad futura en relación con lo social.






A la mañana siguiente, es decir, unas pocas horas después, Carlos se levantó con un agudo dolor de cabeza. Lentamente recorrió el pasillo hasta el baño echando al pasar un vistazo a la sala en la que se advertían los vestigios de la bacanal nocturna. Cuando se miró en el espejo retrocedió espantado: sus cabellos le parecieron más blancos y ralos, las profundas ojeras ahuecaban los ojos y la mirada era turbia y apagada, el color de la tez amarillento y se había como apergaminado, las arrugas eran más y más ostensibles. Pero en realidad era el conjunto lo que impresionaba: destilaba una fealdad extraña, maligna y muy patente. Desazonado y asustado decidió acostarse nuevamente. Claro está que al volver a despertar la furia o arpía había a su vez aprovechado el periodo de debilitamiento y descuido: Carlos había sido a su vez asfixiado con la almohada y Carlota era la que se levantaba y ya se arremangaba enérgicamente el pijama para empezar a poner orden y concierto en el devastado departamento.






Y a partir de entonces la hostilidad fue declarada y no hubo ya ni treguas ni gracias. La casa recobró pronto su anterior brillo, la limpieza y la higiene imperaban y el soterrado Carlos asistía desde sus profundidades como testigo sin voz ni voto a la exasperación de todas las manías imaginables. Por cada nuevo producto que se aplicaba sobre los bronces otra línea le surcaba el rostro, por cada nuevo invento para abrillantar todavía más la platería otro mechón de pelo se hacía más blanco, amarillento y escaso. Por cada nueva limpieza a fondo de los sanitarios (y eran varias por día) un halo cada vez más brillante realzaba las facciones ya francamente demoníacas. Sólo podía esperar su próxima oportunidad aunque parecía poco probable. Y aunque se diera ¿qué emergería esta vez del binomio como si se tratara de él?






Y como se replegó la casa en sí misma así se replegaron –o se replegó- sus o su dueño. Y pasó el tiempo, un tiempo indiferente como todo lo que pasa y un buen día el portero del edificio, alertado por los vecinos, alertó a su vez a la policía y a los bomberos. Que entraron en el departamento del Sr. Gris a quien, según los mismos vecinos, hacía mucho no se veía, con sólo forzar la puerta sin necesidad de hacer grandes destrozos. Sí, había un olor, más bien un hedor pero no era eso lo que llamaba la atención sino otro olor como por encima de éste y dominando todo el ambiente, un olor indefinible y que era sin duda rancio pero también de algún modo agradable, como de especias y esencias raras y que en cierta medida atenuaba al otro. Si alguno de los presentes hubiera tenido la imaginación y el conocimiento hubiera dicho que así debió sentir (en lo olfativo y en lo espiritual) Howard Carter cuando entró en la tumba de Tutankamón: un olor hecho de tiempo, de voluntad evidente y ciega de preservación pero no de la vida humana sino de lo que da testimonio de esa vida, un aroma en cierto sentido augusto y en cierto sentido inmortal, es decir, como debería oler la inmortalidad si nos fuera concedida. Los hombres avanzaron cautelosos y un tanto impresionados: el silencio era absoluto y hasta retenían la respiración y no sabían que la retenían para no manchar el aire, a tal punto era impecable, impoluto todo. No había una sola mota de polvo, a través de la débil iluminación que se filtraba por las persianas cerradas se percibía el destello de los vidrios, en los cuadros, en la vitrinas, cómo refulgían las copas y demás cristales, los objetos de adorno, hasta la madera de los sillones tapizados. Ni en la cocina o en el baño había la más leve mancha ni señal alguna de que se hubieran utilizado nunca; refulgían los azulejos, la grifería, los pisos. Y aquí el olor omnipresente se entremezclaba con el más identificable y ya evanescente de la lejía, los desodorantes de ambiente, los distintos desinfectantes. Finalmente en el armario del pasillo, largo y poco ancho como el pasillo mismo y que se destinaba a guardar y ordenar los utensilios y productos de limpieza se dieron con un espectáculo tan extraño como desolador: ahí, en el piso, sobre una estera mezquina yacía Carlos Gris o lo que había sido él; una especie de momia amortajada en un viejo ropón, reducida casi a esqueleto, a su lado un plato, un vaso y cubiertos de hojalata con restos de galleta y agua y un poco más allá una bacinilla también de hojalata con señales de haber servido por última vez hacía ya tiempo. Pero lo que verdaderamente inmovilizó a los agentes y bomberos fue el rostro de la criatura casi momificada: una máscara espantosa, de una fealdad sobrecogedora y en la que todavía era perceptible la malignidad más extrema, el auténtico horror del mal. Sobre todo en los ojos, abiertos de par en par y en los que ahora se reflejaban en un juego de reciprocidad los destellos deslumbrantes de los vidrios y cristales pulidos hasta el último aliento.









