viernes, 24 de febrero de 2012

Faustos fastos


Sumario – Febrero de 2012-





Presentación-


Objetivos del blog-


(NB: Cada entrada lleva la aclaración: (E)- (ensayo); (N)- (narrativa); (P)-(poesía); (VL)- (Varia Lección: comentarios sobre diversos temas de actualidad).


La enfermedad de la inmortalidad literaria (E)-


La ejecución (N)-


Poderoso caballero…(E)-


De los dioses únicos (E)-


Los clásicos de un clasicista (E)-


El tiempo de los libros (E)-


H.A. Murena o la versión contemporánea del eterno retorno (E) –


De pelotas y naufragios (VL)-


El patito feo (VL)-


El barón perchado (Italo Calvino) (E)-


De la mística: Tertuliano (E)-


La Argentina malograda (VL)-


Hombre muerto caminando (VL)-


El continente perdido (Wole Soyinka) (E)-


La total circunferencia (Alfonso Reyes) (E)-


Expresión poética diferente (El Japón y sus épocas literarias) (E)-


En busca de una memoria viva (Philippe Joutard) (E)-


La verdadera morada del judío errante (I. B. Singer) (E)-


Del aedo al (in)finito enciclopedismo (E)-


La mejor novela histórica (texto utópico –ucrónico) (N)-


Pecios


Proyecciones en la poesía de E. Jonquières (E)-


Poesía venezolana: Juan Lizcano (E)-


Del hermetismo poético (E)-


Agustín Gómez Arcos: la nueva narrativa española (E)-


Súplica por la palabra (P)-


Grandeza y decadencia de la filosofía (E)-


Burla burlando (E)-


La pasión según San Anónimo (N)-


El auge de la casa de Carlos Gris (N)-


La oficina (N)-


El estaqueado (N)-


Exercicios para endurecimento das lágrimas (E)-


La condición humana


I- El delfín (N)-


La estudiante –(N)


La hermanita menor –(N)


Otra versión de la inversión inmobiliaria –(N)


La jefatura –(N)


La explosión de quintillizos –(N)


Louise erige su propio baluarte –(N)


Viaje al fin de la noche –(N)




El universo desplegado de la crítica (E)-


Cayetana (VL)-


Las manos de Cicerón o cómo se llega a ser Augusto (E)-


De la progenie (E)-


Plúmbea mediocritas (VL)-


En el consultorio dental (N)-


Dueño de tu vida (N)-


De la energía nuclear (VL)-


El demonio de la analogía (IGITUR) (E)-


Fiat lux (P)-


De la historia y las historias (P)-


Reivindicación del fracaso (VL)-


El Club (N)-


El escritor fantasma (N)-


My way (P)-


Las realidades apantalladas (P)-


Facebook: ni rostro ni libro (VL)-


Girino (P)-


En memoria de Vladimir Vissotisky (P)-


Homenaje a María Callas (N)-


De los dones divinos (P)-


El príncipe de arena o el sueño de una mañana de verano (P)-


Vivo (?) en Alta Córdoba (VL)-


El Globicéfalo (N)-


La lucidez de la agonía y la agonía de la lucidez (VL)


Grecia: ¿principio y final? (E)-


Sobre Escribas y meretrices (E)-


Credo (P)-


Ejemplo de ejemplos del amor cortés (E)-


Un libro singular (E)-


Épitaphe (Traducción)-


Cecilio (N)-


Moloc no murió en Fenicia…(VL)-


De la plenitud (P)-






martes, 21 de febrero de 2012

De la plenitud (*)

No, nadie nos prepara


para vivir. Y mucho menos


se nos prepara


para vivir en plenitud.


Pero eso sí hay gran cuidado


de que aprendamos


no a vivir sino apenas


a transitar nuestro trecho


de acuerdo con sus reglas


y normas y leyes y dictados.


Y cuando estamos para morir


todavía creemos –y es admirable-


que hemos vivido.


Y a esa infecta, sórdida atrofia


nos seguimos aferrando


con uñas y dientes que siempre


nos faltaron para decir no


y vivirnos sin renuncias ni desvíos.



(*)- Del libro inédito: Poemas exactos, físicos y naturales

lunes, 20 de febrero de 2012

Moloc no murió en Fenicia...

“La pensée religieuse –forme de pensée obsessionnelle- soustrait de l’ensemble des événements une portion temporelle et l’investit de tous les attributs de l’inconditionné. C’est ainsi que les dieux et leurs fils furent possibles…” (“El pensamiento religioso –forma de pensamiento obsesivo- sustrae del conjunto de los acontecimientos una parte temporal y la inviste con todos los atributos de lo incondicionado. Así es como los dioses y sus hijos fueron posibles”) (*).


Un hecho reciente insólito y particularmente penoso. En Colombia dos sacerdotes católicos asesinados a balazos fueron encontrados en el maletero de un automóvil. Luego se supo, por la confesión de uno de los asesinos arrestados, que ellos mismos habrían pagado a esos sicarios para que les dieran muerte. Hasta aquí el asunto ya es bastante excepcional pero hay más: estos dos sacerdotes hacía tiempo eran pareja y uno había contraído el V.I.H además de sífilis. Aparentemente habían planeado ya suprimirse pero o habían fracasado o desistido a último momento. Ésta es la noticia, tan sensacional(ista) como singular y que merece ser examinada con mayor detención. Dejemos pues por ahora el ámbito de la crónica policíaca para intentar ver a estos dos seres humanos, aunque sepamos bien que esa intención es ilusoria y/o ficticia y sólo puede estar teñida de subjetividad. Pero, por otra parte, están estos datos reseñados y está también aquello que, a falta de mejor nombre, llamamos empatía y que nos permite (o permite que creamos) percibir por un instante el dolor del otro, la tribulación del otro, algunos jirones de la existencia paralela del otro. Así, previa advertencia, el único camino posible consiste en conjeturar sobre ciertos datos verosímiles. Según el informe estos hombres, jóvenes todavía, eran muy apreciados en sus respectivas parroquias y su malhadado destino causó estupor y pesar entre los fieles. Sí, eran homosexuales. Esta condición, en otros ámbitos, no hubiera en modo alguno supuesto una tragedia aunque sí desde luego la conciencia de una diferencia más o menos asumida, más o menos lúcida, más o menos aceptada o asimilada por el entorno. Pero además y por sobre todo eran sacerdotes católicos. Y en Colombia, que es como decir cualquier otro país de América Latina o España misma. Que es como decir el feudo por excelencia de esta iglesia, de esta religión. Acaso estos dos, cuando seminaristas o antes todavía, monaguillos o alumnos, fueron iniciados por otro sacerdote católico. Es simplemente una hipótesis pero no descabellada a la luz de todo lo que aflora un día sí y otro también sobre el particular. Ahora bien, incluso concediendo lo anterior, no cabe inferir que a ello se debiera (o que influyera en modo alguno en) la orientación sexual ulterior. Porque como es más que obvio se nace homosexual como se nace alto o bajo, rubio o atezado, con ojos color verde o marrón, etc. Haya sido así o no es también verosímil que en el ambiente del seminario o del mismo colegio hubiera existido un clima más que propicio. Pero dejando por un momento estas consideraciones de algún modo tangenciales lo que queda es el gesto en sí, un gesto que en su misma demasía nos está interpelando directamente y que no es posible desconocer, un gesto que en su atroz singularidad está clamando y eso es lo que debemos (es un deber de elemental solidaridad humana, aunque se asuma tarde y a destiempo) entender y escuchar, procurar entender y escuchar. Porque aquí hay víctimas –heridas de muerte mucho antes de haber muerto- y si hay víctimas hay crimen y hay victimarios. Lo que estos dos hombres desesperados y solos en su miseria nos dicen es, justamente, eso: que están absolutamente solos en su desesperación y su miseria. ¿Cómo? ¿No pertenecen acaso a esa iglesia, a esa comunidad? Sí, pero esa iglesia y esa comunidad que los han acogido y formado los desconocen y reniegan luego. En la hora, precisamente, de la necesidad. Porque esa iglesia en la que tanto creyeron practica desde siempre un doble discurso, una doble moral. No sólo consintió sino que fomentó tácitamente–como en tantos otros casos- su inclinación. Cierto, pero de puertas afuera esta misma iglesia condena con toda su demagogia y su soberbia a los homosexuales. Y si condena públicamente a los homosexuales es palmario que en su hipocresía condenará también a los de adentro una vez se hayan hecho visibles para el mundo, es decir cuando en la ocurrencia hayan sido alcanzados por una enfermedad sinónimo todavía hoy de estigma social (antes la sífilis, ahora el sida y en su caso ambas). Y por descontado condenará, aliándose sin reparo ni vergüenza con la moral adocenada y maniquea del mundo, la relación ya no clandestina sino ahora notoria porque esta madre (?) sólo reconoce hijos que no signifiquen un problema. Entonces: ¿qué hacer? ¿Qué queda por hacer a quienes han creído y creen y afrontan el escándalo con la censura y la condena, el exilio y la soledad y que no pueden tampoco quitarse de en medio como cualquier otro? Puesto que esta misma iglesia también les cierra la última puerta: les dice, en efecto, que si se suicidan serán condenados por toda la eternidad y que suprimirse es el peor de los pecados. He aquí entonces el atajo. Da vértigo tan sólo imaginarlo. No me mato yo mismo sino que pago a otro para que me asesine. Es claro que se trata de un sofisma y hasta qué punto pueden haber pecado ellos mismos de ingenuidad al respecto no es posible saberlo. Pero volviendo a lo anterior sí resulta más que meridiano que este último gesto no es en modo alguno ni gratuito ni arbitrario. Dice sin ambages: no soy yo quien se mata sino que soy muerto por otros. Por otros que yo elegí, a los que yo acudí. Es más que verdadero: son esos otros que están antes que los sicarios que jalaron del gatillo, esos otros que de antemano han condenado sin apelación, esos otros que desde siempre viven y medran del sacrificio ajeno; ellos son quienes arman la mano, los que bajan el pulgar en este circo patético. No se debe olvidar este episodio, no se puede: debe constar en el frondoso prontuario de estas gentes. En Colombia, dos sacerdotes católicos fueron encontrados, asesinados a balazos, en el maletero de un automóvil…