(*)- Oscar Wilde – De profundis – Edicomunicación, S.A., Barcelona, 1999- pág. 103.













































































































































viernes, 29 de abril de 2011

La oficina





“Lo único que siempre he sostenido es que la naturaleza humana es la misma en todas partes, ya sea en este pueblito o en una capital. Sólo que en el primero hay más ocasiones y se dispone de más tiempo para observarla con mayor detenimiento”


Miss Jane Marple





Reinaba un ambiente de magnos acontecimientos en las oficinas de la empresa “Uróboros S.A”. En efecto, se despedía al Sr. Primus que durante más de diez años había sido jefe del personal. Muy emocionado el Sr. Primus recibía el saludo de sus colegas, superiores y subordinados. Se hallaban presentes las mecanógrafas Angustias Redoma y Socorro Melindres, la secretaria Mercé Chanel, el plantel ejecutivo: las Sras. Alba Pura Complacenti y Delmira Dentales, los Sres. Restas, Sefredo, Rocadán, Ansar y Renza y, ascendiendo en la jerarquía, el director Sr. Margón y hasta el mismísimo presidente de la empresa, el Sr. Senbol, a quien sólo se veía en esas ocasiones excepcionales. Con palabras sencillas pero no desprovistas de un toque de sensibilidad el Sr. Margón despidió al Sr. Primus deseándole la mayor ventura en su vida de jubilado y luego, con palabras igualmente sencillas designó al Sr. Restas reemplazante interino hasta tanto se nombrara al titular.



Se advertía una viva agitación en el pequeño reino de Traductaria, ínfima porción del vasto imperio de Brumosaletalia. En la capital, Porterilia, la población se había congregado en las calles para dar su último adiós al extinto rey Hegberto VII. Encabezaban el cortejo fúnebre don Recóndito (provisionalmente a cargo de la Regencia), doña Bragarana (ex favorita de Hegberto), doña Plácida, camarera principal, doña Concilio, dama de la nobleza y de compañía de doña Urraca que con el duque de Claroscuro eran los pretendientes al trono; los barones de Peñalidia y de Cala-Traba, maese Reaco, el alquimista y Monoca, el bufón. Concluida la solemne ceremonia y dispersada la multitud el cortejo regresó a palacio donde un enviado (venido expresamente de Culeducién, la capital del imperio) del emperador Mañafrico I confirmó a don Recóndito en la dignidad de regente hasta tanto se zanjara (en principio) el problema de la sucesión entre doña Urraca y el duque de Claroscuro.



Después de haber regado con agua hirviente la bella planta que el personal había ofrecido como regalo de despedida al Sr. Primus y que éste, en la confusión de su partida, había olvidado, Angustias, con su eterno cigarrillo en los labios y contemplando con una mirada vaga la pared dialogaba con Mercé: “Tengo el presentimiento de que este Restas nos dará mala vida”. “Mientras me mantenga en la secretaría lo demás me importa poco”. “Sí, ya se verá, pero como eras la protegida de Primus en tu lugar yo no estaría tan tranquila. Restas siempre le tuvo gran inquina a Primus y no me extrañaría que hayas heredado una buena parte”. Mercé, con una risita nerviosa, replicó: “Si me causa problemas no tengo más que hablar con el Sr. Margón que lo pondrá rápidamente en su lugar”. “Puede ser” musitó con un dejo dubitativo Angustias.



Doña Bragarana, vestida de luto riguroso. Con ella doña Plácida: “Tenga Vuesa Merced mucho cuidado y procure granjearse el favor de don Recóndito, que ya sabe cuán poco quería a nuestro rey Hegberto. “A pesar del duelo que me aflige no creas que no me preocupo –contestó doña Bragarana- pero si don Recóndito intenta perjudicarme sé que puedo contar con maese Reaco”. “Quizás, dijo doña Plácida, pero no olvide Vuesa Merced que maese Reaco se cuida en primer lugar de su propia situación”. “Nunca me faltaría, estoy segura” afirmó doña Bragarana. Doña Plácida, la mirada prendida en el tapiz que ornaba el muro, nada respondió.



En los estudios de la MGM (Myth G-r-ave Money) el famoso director Federico García Bellinni comenzaba una nueva versión de la clásica película: “Idos en un viento” basada en la novela de Edgar Calvino Buendía: “Ciclos de apogeo y decadencia de la casa de los destinos cruzados”. Todos los actores se encontraban ya en el lugar de la filmación y verdaderamente el elenco, de nivel internacional como convenía a una coproducción de esa magnitud, era excepcional: Shelley Winters, Louis de Funès, Lon Chaney, Divine, Lilian Gish, John Wayne, Cantinflas, Stewart Granger, Peter Lorre, Claude Reins, Joan Crawford, Vincent Price, Lolita Llores y Christopher Lee. El director, valiéndose de un megáfono, pidió atención: “Como vds. saben es ésta una empresa muy difícil y por eso solicito de todos la mayor colaboración; les recuerdo que esta película hubiera debido realizarla el malogrado Jacques Tati y ello representa para mí una responsabilidad todavía más grande”. “No estoy para nada conforme con mi papel” graznó Joan Crawford. “Pero querida, opuso la suave voz de Lilian Gish, todos tenemos la misma importancia en la distribución”. “Me parece, berreó John Wayne, que en una película de esta calidad habría que suprimir a ese monstruo”. “¿Qué monstruo?” preguntó agresivamente Joan Crawford. “Divine, por supuesto”. “Dejen en paz a Divine, intervino Shelley Winters, hará muy bien lo que se espera de ella”. “O de él, dijo Peter Lorre, nunca se ha sabido a ciencia cierta”. “Basta, Peter, protestó Lon Chaney, ya cansa tu manía de decir disparates”. Claude Reins propuso: “¿Si nos calláramos y dejáramos al director darnos sus instrucciones?”.










“Los he convocado para comunicarles las nuevas directivas que se aplicarán de ahora en adelante. Se me consultará para todo y no se tomará ninguna decisión que yo no autorice previamente”. Los Sres. Rocadán y Sefredo exclamaron al mismo tiempo: “Pero, Sr. Restas, antes…”. Con una voz temblorosa de cólera: “Antes era antes: ahora las cosas han cambiado”. “Algo debe cambiar para que todo siga igual” murmuró el Sr. Ansar, lo que provocó la reacción fulminante del jefe interino: “¡Cállese, Ansar! Estoy harto de sus bromas y comentarios estúpidos”. La Sra. Delmira y el Sr. Renza intervinieron a su vez: “Disculpe Vd. Sr. Restas pero si es necesario consultarlo para todo es obvio que se entorpecerá y demorará el trabajo”. Con una expresión hosca el Sr. Restas replicó: “Basta de objeciones. Será como he dicho y ni una palabra más. Ahora pueden retirarse; en caso necesario Mercé los volverá a convocar”. Salieron cabizbajos del despacho de la jefatura. Caminando al lado de Delmira, Alba Pura comentó: “Este hombre es monolítico. No hay manera de razonar con él”. Delmira: “No te inquietes, durará muy poco”. “Ojalá y esperemos que lo reemplace una persona eficaz”. “¿En quién estás pensando?” preguntó Delmira irónicamente. Rocadán, congestionado, hablaba con Sefredo: “Inaudito, intolerable…”. Sefredo, muy calmo: “Es lo que podía esperarse de semejante individuo”. “Sí, pero es sólo el comienzo. ¿Hasta dónde llegará?”. “Hasta donde pueda o más bien hasta donde lo dejen” replicó Sefredo. “Pues entonces que no lo dejen mucho” respondió, todavía acalorado, Rocadán. “esperemos que el Sr. Senbol nombre rápidamente al titular”. “Esperemos, aunque ya sabemos que en esta empresa las cosas pueden ir para largo”. “Sería dramático, dijo Rocadán, y más aún si se piensa que con un hombre idóneo –mirando fija e intencionadamente a Sefredo- todo podría ir muy bien”. Sefredo se limitó a repetir:”Esperemos”. Dejándolo Rocadán fue a ver al Sr. Margón. Después de saludarlo con el mayor respeto (que cualquier observador poco experimentado habría calificado de servilismo) “se permitía distraer su tiempo, indicó, animado por la sana intención de sugerir algunas iniciativas susceptibles de mejorar el funcionamiento de la oficina”. Margón: “Lo escucho”. “Lo primero, a mi juicio y salvo su mejor opinión, señor director, es desembarazarse de esa inútil secretaria. Convendría que insistiera Vd. al respecto para que el Sr. Restas…” “Pero, cortó Margón, Mercé no ha dado hasta hora ningún motivo de queja”. “Perdón, no está Vd. bien enterado, persistió Rocadán, esa mujer no sabe trabajar y no hace más que complicar las cosas. Si no hubiera sido por la incomprensible protección del Sr. Primus, aunque incomprensible…en fin, no quiero insinuar…”. “En todo caso, respondió secamente Margón, lo tendré en cuenta y consultaré con el Sr. Restas”. Comprendiendo que la entrevista había terminado Rocadán, después de volver a saludar reverentemente salió y se topó en el pasillo con el Sr. Renza: “Ah, ¿ha visto? Entre Restas y Mercé esto será un verdadero caos”. “Quizás no sea para tanto”. “¿Cómo que no? Peor todavía: hay que echar de inmediato a Mercé y lo ideal sería que Restas no durara mucho”. “Tal vez lo confirmen”, insinuó Renza malignamente. Escandalizado y sujetándolo de un brazo Rocadán lo miraba de hito en hito: “¡Confirmarlo, confirmarlo! ¡Qué disparate! Cuando hay gente como Sefredo y Delmira –o incluso yo mismo- mucho más calificados para ese puesto”. “Sí, pero en última instancia ya sabe que la decisión no la toma Margón sino el Sr. Senbol, que es imprevisible”. “Ya lo sé, pero ¿no se podría hacer algo?” “No lo creo, replicó Renza, lo mejor es dejar que las cosas sigan su curso normal”.



En la sala del trono se habían congregado los cortesanos. Don Recóndito levantó una mano trémula pidiendo silencio. “Desde ahora, anunció, cambiarán las cosas en Traductaria. Como sabéis mi salud no ha sido muy buena estos últimos tiempos y siguiendo el sabio parecer de Maese Reaco he decidido que cuando yo no pueda asistir el barón de Cala-Traba me sustituirá en las reuniones del Consejo”. En todas las caras se pintó el estupor y en algunas incluso la indignación. Se oyó la voz estridente de doña Urraca: “Pero ese honor corresponde a las personas de sangre real”. “Es cierto, apoyó el duque de Claroscuro, ¿por qué conferirlo al barón de Cala-Traba?” “¡Silencio! rugió don Recóndito, es ésa mi voluntad y la habéis de acatar”. “Es una voluntad enfermiza”. “¡Calla bufón, amenazó don Recóndito, o tu castigo será terrible!” El barón de Cala-Traba, arrodillándose: “Doy gracias a Vuestra Grandeza por tan insigne y señalado honor pero creo que les corresponde legítimamente a doña Urraca o al duque de Claroscuro”. “Señor barón, aquí no hay otro derecho que el que me place, será como lo mando y basta. Os podéis marchar todos, estoy fatigado”. El barón de Peñalidia llevó aparte a maese Reaco: “Y ¿qué haréis con doña Bragarana? Esa mujer no puede quedar en la corte, debíais desterrarla”. “Nada hay en su contra y después de todo era la favorita del rey Hegberto”. “Justamente, dijo el barón, y por ello seguirá ejerciendo su nefasta influencia. Mucho me temo que el mismo regente, tan impresionable…” “No lo creo, otras personas tienen un mayor ascendiente en lo que atañe al regente y además no hay que olvidar que don Recóndito no la tiene en muy alta estima”.