(*) -E.M. Cioran- Précis de décomposition- Ed. Gallimard, France, 1980, pág. 188.


lunes, 6 de febrero de 2012

Un libro singular

Decir un libro distinto apenas transmite algo; decir un libro único tampoco sería exacto. Tal vez un libro singular. No distinto porque distinguirse no presume ni de calidad ni de condición superior alguna y no único porque se inscribe, este libro (*) y de manera inequívoca en una larga tradición. Y dentro de esa tradición sí, se destaca. Y tanto. La primera parte es un largo poema en prosa; la segunda es la narrativa propiamente dicha aunque en sus últimos tramos se resuelva en el mismo lenguaje poético, el único posible, por lo demás. ¡Y qué lenguaje! Acaso es la principal –y primera- característica: la solvencia y el refinamiento en el manejo de un lenguaje no solamente poético, con todo lo que eso ya implica de por sí sino cargado de tensión, hallazgos y fulgores. Y, sobre todo, de sombras. Y aquí volvemos, por un atajo, a lo anterior: la tradición porque Eva en el espejo es, en realidad, una guía iniciática. De ahí esa notable exigencia en la expresión, el fulgor cierto pero acompañado siempre por la precisión. Iluminaciones en esa noche oscura del alma asistidas por la lacerante –y tenebrosa- certidumbre del místico, del iluminado. No sabe de qué habla pero sí sabe que debe decir eso que dice; María del Carmen Suárez sí sabe de qué habla las más de las veces; otras, en cambio, es evidente que cede, que simple y sabiamente se abandona a algún dictado ignoto, enigmático. De ahí sin duda ese título: Eva en el espejo, que es una paradoja. Porque la primera Eva no podía tener espejo alguno pero la segunda, la expulsada y fulminada sí, seguramente. Ésa ya conocía su desnudez y plantarse frente al espejo sólo podía significar una comprobación tan menguada como devastadora, esto es, un viaje muy penoso, un derrotero interior (un descenso ad inferos más bien) a un pasado edénico y adánico (aquí los ancestros de tierras inmemoriales –dálmatas y gitanos- con sus ritos, sus aldeas, sus bailes –bailes de posesión también porque la alusión a los derviches que giran no es gratuita- y asimismo su exilio, su peregrinar incierto hasta encallar en este último puerto, esta última tierra prometida que es, justamente, esta Eva, el cuerpo de esta Eva–o Miriam- que se mira atribulada en un espejo) y a las consecuencias –y causas- de su caída de la gracia. Porque en realidad es ésta una obra esencialmente religiosa, en el exacto sentido de volver a unir, volver a atar: lo de arriba y lo de abajo o, más precisamente, lo de adentro y lo de afuera y más arduo todavía: la ambición de reconciliar lo vivido con el presente y el futuro pero lo vivido como la suma de lo que efectivamente fue, de lo que la mente atesora y cree que fue y las infinitas posibilidades otras que hubieran podido ser y que al cabo concluyen amalgamadas en una sola, indiscernible composición de tono tan sepia como las fotografías de los muertos y entonces todo ese cúmulo transferirlo al presente –menuda empresa- para de ahí, de aquí cargar la noción de futuro con todo ese lastre o esa esencia o, en última instancia, esa nueva y definitiva posibilidad. Sólo que la autora crea su propia doctrina, sus propios dogmas, su propio culto: su religión es esta travesía aludida, no de introspección –el término es amén de inexacto grandilocuente- sino de verdadero re-conocimiento de sus orígenes, de su evolución, de sus miserias sucesivas, de sus amores y sus rechazos, de todo lo que hace en definitiva a un ser humano, de todo lo que lo hace pero que no es sino que es más allá y más acá, siempre, de todo lo que le accede –accidente- y de lo poco que existe –es-en ese devenir tan patético, tan solitario, tan desamparado.


Lo que precede es tan sólo un esbozo, una señal apenas de todo lo que este texto (novela poética, poema novelado, poesía y narrativa entrelazadas, percepciones como fogonazos propias del ensayo, alumbramientos súbitos de la mística, reflexiones ocasionales y atinadas sobre el mundo circundante y la naturaleza humana) brinda. Ahora quiero dejar hablar a la autora -siempre a través mío, por supuesto y por fuerza habida cuenta de que seleccioné estos ejemplos pero que aun a pesar de ello, es decir, de la subjetividad inevitable pueden dar una idea más cabal de lo que se intentó transmitir en ese bosquejo precitado:


“El camino recorrido quedaba en el hueco de una ventana, en ese vacío purificador que cambia los rumbos”. (p.31).


“La abeja recaló en la flor. Un instante perfecto. Luz crepuscular en haces crecientes. Detención del tiempo. Fragancia del despertar en un campo soñado. El sentido de la vida. La naturaleza portando un manto de placidez sobre la alfombra del mundo. Verdes y naranjas, resplandores en el juego del paroxismo. La quietud brotó como un manantial inesperado”. (p.50).


“Reunía a sus muertos en una estrella fugaz. El cielo le devolvía imágenes de infancia”. (p.60).


“El deseo, lo sabía, era la tensa certidumbre de la necesidad, un castigo, una razón de esperas y sueños. Un abrazo bien podía ser una condena”. (p.96).


“¿Qué era lo más importante de su relación? El tacto, esa presencia cerca, sentir la piel como un erizo, el cuerpo como una caótica vibración. Tocarse, pensó, era mover el mundo”. (p. 113).


“Era el desgarro, la obturación, la nada, el alumbramiento desde la oscuridad, como si la redención fuera posible aun después de ver los laberintos oscuros del pecado y la traición. Volver al nacimiento, a lo no dicho, a la luz primera del asombro sin peso del recuerdo, la memoria y la culpa”.(p. 172).