Stewart Granger y Lolita Llores se miraban tiernamente. Ella, con mucho recato, le rogaba: “No me mires, igual que a otras miras…”. Pero él seguía mirándola arrobado, primero, porque así estaba escrito en el guión y luego porque no comprendía una sola palabra de español. Vincent Price confiaba a Cantinflas: “Estoy harto de mis papeles de villano”. “Sí, mano, pero lo hace Vd. tan bien; créame, es mejor eso que pasarse la vida dando vueltas al mundo”. “Y ¿por qué viaja Vd. tanto?” “Porque me invitan y recibo honores en todas partes y no puedo negarme, eso me encanta”. “¿Qué clase de honores?” “Sobre todo los doctorados honoris causa. Los colecciono. Verá Vd., es muy simple. Hace años le confirieron uno a un actor amigo mío y yo me dije: si se lo dan a éste que es poco más que un figurante ¿qué no puedo pretender yo? Le pedí que me diera una copia de su discurso y desde entonces pronuncio siempre ese discurso en cada universidad; por supuesto hay que tomar la precaución de cambiar los nombres”. “Ya veo, no está mal. Pero ¿nadie se da cuenta?” “Qué va, nadie escucha nunca una sola palabra”. “Y ¿cuántos doctorados lleva coleccionados?” “Unos 600, más o menos”. “¡Es una enormidad!” “Sí, pero hay muchos repetidos. Es como si fuera una enfermedad contagiosa, mano; en cuanto una universidad se entera que otra confirió un diploma honoris causa no quiere ser menos y ya le llega a Vd. la invitación; con el tiempo se olvidan y vuelven a llamarlo para darle otro doctorado y en alguna oportunidad dije mi discurso ocho veces en el mismo día y me vi en un aprieto porque ya no sabía ni siquiera de qué universidad se trataba y por fuerza metí la pata agradeciendo al rector Claudio Fello de la Universidad de Censoria cuando en realidad era el rector Dr. Rudo Galán de la Universidad Nonpresta Asidenatura”. Se oyó la voz del director: “Todos a sus sitios, por favor; comenzamos con la escena de la muerte de Louis de Funès (resonó un iracundo “¡merde!” en el estudio) y su sustitución por Lon Chaney. Diálogo entre Shelley Winters y Divine”. “Ahora que ha muerto tu protector tendrás muchos problemas para conseguir contratos”. “Bah, ya me las arreglaré, por algo soy Divine, la única”. “De todos modos desconfía de Lon Chaney que siempre le tuvo envidia a Louis de Funès”. “¡Corten! Diálogo entre Joan Crawford y Lilian Gish”. “¿Me pregunto si se dan cuenta de lo que representa mi presencia en esta película?” “Sin la menor duda, querida, dijo Lilian Gish, puesto que es un homenaje al séptimo arte y es lógico que figure tanto lo mejor como lo pésimo. Es lástima que ya no puedas encarnar a la heroína, cuestión de edad…” “No comprendo que tenga ese papel una actriz desconocida y en cuanto a la edad…” “Pero parece que en su país es célebre y hay que reconocer que es un poco más joven que…” “En su país quizás, pero ¿quién los conoce, a ella y su país?” “Dicen ellos mismos que es el culo del mundo” apuntó Peter Lorre y Vincent Price: “Pero Chiloé es muy conocido”. “No es Chiloé, mano, puntualizó Cantinflas, es Buenos Aires”. “¡Ay, Buenos Aires, cuánto querría volver!, se dolió Lolita Llores, ¿saben que en un tango se habla de la nostalgia de Buenos Aires? Lo canté tantas veces…” “¿Con esa voz? preguntó dubitativa Joan Crawford, creía que el tango era un género más bien fuerte”. “Y también lacrimógeno” dijo Peter Lorre. La voz del director impuso silencio: “Todos a sus sitios, por favor, para la próxima secuencia”.



Escuchándose a duras penas entre el tableteo de las máquinas de escribir Angustias y Socorro intercambiaban comentarios cuando entró, agitadísima, Mercé. Callaron las máquinas. “¿Saben ya la noticia?”. “No”, respondieron a coro las mecanógrafas. “Tenemos nuevo jefe”. “¿Quién es?” “Un tal Sr. Arrupe”. “No lo conocemos”. “No, el Sr. Senbol lo contrató cuando estaba trabajando en otra empresa y llegará mañana”.