Y como conclusión una frase que encierra todo el sentido tan hondo y auténtico de este libro, una verdadera declaración de intenciones pero a guisa de corolario y que explica de manera meridiana la ambición, alta y ardua, de María del Carmen Suárez. Una ambición proyectada en esta obra y en esta obra cumplida. Y a plena satisfacción:


“No pude dejar de cruzar esos pasadizos oscuros, evitarlo hubiese sido no cumplir el deseo de comprender”. (p. 178).




(*)- María del Carmen Suárez – Eva en el espejo- Ed. Gárgola, Buenos Aires, 2004.


jueves, 2 de febrero de 2012

Épitaphe (*)



“Il eut l’orgueil de ne commander jamais, de ne disposer de rien ni de personne. Sans subalternes, sans maîtres, il ne donna des ordres ni n’en reçut. Soustrait à l’empire des lois, et comme antérieur au bien et au mal, il ne fit pâtir âme qui vive. Dans sa mémoire s’effacèrent les noms des choses; il regardait sans percevoir, écoutait sans ouïr: parfums ou arômes s’évanouissaient à l’approche de ses narines et de son palais. Ses sens et ses désirs furent ses seuls esclaves: aussi ne sentirent-ils, ne désidèrent –ils guère. Il oublia bonheur et malheur, soifs et craintes; et, s’il lui arrivait de s’en ressouvenir, il méprisait de les nommer et de s’abaisser ainsi qu’à l’espoir ou au regret. Le geste le plus infime lui coûtait plus d’efforts qu’il n’en coûte à d’autres pour fonder ou renverser un empire. Né las de naître, il se voulut ombre: quand donc vécut-il? Et par la faute de quelle naissance? Et si, vivant, il porta son suaire, par quel miracle parvint-il à mourir?”.



Epitafio



(“Tuvo el orgullo de no mandar nunca, de no disponer de nada ni nadie. Sin subalternos, sin amos, ni dio órdenes ni las recibió. Exento del imperio de las leyes y como anterior al bien y al mal no hizo sufrir nada de lo que existe. En su memoria se borraron los nombres de las cosas; miraba sin percibir, oía sin escuchar: perfumes o aromas se desvanecían al llegar a su olfato y su paladar. Sus sentidos y deseos fueron sus únicos esclavos: en consecuencia no sintieron nada, no desearon nada. Olvidó la dicha y el pesar, las apetencias y los temores; y si por azar los volvía a recordar desdeñaba nombrarlos y rebajarse así como a la esperanza o al arrepentimiento. El gesto más nimio le costaba más esfuerzos de los que a otros les cuesta para fundar o derribar un imperio. Nacido cansado de nacer se quiso sombra: ¿cuándo entonces vivió? ¿Y por culpa de qué nacimiento? Y si, estando vivo, vistió su sudario ¿merced a qué milagro pudo llegar a morir?”)




(*)- E. M. Cioran – Précis de décomposition (Abdications). Ed. Gallimard, France, 1980. pág. 215. ( Traducción de Carlos Culleré).