Don Recóndito, al que rodeaban el duque de Claroscuro, doña Urraca y los barones de Peñalidia y de Cala-Traba miraba con desconfianza un pliego que acababa de recibir. Hizo llamar a maese Reaco para que lo descifrara. “Es de Su Majestad el emperador Mañafrico I. Comunica a Vuestra Grandeza que mañana llegará a Porterilia el duque de Devueltas, príncipe de la sangre y Grande de Brumosaletalia, que será coronado rey de Traductaria”. “No lo conocemos”, exclamaron los nobles. Doña Urraca y el duque de Claroscuro: “Se pisotean nuestras personas y derechos. Esto es obra de una pérfida intriga. Debemos informar al emperador para que vuelva sobre su decisión y remedie antes de que sea demasiado tarde”. Y mientras don Recóndito, conteniendo apenas su despecho y sus sollozos abandonaba el recinto se oyó la voz de Monoca: “Cabe aquí trastocar el refrán: más vale bueno por conocer que malo conocido” pero ya don Recóndito había desaparecido y ninguno de los cortesanos, todavía impresionados con la nueva, festejó la ocurrencia del bufón.



“Aparición del héroe” clamó García Bellini. “¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué dice?” preguntó ansiosamente John Wayne. Su asistente (cuya tarea principal era empujarle su silla de ruedas) le gritó al oído: “¡Que ésta es la escena en que aparece el héroe!” “Ah, entonces debo prepararme”. “¡No, Sr. Wayne!” “¿Cómo que no? ¡Siempre he sido el héroe!”



“¡SILENCIO!”- Vincent Price a Lon Chaney: “Tu papel llega a su fin, Lon, pronto estará aquí Christopher Lee”. El taimado chino, mirándose las larguísimas uñas de mandarín, comentó: “Ése no fue nunca más que un pobre vampiro”. “Si recuerdo el guión se enamora de mí, dijo Lolita Llores, pero prefiero a Stewart Granger”. “¿Cómo? preguntó Shelley Winters ¿Todavía no sabes bien el guión?” “Es que como está escrito en inglés…y además ahora no está mi mamá que siempre me ayudaba a aprenderlo de memoria”. “Pues más vale que le vayas pidiendo a Lilian…” “No estoy aquí para ocuparme de principiantes”, cortó por lo sano Lilian Gish. “No soy una principiante”, protestó indignada la heroína y Joan Crawford: “Claro que no, cualquiera se da cuenta”.



Ante el personal el Sr. Margón, con sencillas palabras agradecía su gestión (interina) al Sr. Restas. Y a continuación presentó al Sr. Arrupe: “El nuevo jefe de personal. Espero que todos le prestarán su colaboración y que no habrá ningún problema”. El Sr. Arrupe lo interrumpió, arrogante: “No habrá problemas, ya me encargaré yo de que no los haya”. “Excelente, dijo un poco ofuscado el Sr. Margón, pero si hubiere cualquier inconveniente recuerde que estoy a su disposición”. “Muchas gracias, Sr. Margón”. Después de la breve ceremonia el Sr. Arrupe llevó aparte al Sr. Restas. “Dado que ha dirigido Vd. con tanta eficacia los asuntos de la oficina le quedaré muy reconocido si tiene a bien asesorarme cuando lo necesite”. “No faltaba más, respondió Restas, haré cuanto pueda y le diría desde ya que todo lo que no pude hacer yo como interino sería bueno que lo hiciera Vd. que es titular”. “¿Qué, por ejemplo?”. “Pues despedir a Mercé, que es una incompetente”. “Lo pensaré”. “Luego cuídese Vd. mucho de los Sres. Sefredo y Rocadán así como de la Sra. Delmira, pues todos ellos aspiraban a la jefatura y tratarán de ponerle trabas”. “Comprendido, los vigilaré”. “Y no tenga Vd. la menor confianza en el Sr. Margón, que es individuo retorcido”. “Lo tendré también en cuenta. ¿Algo más?”. “No, es todo, por el momento”. “Y ¿qué me dice Vd. del Sr. Renza?” “No tengo nada en contra”. “Bien, siendo así dispondremos que cuando yo me ausente quedará Vd. como jefe interino y si Vd. no puede entonces se hará cargo de la jefatura el Sr. Renza”. “Pero eso planteará muchos problemas; lo sé por experiencia propia. Los otros creen que tienen prioridad”. “No importa, que protesten, se las verán conmigo”.



Doña Plácida y Sanchica. “¡Qué oigo! El duque de Devueltas decidió que el barón de Cala-Traba presidirá el Consejo cuando él se ausente”. “¡Jesús! ¡Esto traerá cola!”. “Como dices y para mí está la mano de don Recóndito en el asunto. Sólo hubiera querido verles las caras a doña Urraca y al duque de Claroscuro” dijo con un tono burlón y dirigiéndose al muro doña Plácida. “Es una pena que hayan desterrado de por vida a doña Bragarana. La existencia debe serle monótona, allá en Zooburgo” se lamentó Sanchica. “Al menos está con los suyos y eso es ya un gran consuelo” contestó con una sonrisa de satisfacción doña Plácida.



“Es mucho menos atractivo sin los colmillos, pensaba Lolita Llores, aunque reconozco que si los tuviera me daría miedo”. Christopher Lee, con una voz de ultratumba, le declaraba su amor y en las miradas de Stewart Granger y de John Wayne destellaban reflejos asesinos.