sábado, 14 de enero de 2012

Cecilio


Todas las mañanas, a la misma hora, incluso los feriados y domingos el viejo señor pasaba lentamente delante de la casa con su pequeño jardín delantero. Ahí estaba invariablemente Cecilio y ambos se saludaban cordialmente pero sin mediar palabra; era una simple inclinación de cabeza por parte del señor y una sonrisa por parte de Cecilio. Pero la sonrisa de Cecilio tenía siempre una expresión muy simpática, con un toque algo travieso y esto hizo que, con el tiempo y la costumbre, el viejo señor comenzara a contarle (en realidad y a causa de su timidez no hablaba con él; era más bien mediante una suerte de telepatía o simple soliloquio que se justifica) algunas anécdotas y pasajes relevantes de su vida. Cecilio escuchaba atento, sin que variara su continente afable y hasta podría decirse que con empatía. Lo que por supuesto alentaba al paseante. Se trataba de un personaje un tanto grotesco, algo ventrudo, con un andar estrafalario y una cabeza ovoide y calva que no dejaba de recordar la de Pepín Cascarón (o Humpty Dumpty). Así pues una mañana entre tantas, tras saludar como de costumbre con una leve inclinación, se dirigió en su forma particular: “Muy buenos días, estimado Cecilio. ¿Cómo estás hoy? Te veo muy bien, como siempre. Yo, también como siempre, gracias. Ni mejor ni peor yendo mi camino. Imagínate, este itinerario lo he seguido ya por tantos años. Y también hace ya tantos años, Cecilio, allá abajo, en la otra calle, solía vivir un gran amor mío. Me la cruzaba todos los días y nunca pude ni siquiera saludarla –debo decir que siempre he sido muy tímido. Bueno, en realidad sí lo hice, una sola vez. Cómo junté coraje para eso hasta hoy no lo puedo saber pero recuerdo claramente que la miré directo a los ojos y le dije: “Buenos días”. Ella bajó la mirada y…siguió sin tan sólo esbozar un gesto como de reconocimiento. Yo también continué mi camino, con la sangre hecha un torbellino de vergüenza y humillación. Y después, por fuerza, nos cruzábamos, casi cada mañana, ella a lo suyo, yo a lo mío. Y nos mirábamos pero supongo que la diferencia era que yo la veía a ella y lo que ella veía en mí no era más que otro elemento del paisaje, como las casas, indiferentes o los autos, igualmente indiferentes. Ahora hace mucho tiempo que no la veo; ya soy viejo y ella seguramente no es más aquella joven. Sin embargo debo decirte, Cecilio amigo, que siempre (e inmediatamente después de reponerme de aquel sofocón) entendí y disculpé su negativa. Preferí pensarla como una muestra de prudencia instintiva, de una retracción instantánea y a pesar de su inmediatez calculada para no dar pie a ninguna otra familiaridad o tentativa de acercamiento eventuales y no como una vulgar y desabrida falta de educación. Ésa fue la última aventura romántica de mi vida –que no ha sido por cierto la de un Casanova o un Don Juan- y te la cuento porque sé que comprendes y porque en realidad no tengo ni amigos ni parientes a quienes decirles nada y mucho menos algo tan íntimo. También debo confesarte, aquí entre nosotros, que no me interesan ya los demás, salvo muy contadas excepciones. Los humanos cansan, Cecilio, lo humano cansa –tanto lo propio como lo ajeno. Pero otro día proseguimos”. Y fiel a su palabra, porque las gentes de su época se hacían un punto de honor en respetar lo prometido, otro día cualquiera el paseante, tras saludar a Cecilio a la sólita hora, retomó su confidencia: “Verás, amigo, a propósito de lo anterior. Pensé mucho en ello durante años. Las gentes dicen que el amor es ciego y en verdad no se equivocan. Bueno, no del todo. Es una verdad parcial. Te contaré un bello mito; no creo que lo conozcas dado que te pasas la vida confinado en las cosas de tu jardín. Ante todo un mito es una invención que urdimos los seres humanos para explicar de un modo más inmediatamente comprensible asuntos muy hondos y arduos de nuestra naturaleza (y que, por ende, sirven asimismo como exutorios. Este término que tomamos a la medicina quiere decir que descargamos nuestras culpas en esas proyecciones). Éste se refiere a Eros y Psiqué. Eros era un adolescente muy bello y dios del amor, como corresponde a un hijo de Afrodita, diosa, a su vez, del amor. Y Psiqué significa en griego algo así como alma. El punto es que ellos supieron el uno del otro y se amaron al instante y como se dice perdidamente pero con la particularidad de que Eros desde un comienzo hizo saber a su amada que le prohibía expresamente lo mirara bajo cualquier circunstancia que fuera y entonces sólo se encontraron y amaron de noche, en una habitación a oscuras. Ni qué decir tiene que Psiqué, vencida por la curiosidad y también por el temor de la posibilidad de estar yaciendo al lado de un monstruo repugnante desconociendo la prohibición una noche encendió luz y vio a Eros. Y él era lo más bello que se podía imaginar y Psiqué quedó maravillada pero lamentablemente el dios adolescente despertó y comprendió que había sido traicionado. Abandonó a la joven en ese mismo instante y para siempre y ella tuvo que vivir con su amor y su arrepentimiento, también para siempre. ¿Qué quiere decir esta fábula o mito Cecilio? Que sí, el amor debe ser ciego pues una vez que se ve a la persona amada el amor se desvanece y es sustituido por el conocimiento, que es su enemigo natural. Pero también nos dice que quien ama ve algo muy diferente de lo que el mundo ve y eso es porque se halla como en un estado de gracia que lo preserva (que lo enaltece, más bien) de la condición humana común y corriente. Por eso es una ceguera relativa: no ve lo que los demás pero sí ve lo único que realmente importa. Ahora, cuando le acaece que ve de pronto como los demás eso significa que su amor ya se ha perdido”. “En mi caso –prosiguió- me parece que fue más bien a la inversa: yo hubiera podido ser Eros y aquella muchacha Psiqué pero ella me había prohibido a mí que la mirara y yo no respeté esa prohibición, con el agravante, como para Psiqué, que cuando la vi (es decir, cuando la saludé mirándola directamente a los ojos) quedé todavía más enamorado. Y así sigo hasta hoy, aunque sea un Eros senescente, grotesco y ridículo, tal como me ves, Cecilio, pero por dentro, en alguna parte que no sé nombrar, sigo siendo Eros, sigo siendo Psiqué y sé que así será hasta mi último instante”.