“La productividad ha caído en un 30%, bramó el Sr. Arrupe ante los ejecutivos que no osaban levantar los ojos; además se han producido ciertos hechos que no vacilo en calificar como verdaderos actos de sabotaje. Vd., Sr. Rocadán, después de la renuncia del Sr. Sefredo no ha hecho más que difundir rumores atacándome personalmente. Y como si eso fuera poco su trabajo deja mucho que desear”. “No tiene Vd. fundamento para acusarme, replicó furibundo Rocadán, y si he de decir las cosas como son, es Vd. el incapaz y desde que llegó aquí ya sabía yo que no se podía esperar nada bueno”. “¡Eso es insubordinación, chilló enfurecido Arrupe, y tendrá la sanción que merece. Ahora retírese!” Rocadán obedeció a regañadientes y al salir embistió a cuantos se hallaban en su camino. “Es una persona difícil” comentó Ansar. “Hablando de individuos difíciles, Sr. Ansar, considero que su trabajo también es insatisfactorio”. “¿Cómo mi trabajo? Si yo ya no trabajo más”. “¿Cómo así?” “Pues ¿cree Vd. por ventura que faltándome apenas dos meses para jubilarme voy a continuar sacrificándome?” “No tiene Vd. el menor sentido de la responsabilidad; el asunto no quedará así, por cierto. Haga el favor de retirarse”. Y dirigiéndose a los demás: “Espero no tener que volver a llamarles la atención. Tengan presente que en cualquier momento les puede suceder lo mismo que a Mercé: a la calle de un día para otro. Y sepan que, a partir de ahora, tomaré las medidas necesarias para que la productividad no sólo recupere su nivel anterior sino que lo sobrepase”. Al salir Alba Pura comentó a Delmira: “Es un stajanovista”. “Querrás decir más bien un esclavista, porque para lo que él hace…”.



Sentado en el trono el duque de Devueltas descargaba su ira en los atemorizados cortesanos. “Después que el duque de Claroscuro murió en torneo sé que vos, doña Urraca, con la complicidad del barón de Peñalidia, habéis osado tramar contra mi persona”. “No es cierto, Majestad” respondieron al unísono doña Urraca y Peñalidia. “Extraños torneos tenemos agora en los que se muere con una flecha clavada en la espalda”. “¡Silencio, maldito bufón! Y en cuanto a vosotros sabed que os tengo por responsables de cuanto pudiera acaecer”. El barón de Peñalidia llevó la mano a la empuñadura de su espada: “Señor, si no fuerais quien sois os pediría reparación”. “Y vos, señor barón, replicó el duque de Devueltas, si seguís por tan insolente camino vais a vuestra pérdida”. “¡Cómo ha de ser, si nunca se encontró!” “¡He dicho silencio, bufón del demonio!”.



“¡SILENCIO! ¡SILENCIO! A sus puestos”. Vestida de negro Lolita Llores llora amargamente la muerte de Stewart Granger mientras Christopher Lee, con el rostro crispado: “Mi tolerancia y paciencia tienen límites; ya he esperado demasiado”. “Respeta mi dolor, él era el amor de mi vida”. “¡No! gritó exasperado García Bellini, pero ¿ésta no aprenderá nunca el guión? Lo que tiene que decir es: “A rey muerto rey puesto” y abrazar a Christopher Lee”. “Pero, balbució Lolita Llores, yo lo amaba, lo amaba”. Shelley Winters, en un llanto entrecortado por hipos se compadecía: “Pobrecita, pobrecita…” mientras Joan Crawford y Divine estallaban en carcajadas.



El Sr. Margón se dirigía (nuevamente) al personal reunido para despedir al Sr. Arrupe (que había optado por la jubilación anticipada). Con sencillas palabras agradeció los servicios prestados, le deseó una venturosa vida en esta nueva etapa y designó como interino al Sr. Restas hasta tanto el Sr. Senbol nombrara a un nuevo titular.



Tras la hecatombe, es decir el juicio sumario y expeditivo ajusticiamiento de doña Urraca y del barón de Peñalidia, el duque de Devueltas había muerto envenenado misteriosamente. Maese Reaco leía un pliego enviado por el emperador Mañafrico I en el que se nombraba regente a don Recóndito hasta tanto se resolviera el problema de la sucesión al trono.



En los estudios de la MGM el extenuado Federico García Bellini hablaba con el productor: “Renuncio, no puedo más, esto es superior a mis fuerzas”. “Sr. García Bellini, reconozco que se han presentado muchos problemas pero el estudio no puede permitirse suspender la película a esta altura. ¿Qué pasó con la actriz principal?” “Tuvimos que mandarla de vuelta a Buenos Aires y hubo que darle una fotografía autografiada de Stewart Granger para lograr que subiera al avión. Y eso no es nada, las relaciones entre los demás son catastróficas”. “¿Y si buscáramos otra heroína?” “No sé, no sé, respondió el abrumado director, en este momento no se me ocurre nadie”. “Tengo una idea, se entusiasmó el productor, en lugar de Stewart Granger y de Christopher Lee contratemos a Michel Simon y para reemplazar a la Llores ¿quién más indicada que Margareth Rutherford?” “Pero…los dos han muerto” objetó estupefacto García Bellini. “Esto es el cine, respondió con una extraña mirada el productor, y Vd., mejor que nadie, debería saber que un actor no muere o, más bien, que no existe fuera de la pantalla y la memoria del público. ¿Acaso no hay en el elenco actual más de un fantasma?” “Sí, es cierto, ahora que lo dice, no me había dado cuenta”.