Con un suspiro el narrador solitario siguió su camino calle abajo y Cecilio quedó sumido en, al parecer, silenciosa meditación acerca de lo que había oído y en medio del universo acotado de su jardincillo.


Pasaron unos cuantos días hasta que volvió el paseante. Estando algo enfermo no había podido salir a caminar. Pero ahora le aguardaba una penosa sorpresa. Al ir a saludar a Cecilio con el gesto habitual lo vio tumbado en medio del mezquino jardín, con las patas en alto y una marcada grieta en su cuerpo que decía bien a las claras que se había partido en dos. El viejo señor acusó el impacto; tambaleó un poco y se aferró unos instantes a la reja, mirando a su amigo yacente. Sólo podía ver un lado de su cabeza y un ojo que seguía mirándolo alerta. Con un leve temblor y alguna lágrima pugnando por brotar el anciano se retiró, apelando a un esfuerzo de voluntad recobró su compostura y se alejó con una sonrisa triste reflexionando en cuán patético era en realidad él y todo lo demás. Pero aún a pesar de eso tuvo una última cortesía: “Adiós, Cecilio amigo. Me alegrabas las mañanas y te lo agradezco muy sinceramente. La calle ya no será igual sin tu presencia y los paseos que me queden todavía habrán perdido su principal relieve. Sí, te extrañaré y tal vez tú a mí, estés donde estés”. En ese mismo momento un hombre corpulento, vestido con un overol y munido de una maza terminaba de desmenuzar el cuerpo de Cecilio que iba metiendo en una bolsa de residuos. “¡Qué bicho tan feo éste!” pensaba mientras proseguía su tarea. “No sé cómo la gente puede tener estas tortugas de adorno en el jardín y todavía he visto peores y no sé si más grotescos: enanos, cisnes, etc., todos de yeso o resina pintada. Bueno, al menos a éste le cayó una teja encima”. Lo último que entró en la bolsa con la palada definitiva fue un costado de la cabeza de Cecilio, siempre con su ojo pintado alegre y optimista, simpático y travieso.





domingo, 27 de noviembre de 2011

El príncipe de arena o el sueño de una mañana de verano



“Pero ¿vendrás conmigo? ¿Te desgarrarás por la mitad esa cola gruesa, lisa, negra y brillante para transformarla en pies que te lleven a las altas planicies junto a mí?” (*)