En las oficinas de la empresa “Uróboros S.A” el Sr. Margón agradeció al Sr. Restas su gestión interina. “Tengo el placer, prosiguió ante el personal reunido, de presentarles a su nuevo jefe, que nuestro presidente, el Sr. Senbol, acaba de nombrar. El Sr. Primus, a pesar de su relativa juventud, tiene ya una vasta experiencia debida, en gran parte, a sus vínculos familiares (que todos conocemos) y por haber asimismo trabajado en otras importantes empresas y creo, por lo tanto, que podemos augurarle una larga y exitosa permanencia en la nuestra”.








jueves, 28 de abril de 2011

El estaqueado











Nunca lo pude olvidar. No es que haya vivido pendiente a todas horas (la memoria) si no que de tanto en tanto y porque sí o porque no su imagen regresaba, a veces como un simple pantallazo, a veces más insistente y como para quedarse tratando de decirme algo pero debía ser algo que yo no quería saber porque la desterraba presuroso antes de darle tiempo para comunicarlo. Pero creo que en el fondo siempre lo he sabido. A lo largo de esta ambigua y elástica vida he admirado a algunos seres –humanos y no- y digo bien: algunos (sobran los dedos de la mano para contarlos) pero a ninguno más que a éste. En todo caso y de eso sí estoy segurísimo no del mismo modo.







Tenía uno de esos apellidos vascos casi imposibles de pronunciar, hechos de pura consonante y en consecuencia y con la sólita desidia que nos caracteriza terminamos llamándolo simplemente el Vasco. Alto, bien plantado, robusto, sin ser un Adonis tenía una agradable apariencia. Era sociable, más serio que risueño y en general se llevaba bien con todos; un soldado más, entre tantos que éramos. Pasaron unos pocos meses y hacia mayo se empezó a percibir el problema. Yo era dragoneante: así se denominaba (y es curiosa denominación que viene sin duda del americanismo dragonear: ejercer un cargo sin tener las facultades para ello o bien alardear, fanfarronear- Ambas acepciones convienen en este caso porque la otra posible y que de todos modos proviene de la misma raíz, a saber: dragón parece muy poco probable tratándose de mí y de todos los demás que asoman en este relato con la sola excepción del propio protagonista) a los que pasábamos más tiempo en la oficina de la compañía que en el campo de entrenamiento pero éramos estudiantes universitarios y alguien tenía que hacer ese trabajo. En esa condición me ocupaba también de acompañar y consignar a los que debían acudir a la enfermería o a los que eran llamados a presentarse por cualquier causa, disciplinaria o no, ante las autoridades de la compañía. Que, olvidé decirlo aunque es casi irrelevante, era la de policía militar. Una mañana de mayo, pues, recibí la orden de acompañar al Vasco a la oficina del comandante. Y ahí estalló la bomba. Faltaban unas cuantas semanas para que se llevara a cabo uno de los actos más importantes en la institución: la ceremonia de la jura de la bandera. Y el problema radicaba justamente en eso porque se debía desfilar en uniforme y portando el rifle. Y el Vasco ni estaba dispuesto a jurar ni mucho menos a empuñar un fusil. Ahí me enteré por primera vez de dos hechos insólitos: no había ido nunca a entrenar al polígono de tiro (así se llamaba el lugar para practicar puntería) y, segundo, era Testigo de Jehová por lo cual tampoco había asistido nunca a las misas y ni siquiera cuando nos visitó, mejor dicho nos agració con su visita el Vicario General Castrense, Monseñor B.. de quien preferí olvidar hasta el nombre aunque sí recuerdo que bajó de su lujoso automóvil (un reluciente Mercedes Benz de color negro) en medio de la guardia de honor y dirigió Su Opulencia hasta el pie del altar y desde allí nos endilgó en cuatro minutos una sarta de los lugares comunes más burdos y bochornosos



. Muy satisfecho de sí mismo y de la tarea apostólica cumplida se marchó, acto seguido, supongo que a algún también opulento ágape. En resumidas cuentas y volviendo al asunto: el Vasco no era como los demás y había podido llegar hasta allí gracias a la –de algún modo tengo que llamarla- benevolencia del comandante (también era atípico ese hombre –llevaba un apellido notorio en Córdoba y parecía a disgusto en ese lugar. Además y a pesar de su edad estudiaba derecho en la universidad). En la circunstancia usó una verdadera batería de los mejores argumentos posibles pero todos hacían mella en el corpulento vasco, firme en sus trece. Al cabo casi le suplicó que asistiera y no jurara, que sólo moviera la boca, que era asunto entre él y su Dios y que sólo tocara por esa única vez el fusil. De ningún modo. Así nos marchamos esa mañana, el Vasco más resuelto que nunca, el comandante también y yo empezando recién a saber qué era un Testigo de Jehová pero mucho más que eso qué era en realidad alguien dispuesto a todo por sus ideales o su fe. Después vendrían otros tiempos mucho más atroces y se pagarían también los ideales de una forma que entonces ni hubiéramos podido imaginar. Tampoco tenía yo ni nadie ahí la más remota noción de lo que andando el tiempo se llamaría objeción de conciencia. Lo supe años más tarde, cuando vivía en Francia y porque el gobierno francés promulgó una ley sobre ese asunto. Una ley que en uno de sus apartados decía que si alguien difundiera o hiciera conocer a otros los alcances y beneficios de dicha ley sería pasible de responder ante la justicia. ¡Por difundir una ley! ¡Cuando justamente el primer cometido de una ley es que se haga conocer para poder cumplirla! Como es lógico levantó un gran revuelo y tengo entendido que se derogó esa disposición que parecía dictada justamente por algún gobierno militar argentino. (No, no tenemos el monopolio de la estupidez pero que hacemos cada vez más méritos para alcanzar el primer puesto no hay ninguna duda).









El Vasco no juró ni tomó el fusil. Pasó días y días en el calabozo y como se vio al cabo que eso no servía para nada se lo estaqueó. Ahí tendido en medio del campo, lejos de toda mirada curiosa, abierto en cruz, inmovilizado, con el calor y el frío, día y noche con los bichos que se le subían, sin poder apartarlos ni rascarse, sufriendo la humillación de sus propios hedores, sin comer ni beber o apenas pasó también días y días. Ya no lo veíamos, no se sabía qué había pasado con él y poco menos lo olvidamos. Hasta que una mañana estando yo en la oficina del comandante dos soldados llevaron al Vasco ya en calidad de preso. Iba al penal de Ushuaia, al extremo sur del país y del que se comentaba era el más duro de todos. Por cuánto tiempo no lo supe nunca. Pero tampoco pude olvidar nunca la impresión que recibí cuando el Vasco entró esa mañana: era poco más que un esqueleto vacilante, las ropas le colgaban, la cabeza rapada se inclinaba, los ojos estaban vaciados de vida. Aquel hasta hacía poco gallardo mozo parecía su propio abuelo y todo en el increíble lapso de dos o tres meses. Y allá partió y desde aquel mismo momento ingresó para mí en una dimensión distinta: a la pena y la compasión (y desde luego a la indignación) se mezclaba una admiración incondicional que andando los años no hizo sino fortalecerse. Si en este mundo hubiera más Vascos de tal temple y menos microcéfalos convencidos de que prestar juramento a un trapo y portar un arma es la mejor definición del ser humano sería sin la menor duda otro mundo, más limpio y respirable y en el que no diera tanta vergüenza seguir viviendo.







Para rematar: definición en El Pequeño Larousse (ed. 1998): “estaquear. v.tr. 1)-Argent. Estirar un cuero fijándolo con estacas.-2)-Argent. Por ext. En el s.XIX castigar a un hombre estirándolo entre cuatro estacas”. Como se advierte la ignorancia deliberada y el optimismo de los redactores son francamente admirables.







viernes, 22 de abril de 2011

Exercicios para endurecimento das lágrimas (*)

Antes que nada debo decir que lamento que mi conocimiento del portugués sea tan pobre porque es evidente que pierdo la musicalidad de las palabras, que es para mí casi lo esencial en poesía; luego, también obviamente, las repercusiones, los ecos de los sentidos porque forzosamente estoy condenado a quedarme en la mera literalidad. Pero hecha esta salvedad no es menos cierto que sí pude (y lo mismo vale para cualquier otro por lo que aliento a sortear esta primera valla idiomática) apreciar el tono, la originalidad conceptual, el rigor mismo de la expresión. Versos tan exactos como: "as palavras sâo/ marcas que os dedos deixam na pele"(**) exactitud, sí, y también un aire de sensualidad en todo el libro pero de sensualidad mesurada, controlada: ergo el más puro erotismo , ése que ya está sublimado en la conceptualización: "explico-te entâo as repetiçôes onde lentamente/envelheci no teu corpo". Y luego los temas dominantes en toda expresión poética mayor: la soledad (no el estar solo sino la soledad radical), el dolor, el temor, la contemplación, los interrogantes sobre uno mismo y el mundo, el ansia de llegar hasta la otra persona amada, la voluntad de trascender, a sí mismo y al otro, a las limitaciones, la medianía (o a la insuficiencia) en torno. "enumeramos soledades en las que el cuerpo se vuelve lento/y poco a poco traspasamos otoños sin necesidad de mapas" (***); "onde está o coraçâo? é como metáfora do/silêncio que ocupa o teu lugar"; "como descrever o perfil do vermelho com o olhar vazio" (notable); "respirar hasta el dolor para no sentir más nada". Y también algo que no puede faltar en una obra como la de Maria Sousa, lo que llamaría una especie de tratado de las percepciones-sensaciones: "no salí todavía del tiempo/ en donde alguien aún inventa aromas" ( extraordinario); "se estivéssemos perto/ chega-te mais/ nâo te sinto"; y he dejado para concluir los que me impresionaron más por la fuerza, la intensidad y la economía del decir: "direi que nâo sabia que na solidâo se grita alto/ para sobreviver ao medo" y por último este perfecto remate: "el tiempo es un argumento/ que nos cierra una puerta". Como puede apreciarse (aún en un análisis tan somero) es la de María una voz muy personal, con su propio acento y su propia visión y este libro inicial una muestra cabal de su saber hacer, su saber decir que augura mucho (y más que bueno óptimo) en lo venidero.


(*)- Este libro puede verse en el blog ya citado en la anterior entrada: http://blogdomeninomau.blogspot.com


(**)- Huelga aclarar que debo recurrir al acento circonflejo francés porque no tengo en mi teclado la tilde ya incorporada en la ñ.

(***)- Cuando me pareció procedente he traducido al español porque la expresión podía considerarse casi equivalente

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