A L.G., a modo de adiós



Tu nombre desconocía. Y de tu vida, todo. Todo, salvo esa fugaz visión de la mañana. Surgías de improviso a contraluz, deslumbrante y te llamé, para mí, el príncipe de arena. Ahora estabas y ya no estabas, cualquier brisa apenas podía dispersar la magia de tus ojos en la opalescente mañana de verano y entonces mi único recurso era guardarte en la memoria arrobada, celarte ahí donde no llega el mundo, ahí donde agonizaban mis éxtasis. Tal era tu magia y tal sigue siendo. Y en mi desamparo de tu mirada tomé prestado tu otro nombre, para mí tu otro nombre (el propicio): Oberón. Y soñé, tantas mañanas de verano soñé que por gracia de tu belleza y piedad de mi laceria me auxiliaba otro Puck u otro elfo con aquella misma flor mágica cuya savia frotada en los párpados del durmiente hace que, cuando despierte, se enamore del primer ser que ve. Sí, sé bien que si este delirio o ensueño se cumpliera entonces yo sería el príncipe de la noche que verías despertando pero tendría cabeza de asno (aquélla del tejedor Bottom) y –créeme, créeme- no sería una máscara. Cierto, también la muy refinada Leprince de Beaumont escribió sobre esta tragedia o su sosías pero su bestia estaba encantada y la diferencia, la insondable, insalvable diferencia es que ella (o él: la bestia o el bestia) podía deshacer el hechizo rescatándose por el amor pero yo, en parecido lance, en vez de liberarme quedaría más subyugado todavía. Cierto (una vez más) despertarías y me amarías asno pero ¿cómo podría amarte yo dejándote que me amaras así? Y se resolvería también al cabo –pues eres Oberón- con el contra-hechizo y te devolverías a Titania, quien quiera que sea ésa, tu reina y reina de la bienaventuranza pues (¡qué duda puede haber!) te tendrá y la tienes y yo encallaría ya apartado del sueño pero soñando en él con la tenacidad exasperada y desesperada del náufrago suberoso regresado a mi lóbrego pesebre cuya única luz es tu imagen, tu imagen ésa en la que agonizan mis éxtasis. Príncipe de arena que estás en todas partes, como el desierto interminable y que como él mudas de aspecto y de talante con la noche gélida y el caliginoso día, el sol ciego y blanco de ardor y los vientos bravíos que ondulan y recrean una y otra vez, una y otra vez tu epifanía dorada, príncipe más allá de mi condición y de mi sino, astro de otras constelaciones, lucero esquivo y fugaz de algunas, de tan sólo algunas mañanas señaladas de verano: ahora sé tu nombre y supe cuando lo supe que te perdía y la fuerza en mí que te guardaba ya inclinaba abatida su cabeza por saberte, adivinarte más y más ausente a cada instante a partir de ese instante. Por eso y antes de que se apague para siempre la memoria viva y en su encono acre, en su llaga punzante y terebrante viva, de tu aleteo matutino lo quiero estampar aquí indeleble, aquí en este vacío y esta transparencia, aquí en la pura nada colmada hasta rebosar de mi atribulado sueño veraniego mientras escucho al lenitivo Kairos (por otro nombre Mendelssohn) y sumo así la magia a la magia, el dolor al dolor y van surgiendo de mis manos cuádruples estas hadas de arena, este bosque feérico en tu nombre plantado (palmo a palmo, brote a brote) y por amor de tu nombre que me extingue donde sé también empero que jamás pondrás el pie para que pueda al fin arrodillarme y en la pasión clavar sin lamento y sin lágrima pero socarrada de acongojado silencio mi frente, mi frente marcada a fuego con la luz acerada de tus ojos sobre tu inasible huella de toda imposibilidad imposible, para siempre y para nunca.



…y habré amado…de aquella llamarada apenas efímera moscella…






(*) Doris Lessing –Instrucciones para un descenso al infierno- Ed. B.S.A., Barcelona, 2007, pág. 43.